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A Aurelio le encantaba que le rogaran.
—No te voy a suplicar… —dijo Gildo, dejando claro sus límites al periodista.
Aurelio tomó el café de un sorbo y se inclinó hacia el policía.
—Tuvieron una casi pelea la noche anterior con el pizzero más famoso de Roma, un tal…
—Salvatore Tarantino —afirmó Gildo—. Esto ya lo sabía, ¿tienes algo más para mí?
—¿Y sabes lo que le dijo Michael Lucchesi al pizzero?
Eso sí que no lo sabía. Seguramente, a la secretaria se le había olvidado decirlo.
Y no porque no se acordara, sino porque quiso obviar esa información.
Gildo había tenido la sensación de que esa mujer era muy eficiente y un detalle como el que iba a decir Aurelio lo tenía que haber obviado, no olvidado.
—Michael le dijo que lo obligaría a cerrar todas sus locales con tan solo un post suyo, porque era un borracho y un impostor. Y adivina qué le respondió Tarantino.
Gildo negó con la cabeza.
—Tarantino lo amenazó con matarlo. Dicen que hay personas que lo han grabado con un móvil, así que la redacción está buscando los vídeos en las redes para verlo. Cuando lo tengamos, lo publicaremos.
Los dos se quedaron en silencio; el policía miraba el cielo como si buscase en la inmensidad una respuesta.
—Es curioso —dijo Gildo—. Lo han matado con una pizza .
Aurelio se echó a reír, incrédulo. Luego, el policía le dio algún dato más para que lo entendiera.
Cuando acabó de explicárselo, se despidió, tenía que llegar al food truck para su segundo trabajo.
—¿Pagas tú?
—Pensaba que me invitabas. Ya sabes, un sueldo de funcionario del Estado no tiene nada que ver con un director de redacción —afirmó, y le guiñó el ojo.
Arrancó la Vespa y se dirigió a los Foros Imperiales.
Dejó aparcada la moto donde siempre la dejaba: en la calle paralela.
Se acercó al quiosco y entró por la puerta de atrás.
Ornella y Fiorella estaban apoyadas en el mostrador, mirando a la gente que pasaba. Aún era pronto para el servicio de la noche, pero ellas dos ya estaban listas, con las planchas calientes y las freidoras a punto.
—Mira quién viene.
Gildo resopló y puso los ojos en blanco. Después de un día como aquel, lo último que necesitaba era una noche de servicio en el Porco Miseria.
Se cambió de ropa, se colocó su bandana blanca con un punto rojo en el centro y se hizo un moño para recoger sus largos cabellos.
Fue un sábado flojo, de pocos bocadillos, pocas patatas y pocos turistas.
Grupos de jóvenes en oleadas, algún rezagado turista y unos pedidos a domicilio.
Cuando la hora más importante de pedidos pasó, Ornella y Gildo dejaron sola a la ayudante, Fiorella.
Se cogieron una cerveza y sus sillas de playa.
Dejaron la puerta abierta y se sentaron detrás de la caravana.
—¿Qué te pasa? Hoy estás distante.
Gildo dio un trago a la cerveza y se giró hacia su exmujer.
—He hablado con Marzia. Era su ex al que besó —explicó, y siguió con tono casi ofendido—. ¿Te puedes creer que se besaron en los labios? ¡Dónde se ha visto eso! Vale, estuvieron diez años juntos, pero nosotros estuvimos también no sé cuántos y no nos besamos en la boca cada vez que nos vemos.
Ella sonrió.
—¿Te gustaría que nos saludáramos con un besito? —dijo ella, sacando los morros.
—¡No! —respondió, receloso.
—Gildo, es una tontería. Si Marzia quería engañarte, no lo habría hecho a la luz del día y en su cafetería, ¿no crees?
—¡No lo sé! Esto es muy raro.
Ornella bufó.
—Eres un joven con mentalidad de viejo. No ves que esto se lleva, la modernidad es compartir, es romper el status quo . Es dejar de dar por sentado que todo funcionará como siempre para siempre. ¿No lo ves?
Él arrugó el ceño y miró la botella de cerveza. Dio un sorbo y pensó en sus palabras. Algún día, antes o después, todo cambiaría. Todo, de forma inevitable. Se llamaba progreso, se llamaba evolución.
Hablando con Ornella, se sintió mejor.
—Me han asignado un caso que parece fácil, pero tiene muchas capas de complejidad.
Ella asintió. A Ornella le daba igual lo que hacía, qué caso le daban, no quería saber nada, solo escuchaba lo que él le quisiera decir.
—Bueno, si es difícil, no te vas a aburrir, ¿no te parece?
—Eso creo, que no me aburriré. Es más, se me ha ido al traste todo el fin de semana.
—Vaya, pobrecito. Entonces, haz una cosa: aquí lo tenemos todo resuelto. Vete a casa y descansa, porque si mañana tienes que trabajar, es mejor que te vayas. Si no, para qué hemos contratado a Fiorella.
Él la miró a través de la puerta. A esa distancia no alcanzaba a escucharlos. La joven ayudante era muy espabilada. Tenía ganas de hacer y nunca estaba quieta. Una rara avis de su generación. En lugar de dar vueltas con los amigos, estaba allí, ganándose un segundo sueldo para ayudar a la familia.
Se levantaron y Gildo miró de nuevo a Ornella.
—¿Qué vamos a hacer cuando ese monstruo esté operativo? —preguntó Gildo, refiriéndose al restaurante enfrente de ellos.
En pleno Parco di Porta Capena, la empresa SPQR Food, encabezada por Daniele Aspri, alias el Vampiro, seguía levantando su venganza por no entrar en su grupo de restaurantes.
—No tienes que avergonzarte, has hecho lo que has podido. Te has peleado con el ayuntamiento, detuviste la obra, moviste todos los hilos que conocías, pero, al final, los tentáculos del vampiro van mucho más allá. Seguro que sobreviviremos.
Gildo sonrió. Esa parte de Ornella era la que más le gustaba, su optimismo que contagiaba y siempre veía una oportunidad detrás de un problema.
—Antonio, el asesor del ayuntamiento, me había asegurado que es ilegal y que no podían montar ese esperpento en pleno Foro Imperial. Pero ya ves, aquí está, vivito y coleando y a punto de abrirse.
—¿Quieres un consejo? Vete a casa, date una ducha y manda un mensaje a Marzia. Hablad y haced las paces. No vale la pena estar enfadados —afirmó Ornella, levantó la botella de cerveza y dio el último trago.
—Orni, ¿te he dicho que eres la mejor?
Ella lo miró con gesto hosco.
—Vete antes de que cambie de idea —afirmó ella.
Él se cambió, se despidió de las dos mujeres y se fue directo a casa.
Cuando Gildo caminaba hacia su Vespa, se sintió observado.
No se giró, siguió caminando y no pudo ver cómo Ornella lo observaba marcharse.
Su expresión era triste. Suspiró al verlo marchar; en vez de aprovechar la flaqueza en la relación de Gildo y Marzia para darse una oportunidad, hizo lo que haría alguien que realmente quiere a otra persona: darle el mejor consejo posible.
Gildo, al salir de la ducha, envió un mensaje a Marzia, tal y como le había dicho Ornella. Solo por la mañana, cuando se despertó, leyó la respuesta. Antes de reunirse con el forense para ver el informe de la autopsia de Michael Lucchesi, se tomarían un café.