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El título no podía ser más acertado : The Pizza Wars: Rome vs Naples .
Un fenómeno de feria. Un aprovechador de tendencias. Un agitador de la cocina. Ese era Michael Lucchesi. Y la televisión inglesa lo sabía y lo aprovechaba.
Las redes sociales estaban llenas de vídeos criticando al hombre y otros tantos apoyándolo.
Otros criticaban la pizza italiana, romana o napolitana, la que fuera, y apoyaban que la auténtica era americana.
Como si los autóctonos de Boston, Nueva York o Los Ángeles la hubieran inventado y los italianos fueran los copiadores. Eso le provocó mucha risa.
Era verdad que, al final, como cocinero además de inspector de la policía de Roma, todo se reducía a un concepto parecido.
Todas las culturas tenían un plato típico basado en una masa aplastada con cosas encima.
Piadina en la Emilia-Romagna. Taco en México.
Msemen en Marruecos. Fricassé en Túnez. Coca de recapte en Catalunya.
Coca de llanda en Valencia. Lahmacun en Turquía.
Todas las culturas tenían, pero los italianos habían sido los más hábiles de todos: habían conseguido convencer al mundo entero de que aquella mezcla de harina, agua y levadura era casi una religión.
Un nombre internacional: pizza . Una receta que cada uno hacía a su manera y un plato que unía culturas, tradiciones y generaciones.
Y Michael Lucchesi había conseguido despertar un tema dormido: ¿cuál era el mejor estilo?
Un hombre habilidoso en surfear una ola que él mismo había generado y que podía traer cola en forma de libros, merchandising , cursos y miles de cosas.
Sin embargo, a alguien no le gustó y por eso el famoso polifacético se encontraba en la morgue en posición horizontal y en una bolsa de plástico.
* * *
—¿Cuánto hacía que conocía al señor Lucchesi? —preguntó Gildo.
Delante de él, estaba la atractiva Sophie Miller, productora del documental The Pizza Wars: Rome vs Naples .
—Varios años —respondió, apesadumbrada.
—¿Era la primera vez que usted trabajaba con él?
Ella negó con la cabeza.
En la sala de interrogatorios, estaba ella, sentada con una camisa abrochada hasta el penúltimo botón, de color negro. Llevaba el pelo rubio largo recogido en una cola y sus ojos azules parecían dolidos.
No llevaba maquillaje, solo alguna crema carísima que le daba una imagen aún más triste.
Rozaría los cuarenta años, aunque tendría unos cuantos más.
—Llevamos dos años trabajando juntos. Bueno, llevábamos.
—¿Cómo era Michael Lucchesi?
Ella se lo pensó. Tardó varios segundos en contestar. Estaba buscando las palabras correctas.
—No, señora. No tiene que pensar, tiene que ser espontánea. Se lo repito. Tiene que contestarme lo primero que le viene —dijo Gildo con severidad—. ¿Cómo era Michael Lucchesi?
Ella bufó.
—Un genio. Alguien de quien he aprendido mucho. Tenía carácter, claro. Pero ¿quién no lo tiene?
—¿Qué más? ¿Cómo era con los demás? Los genios suelen ser también déspotas y maleducados.
Ella no se lo pensó.
—A veces era riguroso e intransigente. No le gustaba que llegásemos tarde y que nos perdiéramos en detalles inútiles. No sabría qué decirle, como todos los presentadores de televisión. Si no son buenos y exigentes, no llegan a donde están. ¿Me entiende?
Gildo asintió. Lo sabía bien. Su madre lo era. Entendía que ser minucioso y detallista era una característica normal y necesaria para el éxito. En cambio, ser un hijo de perra no.
—¿Gritaba? ¿Tiraba cosas? ¿Tenía enemigos en el equipo? —preguntó Gildo—. Si es así, no se preocupe, de aquí no saldrá nada de lo que me diga. Es confidencial.
Ella asintió.
—Lo sé —dijo, mirándolo con sus ojos azules—. A veces era duro, dependía de cómo se despertara. Pero no definiría a Michael como una mala persona, para nada.
—No me ha contestado, señora. ¿Tenía enemigos?
Ella se encogió de hombros.
—Supongo que ya sabe lo que pasó con el pizzero napolitano. Casi llegan a pelearse.
—Lo sé, ya llegaremos a ese vídeo. Tengo muchas ganas y curiosidad. Me gustaría saber si cree que ese hombre podría llegar a matarlo.
—No lo sé, no soy policía.
—No quiero que lo sea. Solo que me diga qué siente, como mujer.
—Podría ser. Se enfureció y casi se matan si no llega a meterse en medio Daniel.
—¿Quién es Daniel? —preguntó Gildo.
—Daniel Harper es mi pareja. Es el cameramen del documental.
Gildo asintió.
—Señorita Miller, ¿sabe qué es un asesinato a sangre fría?
—Ella asintió—. Existe una diferencia enorme entre un crimen impulsivo y uno premeditado.
Alguien puede matar a otra persona por una revuelta en la calle o porque le ha quitado el parking del supermercado.
Y muy distinto es esperar a la persona en la habitación para matarla.
El segundo tiene una intención mucho más potente: lo ha planificado todo. ¿Me entiende?
La mujer bajó la mirada.
—Lo sé. No defiendo nada de lo que ha hecho Michael, pero no se merecía morir.
—¿Qué hacía Michael? —preguntó Gildo, y siguió con un tono más cálido, más negociador—. Necesito su franqueza para entender lo que ha pasado y meter entre rejas al culpable.
—No se merecía morir.
—En eso estamos de acuerdo, señorita Miller.
—Pero…
—¿Pero?
—Pero Michael humillaba a los demás para conseguir más visibilidad, más share , más contratos. Eso lo llevó a esto.
—¿A cuántos?
—A muchos. Solo hace falta mirar los posts en las redes sociales. Puede verlo con sus propios ojos. Tiene muchos, muchísimos mensajes, y casi ninguno visible, porque los tenemos que ocultar. Tiene haters y gente que lo ha acusado y amenazado de muerte.
—Vaya…
—Pero a él le gustaba eso. Creo que era un poco sadomasoquista. La adrenalina y el peligro le gustaban.
Gildo se pasó las dos manos por el pelo. Se apoyó en el respaldo y resopló. El abanico de posibilidades se abría considerablemente de repente.
No solo el pizzero, Salvatore Tarantino, era un posible candidato, sino un montón de personas más que podrían haber aprovechado la situación.
Aun así, tenían que compartir un factor, porque, si Tarantino no era el culpable, el asesino debería haber sabido del altercado entre ellos y tenérsela jurada con anterioridad, y lo peor y más importante, tenía que estar listo y preparado para aprovechar cualquier excusa para ejecutar un plan premeditado y que el yugo de la justicia cayera sobre otro.
—¿Cómo recibió la noticia de que el señor Lucchesi había sido asesinado?
—Estaba en mi habitación. Ese día tenía una jaqueca terrible. Vino Daniel a decírmelo. Bajó a desayunar y se enteró de la noticia. Subió enseguida y bajamos.
—¿Dónde estaba su habitación?
—En la primera planta del hotel.
—¿Sola?
—No, con Daniel. Estamos en la misma habitación. Así economizamos.
—Claro, son pareja.
—Exacto.
—¿Y los demás?
—En las habitaciones contiguas, en el mismo piso.
—En la primera planta. Digamos que el hotel tiene habitaciones más baratas para las personas que van con los vip.
Ella asintió.
—Gracias —dijo Gildo.
Dicho eso, se levantó y le indicó que el interrogatorio había terminado.
La dejó salir y entró Liam Cooper, el ingeniero de sonido.
Él era quien le enseñaría el vídeo de la pelea entre el pizzero Salvatore Tarantino y el famoso Michael Lucchesi.
Cuando entró con el portátil para enseñárselo, sintió una particular curiosidad en ver cómo había sucedido todo y qué se habían dicho exactamente.