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Delante de él había cuatro personas, todas sentadas en un sofá, apesadumbradas.
—Venga, se las presento —dijo el agente que los había congregado.
Avanzaron hasta que estuvieron frente al salón privado. Dos butacas, un sofá, dos sillas y un par de mesitas con flores y una lámpara.
El hombre señaló a cada uno por su nombre y por el respectivo trabajo que tenía en la compañía.
En el sofá, estaban Daniel Harper, el cámara del documental, junto a Sophie Miller, la productora de la cadena televisiva. En las butacas, Liam Cooper, ingeniero de sonido, y Helen Walsh, la secretaria personal de la víctima.
Cuando fue a hablar Gildo, sonó una llamada. La secretaria miró la pantalla de uno de los dos teléfonos, contestó en inglés y se alejó.
—Me gustaría interrogarles por separado —dijo Gildo.
—¿Interrogatorio? ¿Necesitamos un abogado? —preguntó Liam Cooper, el ingeniero de sonido.
Gildo negó.
—No, solo es un preliminar. Es para entender lo que ha pasado.
La secretaria colgó y se acercó al inspector.
—¿Por qué nadie me escucha? Fucking police —gritó la secretaria en italiano, pero con un marcado acento inglés—. Ya se lo he dicho al otro investigador.
Gildo se giró hacia la mujer.
—¿Qué es lo que le ha dicho? No recuerdo que me dijera nada.
—Le he dicho quién ha cometido esta atrocidad.
Gildo alzó las cejas. Al final, igual tenía razón Ferretti; a la hora de la cena, tendría el caso resuelto.
—Yo sé quién ha sido. Ha sido Salvatore Tarantino. Estoy segurísima.
Gildo se acercó y la miró directamente a los ojos. La mujer era de su misma estatura. Vestía un traje ceñido con falda azul y una camisa blanca. Llevaba solo un collar de perlas finas y un perfume muy fuerte.
—Creo que empezaré con usted si no le importa.