Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 6
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Gildo se acercó más.

La cara del hombre estaba escondida tras una masa de pan que rodeaba su cabeza. Lo único que se percibía era la forma del rostro y, en la parte superior del cráneo, en las uniones de los extremos, se veía que el hombre era calvo.

—¿Nos permite? —dijo un hombre de la científica, pidiendo permiso a Gildo.

Este se levantó y retrocedió al lado de Ferretti, se alejaron y dejaron a los compañeros que procedieran.

Uno estaba grabando en vídeo con una réflex digital, otro acercó un cuchillo parecido a un bisturí y realizó un corte en la masa.

—Como podemos ver, la masa está seca por la parte externa, pero, en el resto, es aún esponjosa, es decir, cruda.

Al acabar la incisión, apoyó el bisturí y separó la masa del rostro.

Eso provocó una cierta expectación en todos los presentes, por fin se vería la cara del muerto. Se había quedado con la boca y los ojos abiertos en una clara expresión de ahogo.

Dejó la masa en un lado y el otro agente de la científica dejó de hacer el vídeo y empezó a realizar fotos.

Gildo se acercó a la masa.

«¿Por qué alguien se molestó en tapar la cara con esto, que tiene que ser incómodo y laborioso, cuando con una cuerda hubiera hecho lo mismo?», se preguntó.

Observó la masa y se dio cuenta de un detalle importante: era redonda.

—Parece una masa de pizza .

Ferretti se acercó.

—¿Qué ha dicho?

Gildo lo repitió.

Ferretti se acercó la mano a la frente.

—Me he olvidado de un detalle, inspector. Tiene mucho sentido lo que dice.

—¿Por qué? —preguntó Gildo.

—Porque me he olvidado de enseñarle esto. Mire.

Gildo se levantó y se acercó al lado del cadáver. Entre la cama y la pared, había una mancha blanca.

El inspector le explicó que en el centro del polvo blanco había una frase: pizza é napoletana.

Gildo se agachó y buscó el móvil. Estaba sin batería y no pudo hacer una foto de la pista, pero apoyó el dedo en el polvo blanco y lo chupó.

—Harina —confirmó, y sonrió—. Esto es lo más raro que he visto en mi carrera de inspector.

—Pues ahí lo tenemos. Lo que tenía en la cara, que es lo que parece que lo ha matado, es una masa de pizza que le ha impedido respirar —dictaminó Ferretti—. Tendrá que buscar un culpable. Seguro que usted, a la hora de la cena, ya lo tendrá resuelto.

Al decir esas palabras, le dio una palmada en la espalda.

—Me voy. El caso es todo suyo.

Gildo se levantó.

—Un momento, necesito hacerle un par de preguntas.

El otro inspector miró el reloj y puso los ojos en blanco.

—Dígame —respondió, ya girado y dispuesto a marcharse.

Gildo dejó atrás a los de la científica y al cadáver y salieron del dormitorio.

—Necesito saber quién era este hombre. El comisario solo me ha dicho que era alguien famoso.

—¿Famoso? ¿Es que no conocía a Michael Lucchesi?

Gildo se encogió de hombros.

—Es un presentador famoso del Reino Unido. Hace documentales sobre gastronomía, en especial, sobre la gastronomía italiana.

Gildo asintió.

—Bien. ¿Y está aquí solo?

Ferretti le hizo un gesto con la mano.

—Estaba grabando un documental, estos tíos van con un séquito tremendo.

—Esto es lo que quería saber. Por favor, ¿podrían reunir en una sala a todos los de su equipo?

El hombre bufó y le enseñó el reloj.

—Inspector Falcone, ¿sabe qué hora es? Mi mujer me va a cortar los huevos como llegue más tarde a casa. Por favor, ¿no podría hacerlo usted?

—Yo tampoco he comido aún y no sé cuándo lo voy a hacer. Por favor, solo le pido eso y ya le dejo ir —insistió Gildo, y el hombre accedió.

Dejó pasar un rato antes de bajar, el tiempo para que Ferretti congregara a todos y consiguiera una sala para un primer interrogatorio.

Se paseó por la habitación. Observó las maletas, de una marca francesa.

Los trajes estaban todos colocados en orden.

Todas las americanas eran de lino, para el calor que azotaba Roma en esa época del año.

Las camisas, en cambio, eran de algodón y todas tenían sus iniciales bordadas.

El orden en que estaban colgadas le llamó la atención: en un degradado de color, desde el blanco hasta el azul oscuro.

El lavabo era casi tan grande como su apartamento.

Una bañera, una ducha, dos pilas separadas y todo tipo de productos de higiene.

En cambio, el huésped tenía un set de baño muy completo en un armario.

Una maquinilla de afeitar, una para el pelo y otra para los vellos de la nariz.

Botes de cremas contó doce: de día, de noche, sérum, para el sol y unas cuantas más. El baño mostraba un orden obsesivo.

Pidió a la científica un móvil y un ordenador y que necesitaba ya el informe.

Consideró que era hora de bajar a preguntar al equipo del muerto. Echó el último vistazo al cadáver, que ya se encontraba en una bolsa negra; pronto lo vería en la morgue.

Sacó una rama de jengibre y le dio un mordisco. Tenía el pálpito de que sería lo único que comería ese sábado.