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La tensión era palpable en el vídeo.
El nerviosismo se veía en los rostros de las personas.
En la cámara de alta calidad, se sucedían las imágenes muy rápido.
Todas las mesas de la pizzería estaban ocupadas. Todas las personas habían dejado de comer y estaban centradas en el altercado.
Del mismo modo, el grupo de música que estaba en el escenario en un lado de la sala había bajado los instrumentos. Todos estaban pendientes del espectáculo del propietario de la pizzería y del presentador inglés.
—Ahora es el momento clave —indicó Liam Cooper mientras ponía en pausa el vídeo.
Estaban sentados en la sala de interrogatorios de la comisaría del Trastevere.
Liam apretó el botón del play y subió el volumen.
Se escuchó un ruidoso sonido ambiente. Enseguida, Liam bajó el volumen de los altavoces y Gildo se acercó más.
Necesitó verlo un par de veces.
—Otra vez, por favor.
El inglés obedeció.
—Se escucha mal. ¿Puede mejorar el audio?
El hombre entró en el sistema del programa y movió valores hasta que creyó dar con el más afinado.
Volvió a poner el vídeo y entonces se escuchó perfectamente.
La discusión fue rápida. Las palabras y las ofensas, como las acusaciones, fueron una escalada sin control por parte de los dos.
—Eres un impostor —dijo Lucchesi.
—¿Yo impostor? —respondió Tarantino, abarcando su local—. ¿Crees que mis clientes son un atrezzo ? ¿Son de cartón, de yeso o de papel?
—Tus pizzas están aguadas porque tu mozzarella de búfala es de baja calidad. Y lo has suplido con bailes, coreografía y tarantella .
El ambiente estaba cada vez más encendido, casi ardiendo.
Los dos estaban enfrentados. La secretaria de Michael intentaba apaciguar la escena gratuita que estaban dando. El espectáculo se estaba grabando con móviles y ella se había dado cuenta. Y también se había dado cuenta de que esa discusión no iba a ninguna parte.
—Vete de mi local.
—No pienso estar un minuto más aquí dentro.
—Eso es, vete, presentador de mierda —gritó el pizzero.
—¿Sabes qué te digo? Que la pizza napolitana vive del marketing . Ya no es lo que era. La romana se te va a comer con patatas.
Se notaba que Tarantino se estaba aguantando. Su rostro, casi del color de un tomate maduro, estaba a punto de explotar.
—Vete de mi local. Tú y tu banda de perroflautas.
Los dos se encararon a pocos centímetros.
Lucchesi, alto, delgado, elegante, sin un pelo y con gafas de pasta, miraba a su contrincante a casi un palmo por encima.
El otro lo miraba sin complejo de su estatura, con complexión física que rondaba casi los ciento cincuenta kilos, pelo engominado hacia atrás y una camiseta negra con Balenciaga en oro estampado en el pecho.
—Eres un mafioso venido a menos y tus amigos han metido tanto dinero para que esto funcionara que deberás trabajar dos vidas para devolverlo.
Las últimas imágenes del vídeo eran que Tarantino le acercó a la sien la mano con el índice y el dedo corazón extendidos junto con el pulgar. La mano, simulando una pistola, acompañó la última frase que se escuchó antes de que se dejara de grabar.
—Te voy a matar, inglés. ¡Tú me has arruinado!
La imagen se detuvo.
Gildo se acercó al respaldo. Estiró los brazos por unos segundos. Necesitaba caminar y tomar un café. Eso estaba tomando una dirección poco clara. Esas frases ya las había escuchado varias veces en Roma.
Pensó en la primera frase que dijo Lucchesi: «Eres un mafioso venido a menos».
Y luego la segunda: «Tus amigos han metido tanto dinero para que esto funcionara».
Eran típicas las tapaderas de los mafiosos en restaurantes, gasolineras, tiendas, distribuidoras y empresas ediles. De todo. ¿Pero podría ser cierto en ese caso?
Apuntó a la pantalla.
—¿Por qué dijo la última frase el señor Tarantino: «¡Tú me has arruinado!»?
—Sus críticas feroces contra Tarantino tenían cierta razón.
—¿Por qué tenía razón Lucchesi? —preguntó el policía.
—Porque su calidad fue a menos. Eran amigos desde hacía tiempo, pero Michael era muy crítico con él y Tarantino no quería escuchar. Hasta que lo hizo público y este se enfadó.
—¿Por qué se enfadó si era verdad?
El ingeniero de sonido se encogió de hombros.
—Es normal que la gente no quiera que le hagan mala prensa. Michael tiene redes sociales con millones de followers y un mensaje suyo puede mover la vida de muchas personas.
—Una última pregunta. ¿Cómo se enteró ayer de la muerte del señor Lucchesi?
—Mientras estaba desayunando.
Entonces Gildo se detuvo en los ojos del inglés para ver la respuesta y no perderse ningún detalle.
—¿Lamenta la muerte de Michael?
El hombre no dudó.
—La verdad es que no era una persona a la que tendría como amigo, pero tampoco creo que se mereciera morir. En nuestro mundo, hay personas mucho peores que él y nunca les pasa nada. Además, ahora me quedo sin trabajo si su programa y sus documentales se cancelan.
Gildo asintió.
—¿Cree que Tarantino podría llegar a matarlo? Tenía otros enemigos.
—No pondría la mano en el fuego por nadie. En nuestro mundo, todo es posible. Yo, en sus zapatos, no descartaría a nadie. Ni siquiera el suicidio.
Después de esa frase, se creó un silencio. Ya no tenía más preguntas.
El suicidio.
Eso no era posible porque el informe forense era claro. Y un muerto no se puede poner una masa de pizza en la cara y secársela. Ese era otro mecanismo que no conseguía resolver. ¿Cómo pudieron cocer la masa? ¿Tenía el asesino un horno portátil?
Necesitaba pensar mejor todo eso.
Así que le dijo al técnico de sonido que el interrogatorio se había acabado.
La puerta de la sala se abrió.
—A Gi —dijo Lillo—. Siento molestarte, pero aquí hay una mujer que quiere verte urgentemente. Lo siento, pero ha insistido hasta que no he podido aguantarla más.
—¿Quién demonios es?
Por detrás, apareció una señora.
—Soy tu madre, Gildo. Dile a este pesado que me deje pasar.