Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 8
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Helen Walsh tenía las piernas cruzadas delante del inspector, en una estancia colindante a la que estaban todos los otros componentes del equipo de rodaje del documental.

—¿Qué más necesita saber?

—Pues todo.

—Todo es mucho, por favor, sea más específico.

—Empecemos por él. Michael Lucchesi, ¿quién era?

La mujer se horrorizó.

—¿En serio no conocía al señor Lucchesi?

No le dio tiempo de responder a Gildo, el otro móvil de la secretaria sonó. Esta se levantó y, mientras caminaba nerviosa, hablaba. Cuando acabó, se volvió a sentar. De nuevo cruzó las piernas y dejó los móviles en su regazo, uno al lado del otro.

—Esto no va a funcionar así, por favor, no conteste a sus móviles o esto va a ser muy largo, y yo no tengo todo el día.

A la mujer no le gustó el comentario, pero lo entendió.

—Michael Lucchesi era presentador de televisión, cocinero y actor. Estamos en Roma para rodar un documental.

—De acuerdo, ¿sobre qué era el documental?

Ella, antes de responder, levantó la barbilla.

— The Pizza Wars: Rome vs Naples .

Gildo, al escuchar eso, iba a contestar sobre la respuesta al dilema, pero rectificó en un segundo.

—Hay algo parecido en las redes sociales sobre esto, ¿verdad?

Ella asintió.

—Fue Michael quien colgó ese vídeo. Fue viral al instante. Hablaba de la diferencia entre la pizza romana y la napolitana, cuál era la mejor y cuál era la auténtica.

Gildo recordó la imagen que acababa de ver en la habitación; el hombre con una masa en la cara y la frase en el suelo: pizza é napoletana.

—¿Solía hacer vídeos de ese tipo? ¿Conseguía siempre tanta repercusión?

La mujer pensó la respuesta.

—Era la primera vez.

—Se lo ha pensado.

—Tiene que considerar que Michael tenía muchos seguidores. Pero lo que pasó con esta polémica de la pizza se nos fue de las manos. Tanto que el canal puso sobre la mesa un contrato para que rodásemos un documental rápidamente sobre el tema y aprovechar la ola.

Gildo asintió. Observaba a la mujer, que demostraba estar afectada o, por lo menos, eso parecía.

—Entiendo —afirmó—. Antes dijo que conocía al asesino del señor Michael Lucchesi. Y bien, ¿quién cree que es?

—No, no lo creo. Lo sé —aseguró, y Gildo le indicó que siguiera—. Es el pizzero Salvatore Tarantino. ¿Lo conoce?

—¿Debería?

—Es el famoso pizzero napolitano. Bueno, es famoso porque Michael lo ha hecho famoso con sus vídeos y al mencionarlo muchas veces. Pero él nunca ha sido agradecido. Lo quería muerto, porque después de lo que pasó hace dos días… Eso sí que fue demasiado.

—Espere, señora. ¿Desde cuándo están aquí rodando?

—Unos tres días. Íbamos a quedarnos un par de días más y luego, iríamos a Nápoles. Aquí grabábamos la primera parte y, allí, la segunda.

Gildo asintió. No tenía la necesidad de anotarlo, todo lo estaba grabando en su mente, además, aquello era solo un preliminar para darle contexto al caso.

Lo único que sabía era que lo había encontrado un camarero por la mañana, que había sido asfixiado por una masa de pizza y que tenía una enemistad con ese pizzero.

—¿Qué pasó hace dos días?

Uno de los móviles de la secretaria sonó. Lo miró y se contuvo para no cogerlo. En su expresión, se vio cómo tuvo que aplicar una fuerza tremenda para no descolgar la llamada. Apretó un botón lateral y se detuvo la melodía.

—Gracias.

Ella asintió.

—Fuimos a cenar a la pizzería del señor Tarantino y así aprovechar para rodar unas escenas.

Pedimos pizzas napolitanas y romanas. Después de comerlas, llegó el dueño con una mujer que no conocíamos.

Lo vimos algo alegre, digámoslo así. Se acercó y empezó a bromear.

Hasta que entraron en discusión, Michael y Salvatore, sobre la mejor pizza de las dos.

Primero, Michael le dijo que últimamente su pizza ya no era las de cuando lo conoció.

Luego, discutieron sobre el origen de la verdadera pizza .

—¿Y qué pasó?

—Michael tenía razón en todo lo que dijo, sobre todo, cuando Salvatore, si no hubiese sido por Daniel, le habría dado un puñetazo.

—¿Quién es Daniel?

—El cámara.

—Entiendo.

Gildo suspiró, sabía que podía ser polémica o molesta la pregunta que iba a hacer a continuación.

—¿Se acuerda qué se dijeron ellos dos? Sobre todo, lo que dijo Salvatore.

—La pizza napolitana vive del marketing —respondió sin titubeos.

—¿Tan bien lo recuerda?

—Claro que me acuerdo. Lo tenemos todo grabado.

Gildo levantó las cejas. Lo tenían grabado, pensó. Se pasó la mano por el pelo. Eso era muy interesante.

—Necesito que no se vaya ninguno de ustedes. Se quedarán a disposición policial unos días hasta que esto se haya resuelto —dijo, y se levantó.

La secretaria también lo hizo.

—Inspector, no pierda el tiempo. Ha sido él.

—Necesito ver las grabaciones. Dígale a los otros tres miembros del staff que vengan mañana por la mañana a esta dirección —dijo, y le alargó una tarjeta de visita.

Ella la miró.

—Comisaría de Trastevere.

—Sí, sobre las once. Ahí tiene mi teléfono. Cuando pueda, envíeme un mensaje para tener su contacto.

Gildo, sin esperar a que contestara, se marchó.

Justo cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta, la mujer lo llamó.

—Inspector Falcone, bonita camisa.

Él sonrió satisfecho y salió.