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Domingo.
El domingo es el mejor día de la semana en Roma.
Las milenarias calles de la ciudad están libres de tráfico. Las familias dan paseos en bicicleta. Los turistas caminan por las aceras como si la ciudad fuera solo suya. El aire es mejor, más respirable y sin estrés de trabajo.
En domingo se vive mejor en Roma. Lo mismo pasa en agosto, ya que los romanos consideran que la ciudad es inhabitable, por el calor y por las oleadas de visitantes; la prefieren el resto del año, con contaminación, tráfico insoportable y los fríos inviernos.
Así, la dejan y se escapan a ciudades cercanas o a refugiarse bajo una sombrilla frente al mar.
Los domingos son como un aperitivo de los agostos.
A Gildo le encantaban los domingos. Para Gildo, el domingo era el mejor día si no tenía que trabajar investigando asesinatos, menos si eran de personas famosas.
Aparcó la Vespa enfrente de la Pastelería Carasole antes de lo previsto.
El establecimiento tenía varios escaparates.
Dentro, se veía una larga cola de personas para comprar los bollos y los pastelitos frescos.
En Roma, y como en muchas ciudades de Italia, los domingos eran los días de las iglesias y de las pastelerías.
Después de la comida, se celebraba con una bandeja variada de pastelitos: caracolitas de milhojas con canela y uva pasa, cucuruchos de cremas varias o de chocolate, bignè rellenos de crema pastelera, pastelitos de chantilly o tartaletas de masa quebrada con mermeladas o cremas de chocolate.
Cada uno más delicioso que el anterior. Más si eran de la pastelería más famosa de Roma.
Pero la cola interminable no era solo para comprar estas delicatessen , sino que también se podía desayunar.
Gildo, esa mañana, tuvo suerte, encontró una mesa para dos justo al final de la terraza. Una mesa que, seguramente, pasó desapercibida para muchos.
Se apresuró a cogerla y se sentó.
Suspiró, consciente de la hazaña conseguida.
Envió un mensaje a Marzia, que no tardó en aparecer.
—Pensaba que no vendrías —dijo ella con algo de asombro mientras se sentaba.
—¿Por qué no? Teníamos que acabar una conversación, te lo prometí.
Ella se encogió de hombros.
—No sé, ¿miedo? ¿Intuición femenina? No sabría decirte.
Marzia llevaba unas mallas muy muy ceñidas y una camiseta de deporte. Llevaba una coleta y unas gafas de sol grandes y muy elegantes.
—¿Has venido desde tu casa caminando?
—¿Te sorprende?
—Es un buen trayecto.
Ella se quitó las gafas y lo miró a los ojos.
—Valía la pena.
Él sonrió.
—Espero que sí.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Intuición femenina.
Él volvió a sonreír.
—¿Qué desean? —preguntó el camarero con acento extranjero.
El chico, el típico estudiante que trabajaba los domingos, llevaba un elegantísimo delantal negro con el nombre de la pastelería bordado en dorado.
Marzia pidió un croissant de mermelada de albaricoque y un cappuccino .
—Lo mismo —dijo Gildo.
El chico se fue justo después de haber enviado el pedido con la tablet .
—Te debo una disculpa.
Gildo se acomodó en la silla.
—Ayer fui una grosera.
Gildo se alargó el cuello de la camisa. Para ese día, había elegido una con plátanos enormes y con muchas hojas de palma.
—No tenía que haber encadenado la Vespa, podías haberte hecho daño o haber sido algo más urgente, y la hubiera fastidiado.
Él bajó la mirada.
—Lo mismo digo yo, podía haber contestado, pero es que…
Ella alargó una mano.
—Lo sé, fue culpa mía. Creo que no tiene nada de malo conservar las viejas amistades.
—Claro. Pero cuando vi que os besabais, yo no sabía el contexto.
—Te entiendo.
—La verdad es que no sé, llámame anticuado, pero yo nunca he besado en los labios a una ex —dijo, y levantó los brazos mientras encogía los hombros—. Llámame viejuno o carca. Además, estoy seguro de que, si lo hiciera yo, recibiría un guantazo. Y que no quiero hacerlo, que quede claro.
Ella bajó la mirada.
—¿Qué pasa, Marzia?
—Estoy segura de que, si lo hicieras con Ornella, te sorprendería su respuesta.
El comentario le resultó de lo más extraño.
—¿Cómo dices? Ornella, ¿mi Ornella? ¿La que trabaja conmigo en el Porco Miseria?
Ella asintió mientras subía las cejas.
—¡Qué va! —afirmó con un ademán.
—Estoy segura. Instinto femenino.
Apareció el camarero con una bandeja redonda y dejó las pastas y los dos cappuccinos .
—Nos estamos desviando del tema —dijo él.
Ella asintió.
—Davide es mi exnovio. Estuvimos juntos muchos años, hasta que no aguantó más la distancia.
—Me lo imagino. ¿Fue cuando ganaste el premio de Miss Italia?
—Precisamente.
Gildo dio un mordisco al croissant ; la mermelada caliente sobresalió por los laterales y por la parte superior de la pasta.
La cubierta de azúcar glas contrastaba con la acidez del relleno y la redondez de la masa hecha con mantequilla.
Era una absoluta obra de arte, como todo lo que hacían en esa pastelería.
—Él vivía en el pueblo y se hartó de vivir así. Además, él creía que yo tenía mil ligues cuando la realidad era que los productores y los agentes querían abusar de mí. No lo comprendió, ni me apoyó.
—Pero quedasteis bien.
—Hace mucho tiempo de esto, y fuimos siguiéndonos la pista hasta el otro día.
Gildo asintió.
—El otro día…
—Sí. Davide ha venido a trabajar aquí, en Roma.
La noticia no le sentó bien y le provocó tos; dio un sorbo al cappuccino .
—¿Se ha venido a vivir aquí?
—Sí, ¿te molesta?
—No —mintió.
Ella lo miró de reojo.
—Ya.
—¿Y de qué trabaja?
—De lo suyo, de pizzero.
Gildo abrió los ojos de par en par.
—Vaya, qué oportuno.
—¿Por qué?
—Nada. ¿Dónde trabaja?
—En una pequeña pizza al taglio cerca de la Fontana de Trevi.
Gildo suspiró de alivio. Solo faltaba que ese hombre estuviera vinculado a todo el caos que estaba viviendo Roma; la pizza romana y la pizza napolitana.
Hubiera sido una coincidencia demasiado grande.
Al final, en la capital, ¿cuántas pizzerías podía haber?
Miles de locales ofrecían pizzas. Al corte, redondas, cuadradas, americanas, en locales microscópicos, en food truck y decenas y decenas de variantes.
Que Davide hubiera trabajado o estuviera involucrado con el affaire Lucchesi, tenía la misma probabilidad de que el papa se detuviera en el Porco Miseria a pedir una hamburguesa.
—Por cierto… —dijo Gildo después de mirar el reloj y levantar la mano—. Me tengo que marchar.
Mientras el camarero venía, Gildo sacó de su cartera un billete y se lo enrolló en la mano.
—¿Me traería la cuenta de esto y una bandeja con tres cannoli siciliani ? —dijo Gildo, y le pasó el billete sin que nadie lo viera.
—Pero, señor, no se puede. Tiene que hacer la cola —dijo el camarero, señalando el local.
—Se puede, se puede —afirmó Gildo mientras le guiñaba un ojo.
Desde fuera, por los escaparates, esa cola representaba por lo menos treinta o incluso cuarenta y cinco minutos. Eso quería decir que llegaría tarde a la reunión con el forense.
El chico suspiró, pero lo hizo.
—Si no fueras policía, eso no me habría extrañado.
—Marzia, tengo un compromiso con el médico forense. Al final es por el bien de esta ciudad resolver este caso.
—Aún no me has dicho nada, ¿de qué va?
Él se pasó la mano por el pelo y bufó.
—Te lo explico otro día.
Ella sonrió.
—Eso quiere decir que volverás mañana a desayunar como hace… ¿semanas?
Él no contestó, solo esbozó una sonrisa tonta.
El camarero apareció con la bandejita. El papel tenía la marca de la pastelería impresa y lo cerraba un cordel dorado con un lazo. Casi parecía un regalo de una joyería más que de una pastelería.
Cuando el camarero le dijo cuánto era la cuenta, entendió que no se había equivocado, parecía una joyería tanto en la presentación como en el cobro.
Él asintió y pagó.
—A la próxima te invito yo.
—Te acompañaría a casa en Vespa, pero tengo un compromiso.
—Lo sé, gracias. Prefiero volver a casa andando, así camino un poco —dijo ella mientras le acariciaba el rostro con una expresión de cariño en sus ojos.
—Nos vemos mañana —confirmó él, y se levantaron.
Gildo guardó la bandeja de cannoli , tenía que apresurarse o llegaría tarde a la cita con el muerto.