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Gildo tenía mucho trabajo por delante con ese caso.
Regresó a la suite de Michael Lucchesi. Muchos detalles se ven mejor cuando la policía científica ya ha dejado el lugar de los hechos. Cuando el silencio es el único compañero y cuando las prisas no apremian.
La habitación estaba sellada y desierta.
La zona donde estaba el cuerpo ahora estaba despejada y el carro del desayuno se había retirado.
El camarero había encontrado el cadáver, así se lo había indicado Ferretti antes de irse.
El hombre, aparte de tener muchas ganas de que no le fastidiaran el fin de semana, tenía ganas de largarse.
A lo mejor porque el caso con un famoso es mucho más incómodo que cualquier otro de los habituales.
O quizá porque podía conllevar consecuencias a la capital italiana.
Fuera como fuese, ahora la patata caliente la tenía él.
Se sentó en una silla y miró la estancia. Nunca se hubiera podido permitir una habitación así. Bueno, a lo mejor sí, pensó, con el sueldo de todo un mes.
Después de ordenar las ideas, decidió irse. Bajó a la recepción y preguntó si podían enchufarle el teléfono para cargarlo.
El hombre esnob que lo había mirado mal ya no estaba y una chica joven, de ojos tiernos y amables gestos, le prestó una batería de móvil externa.
Él se lo agradeció y, cuando tuvo el mínimo de batería, consiguió enviar un mensaje a Aurelio. Se verían en un rato, en la calle de siempre.
Salió del hotel. Fuera, una patrulla de policía y dos agentes perimetraban la entrada. Los periodistas ya se habían marchado. Subió a la Vespa y se marchó. Se detuvo delante de una pizza al taglio .
Eligió unas porciones en formato cuadrado. Margherita con rucola y parmesano. Una de salamino picante y otra de burrata .
Se sentó en la mesa con una cerveza fresca. Eran las cinco de la tarde y, después de un desayuno ligero y un batido de proteínas tras salir del gimnasio, era lo primero que comía. Una vez devoradas las porciones, se fue directo a su cita.
La Vespa Primavera rugía por las calles de Roma. Cuando no había tráfico, le daba tiempo de ver los monumentos y fijarse en detalles de edificios que, con la prisa o el tráfico, no podía observar.
Aparcó en la calle.
Dejó la Vespa y se sentó en una mesa libre, la más lejana de la cafetería.
Esperó diez minutos y Aurelio apareció.
Se sentó al lado de Gildo.
—Desde luego que es fácil reconocerte con esa camisa.
El humor irónico del periodista, siempre era tan afilado como obvio. Aurelio, siempre bien afeitado, vestido y perfumado. Daba igual que fuera lunes, viernes o fin de semana, siempre iba vestido con un perfecto traje, gris o azul, y camisa blanca. Aurelio era todo un caballero.
—Algún día te dejaré alguna de mis camisas para darte una vuelta con ellas. Te sorprendería.
—No te preocupes, no tengas prisa con eso.
—Bueno, quiero saber una cosa, ¿cuál de las dos era la mejor?
Aurelio se extrañó de la pregunta.
—¿De qué me hablas?
—De las pizzas, la de mi madre y la de la tuya.
Él suspiró.
—La de tu madre, sin duda.
—Eres el pelota de siempre.
El periodista se apoyó la mano en el pecho y lo miró casi ofendido.
—Te digo la verdad.
Gildo llamó al camarero y pidió dos espressos .
—Ahora tengo una pregunta que hacerte —dijo el periodista—. ¿Se puede saber por qué te dan a ti todos los casos más mediáticos de la ciudad?
Gildo suspiró. A él también le gustaría saber la respuesta. Considerando que lo que quería hacer era vivir tranquilo y con pocos problemas, la única explicación era que los problemas lo buscaban.
—Déjate de tonterías, Aurelio. Dime qué me puedes decir de este tío.
—¿Me darás alguna información de primera mano?
—Veremos.
Aurelio suspiró.
—Michael Lucchesi. Es un tipo polémico y, entre tú y yo, cargado de dinero.
No podríamos entender muchas películas y series sin este personaje.
Casado y sin hijos. Cincuenta y ocho años.
Tenía un programa fijo en la televisión pública del Reino Unido —dijo Aurelio, se detuvo y cambió de tono a sorprendido—.
¿En serio nunca habías oído este nombre antes?
Es un referente de la gastronomía italiana en su país. Ha escrito incluso libros.
Gildo dio las gracias al camarero y cogió el café. Dio un sorbo y lo dejó en la mesa.
—No miro la televisión. Es más, hace tanto que no la enciendo que no sé si sigue funcionando.
La frase lo sorprendió. Lo pensó mejor y tampoco era tan extraño, él tampoco era un gran consumidor de televisión, solo leía los periódicos y, de vez en cuando, una película o serie, pero solo los fines de semana.
—¿Qué más me puedes decir de él?
—Poco, oficialmente, casi nada —dijo, y le guiñó el ojo.
Gildo dio el último trago. Por la plaza, pasaban turistas siguiendo las indicaciones del móvil y romanos que caminaban con prisa.
—¿Oficialmente? —repitió con tono malicioso—. Venga, suéltalo. ¿Qué has descubierto de forma extraoficial?