16
— Mamma! ¿Cuántas veces te he dicho que no vengas aquí?
—Tú puedes ir al plató y yo no puedo venir a la comisaría. Es injusto.
La mujer bufó. A su lado estaba el hombre que Gildo ya había visto un par de veces.
—¿Lo ves, Ambrogio? —dijo, y dio con la palma de la mano en el pecho del hombre—.
¿Lo ves cómo está demacrado? Si no fuera por la barba, parecería un vagabundo o un hombre condenado a trabajos forzados —afirmó la madre, y dio un paso hacia adelante—.
Además, siempre vas por ahí con la camisa sin la camiseta interior debajo.
Es que te quieres poner enfermo y no sabes cómo hacerlo, ¿verdad?
Sin entrar en los estampados de tus camisas, eso es otra cosa.
Tu abuelo se está revolviendo en la tumba.
Sabes cómo era él. Siempre con corbata. Hasta el domingo. Hasta cuando tenía fiebre.
Gildo puso los ojos en blanco.
— Mamma! Eran otros tiempos. El abuelo vivió dos guerras…
—Has visto, encima se queja —dijo, mirando al hombre—. Díselo tú, Ambrogio.
En el despacho de Gildo, estaban ellos solos. Todos los compañeros ese domingo no estaban. Solo Lillo para responder el teléfono, porque tenía guardia.
—Tu madre te quiere y quiere lo mejor para ti —intervino Ambrogio.
Gildo sonrió por dentro. En cualquier otra ocasión, se hubiera puesto hecho una furia, pero la escena surrealista que estaba viviendo hasta le estaba haciendo gracia. ¿Qué estaba cambiando? ¿Es que había crecido y madurado? ¿O lo veía de otra manera?
Ambrogio, el chófer de Teresa puesto a disposición por el canal de televisión, se había convertido, para su madre, en un hombre que hacía de todo, y cuando Gildo pensaba en «de todo», era absolutamente de todo.
Se hubiera echado a reír, pero solo habría conseguido alargar esa situación incómoda.
Teresa levantó una bolsa térmica, la apoyó en el escritorio y preguntó:
—¿Esta es tu mesa?
—¿Pero…?
Sin que contestara, ella empezó a sacar cosas.
La mitad de una barra de pan. Un tupper de cristal con una salsa de tomate y unos macarrones con guisantes y otras verduras que flotaban.
Luego, un segundo tupper con un trozo de salmón con rodajas de limón y patatas al horno.
Luego, un tercero con una porción generosa de tiramisú.
Un vaso, una botellita de vino con tapón hermético, un paquete de galletas y unas pequeñas vinagreras con aceite, sal y vinagre y un sobre de parmigiano reggiano rallado.
—El pan es para hacer la scarpetta en la salsa de tomate. Aquí tienes vino, postres y creo que está todo, ¿verdad, Ambrogio?
Él asintió, mientras que Gildo miraba ese despliegue de gastronomía en su mesa. Nunca había tenido tanta comida en ella.
Se alegró de no tener a nadie allí, porque se lo habrían recordado, restregado y pitorreado por años sus compañeros de la policía.
—Pues creo que falta algo —dijo Gildo.
Teresa y Ambrogio se miraron. Sus expresiones eran perplejas.
—¿Qué? —preguntó Teresa.
—¿En serio no me habéis traído una cafetera? Me habéis fallado.
La madre lo miró mal.
—Tú siempre tan gracioso, hijo.
Gildo sonrió y Ambrogio también.
—¿Es todo?
—¿Te parece poco?
—No, pero ahora tengo que seguir con un interrogatorio. Luego comeré.
—¡No! —dictaminó Teresa—. Primero, comes, y luego, el resto. ¿Qué tienes que hacer que sea tan importante como para tener que posponer la comida de una mamma ?
Gildo tragó saliva.
—Gracias por traerlo. Estará todo delicioso, pero ahora tengo que seguir con mi trabajo. Luego lo comeré con inmenso placer —dijo, aunque consideró que todo eso hubiera servido para alimentar a una familia entera.
—Te conozco y sé que no lo vas a hacer —afirmó Teresa, y, más enérgica, concluyó—. Es más, nos quedamos aquí hasta que te lo comas. —Y se cruzó de brazos.