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Gildo lo miró con inquietud.
No era la pizza lo que lo había matado, eso era interesante; era lo que el asesino quería que pensara la policía o quien lo encontrara.
—¿Y qué ha sido? —dijo Gildo para que el forense lo soltara de una vez.
Carmelo enarcó las cejas y levantó un dedo.
—Otra cosa que nada tiene que ver con una pizza —afirmó con su acento del sur de Italia.
El forense caminó hasta su desordenada mesa, cogió una carpeta, buscó la página y se la dio al policía.
Cuando este la cogió, Carmelo le indicó un punto del texto.
—Léelo tú —ordenó—. Porque los policías de hoy en día sabéis leer, ¿verdad?
Gildo fingió no haber escuchado el comentario. Se aclaró la voz y comenzó.
—El sujeto murió por asfixia mecánica mediante sofocación.
Una vez maniatado con bridas e inmovilizado, se le aplicó una almohada sobre las vías respiratorias hasta provocarle una insuficiencia respiratoria fatal.
Esta hipótesis está respaldada por la presencia de restos microscópicos de pluma de oca y fibras de algodón hallados tanto en la tráquea como en el tejido pulmonar —leyó Gildo antes de alzar la vista hacia el hombre sentado frente a su escritorio.
—Sigue, sigue —pidió.
—El sujeto ha sido primero asfixiado de forma mecánica por obstrucción de las vías respiratorias y luego, le ha sido aplicada la masa de pizza . Posteriormente, de alguna manera, se ha semicocido para que pudiera adoptar la forma del rostro de la víctima.
Gildo cerró la carpeta y se quedó mirando al hombre.
—¿Nada de drogas, ni venenos ni barbitúricos ni nada?
Carmelo negó con la cabeza.
—En absoluto. Limpio como una patena. Lo único es que puede que se hubiera tomado una copa de vino, pero eso no es nada —afirmó—. Así que esto es todo, policía. ¿Alguna pregunta más?
Gildo dejó la carpeta en la mesa.
Se dio la vuelta hacia el famoso y se quedó en silencio.
Pensó en la pizza , en la máscara que cubría de forma casi completa la cara.
Había un detalle que faltaba. Ahora lo veía.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? En todas las fotos, Michael Lucchesi aparecía con gafas.
Llevaba unas gafas de gruesa montura de pasta negra con tres puntitos plateados en los lados y lentes de forma redonda.
Las gafas resaltaban en un rostro afeitado y sin pelo.
De ojos pequeños y grandes gafas, esa imagen era como una marca personal.
Incluso había visto que su firma y logo era una cabeza estilizada, calva y con la silueta de las gafas.
—¿Han encontrado las gafas?
El forense cogió la carpeta y buscó todos los efectos personales que estaban en la habitación en el momento en que la científica realizó la inspección.
—Parece que no, policía —afirmó, y cerró la carpeta—. ¿Llevaba?
Gildo asintió.
—Pues se habrán roto o se habrán metido debajo de la cama o vete a saber, estarán en un lugar que la científica no ha mirado.
Gildo asintió.
—Puede ser… —dijo, y suspiró. Miró el reloj. Ya llegaba tarde—. ¿Cuándo tendré una copia del informe?
Carmelo se apoyó en el respaldo de la silla y esta crujió casi quejándose del peso del médico.
—Acabaré los cannoli y seguiré. Creo que para el mediodía lo tendrás. Para comer ya no estaré aquí, que he quedado. Para comer.
A Gildo lo sorprendió.
—¿Perdona? ¿Has quedado? ¿Tienes una cita?
Carmelo chasqueó la lengua y se encogió de hombros.
—Sí, una cita con una plancha de parmigiana de berenjenas que me espera —dijo, y se echó a reír.
Gildo pensó que era un caso perdido. Se despidió y se marchó mientras veía cómo Carmelo abría la nevera para seguir con su banquete.
Arrancó la Vespa y condujo hasta la comisaría del Trastevere. Allí lo esperaba el equipo de grabación del documental de Michael Lucchesi. Estaba seguro de que en ese equipo estaba la siguiente pista del caso.