12
Gildo llegó al Instituto Nacional de Medicina de Roma.
Aparcó enfrente del edificio. Era un hecho extraordinario, solo justificado porque era domingo. Un día laboral, habría tenido que buscar un lugar para dejar la Vespa casi en la estación de Termini.
Otro aspecto por el que no le gustaba acudir a ese lugar en domingo era que no había nadie. No era que Gildo tuviera miedo, ya no tenía edad de creer en los fantasmas, pero ese lugar, en ese día de la semana, transmitía mucha inquietud.
Bajó las escaleras y buscó la morgue.
Tocó la puerta y entró.
Dentro, estaba Carmelo Zanatta sentado en su silla. Estaba escribiendo. Levantó la mirada y se giró hacia la puerta. Lo miró por encima de las gafitas.
Chasqueó la lengua. A veces, esa era su manera de saludarlo.
—Yo también me alegro de verte, Carmelo.
—¡Psé! Eres un policía, Gildo, acuérdate de que no debes mentir —afirmó Carmelo con su marcadísimo acento siciliano.
— Touché .
—Además, yo tampoco tenía ningún interés en ver tu feo careto.
Gildo se encogió de hombros. Entró con un brazo escondido detrás de la espalda. Avanzó y se detuvo al lado del escritorio. El forense no lo dejó de mirar en ningún momento. Casi preocupado. Casi asustado.
—¿Qué llevas ahí detrás, inspector?
Gildo esperó unos instantes antes de enseñárselo.
Luego, lo dejó encima de una columna de carpetas.
El hombre no lo entendió. Cuando su cerebro procesó lo que podía contener ese paquete, su expresión cambió por completo.
De hastío y fastidiado, a la misma expresión que tendría un niño cuando ve el árbol de Navidad en Nochebuena.
—No te atragantes —dijo Gildo.
El forense lo cogió y se lo acercó.
— Madonna beata . De la Pastelería Carasole. ¿Son de hoy?
Gildo pensó que qué pregunta era esa.
—Claro, acabo de ir. Llevan diez minutos fuera de la nevera.
Carmelo, que podía pasar de los ciento cincuenta kilos, rompió el cordel con fuerza y luego, el papel; los destripó.
Al ver los cannoli sicilianos, cogió uno y se lo metió en la boca. De un bocado, se comió la mitad.
—Cuidado, Carmelo. Ya sabes lo que pasó en El Padrino III —advirtió Gildo.
El inspector se refería a cuando el padrino envenenó al traidor en la escena en la que toda la familia estaba en el estreno de su hijo como tenor.
Carmelo se detuvo un segundo de más, sin hablar, y lo miró de reojo con cara de pocos amigos.
Gildo sonrió, disfrutaba haciendo enfadar a ese hombre.
Solo entonces vio que, antes de entrar, estaba comiendo un sándwich de crema de chocolate. Al ver los cannoli , lo dejó de lado, encima de una columna de papeles y carpetas y periódicos que estaba justo al otro lado del escritorio.
Carmelo y los sándwiches. Los había visto de todo tipo con ese hombre.
Con mayonesa y varios rellenos verdes o de pescado.
Con pepinillos o con atún. Con mortadela o con mermelada.
Dulces o salados. Dejados en el escritorio y dejados encima de un cadáver.
Envueltos en papel de aluminio o en una bolsa transparente de pruebas de la policía.
Con Carmelo, uno podía esperar cualquier cosa.
Acabado el primer cannolo , fue a dar un mordisco al segundo y Gildo, antes de hacerlo, tosió.
El forense se detuvo. Lo miró y dejó el cannolo en la bandeja.
—Está bien —refunfuñó.
Con el papel encerado de la pastelería, intentó envolver los cannoli y se levantó. Caminó hasta la primera nevera de la pared, justo la que tenía al lado. Tiró de la maneta y se abrió uno de los nichos refrigerados. Lo que Gildo vio allí dentro lo dejó estupefacto.
El espacio estaba ocupado por una bolsa negra de cadáver y, en el lateral derecho, una batería de productos alimentarios.
Gildo dio un paso al frente para verlo mejor.
No podía creérselo. El forense usaba un nicho como nevera particular.
Una mayonesa, una bandeja de jamón abierto.
Un papel con una salsa roja. Un pepperoni a medio abrir.
Una lata de refresco. Y más cosas que no pudo ver con claridad porque se encontraban detrás.
Gildo lo miró mal mientras Carmelo dejaba la bandeja con los dos cannoli restantes en el único espacio posible, encima de la saca negra que contenía un cadáver.
Cerró la nevera y se dio la vuelta. Se limpió las manos de ricotta , azúcar glas y galleta en la bata y le indicó que lo siguiera.
Gildo negó con la cabeza, sin que el otro hombre lo viera.
Abrió otra nevera y sacó el cadáver de la saca.
—Vamos a ver. Tenemos un varón de cincuenta y dos años. Blanco, caucásico y con una clara muerte por asfixia —dijo Carmelo mientras se ponía un guante de látex en la mano derecha.
El cadáver ya presentaba la típica cicatriz que recorría todo el torso en forma de Y.
—El rigor mortis aún no está presente, así que, lo que entiendo y por los detalles, el momento de la muerte fue la noche anterior, es decir, estamos hablando del viernes por la noche —explicó el forense, y acercó la mano a la boca de la víctima, que seguía tal y como la encontró Gildo cuando lo vio en la habitación de hotel—.
Pero tengo que darte una noticia, inspector Falcone.
Esto parece una broma de mal gusto, y a mí no me gustan las bromas, y menos cuando como —dijo, mirando al policía y refiriéndose a la broma del padrino de pocos minutos antes—.
Lo que pasa es que la masa de pizza no fue lo que asfixió al fiambre, sino otra cosa…