Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 5
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Via Veneto empezaba en Piazza Barberini.

Gildo dio la vuelta con la Vespa justo en la plaza, lo bastante rápido por ir con prisa y, al mismo tiempo, lo suficientemente despacio para observar un segundo a los turistas que rodeaban la Fontana del Tritone.

Giró por la rotonda y subió por la calle donde se encontraba el hotel. Siguió por la arbolada calle que, a pesar de estar en pleno centro de Roma, hacía una doble curva. Luego, siguió recto hasta la muralla romana. En medio, dando acceso al parque de Villa Borghese, estaba la Puerta Pinciana.

Los coches de la policía estaban presentes en la puerta del Grand Hotel Savelli. Entre ellos, varios agentes delimitaban la zona a los curiosos y, cómo no, a los periodistas que ya se habían enterado del suceso.

Aparcó al lado de una ambulancia, enfrente de la entrada del majestuoso hotel.

El edificio debía ser un palacio del renacimiento italiano. Hacía esquina con Via Campania. Había coches de lujo en la puerta y la tensión se cortaba con un cuchillo.

Dejó la Vespa entre miradas inquisidoras de trabajadores del hotel, clientes y agentes. Al aparcar, se le acercó un oficial.

—Lo siento, pero no puede aparcar aquí —ordenó.

Gildo dejó el casco en el manillar. Sacó la placa que llevaba colgada del cuello y se la enseñó.

—El inspector Ferretti me está esperando.

El agente sonrió y le indicó que podía pasar.

—Lo siento, inspector, pero están todos muy tensos.

—Tranquilo, échale un vistazo a mi bólido, ¿de acuerdo?

El agente asintió y le levantó la cinta policial.

Gildo pasó y entró en la recepción del hotel.

Era igual de señorial que la fachada. Flores frescas en varios jarrones de cristal desprendían un olor que daba la bienvenida a las visitas.

Una claraboya de cristal iluminaba con luz natural un espacio de sofás azules en el centro.

Techos altos, puertas de cristal y un mostrador de madera noble y vidrio atendía a los huéspedes.

El suelo era de un mármol beige , casi rosa, pulido y brillante.

El hombre de la recepción, vestido con traje y corbata y de nariz torcida, como si estuviera mirando a un vagabundo, le preguntó:

—¿En qué puedo ayudarle?

—Busco al inspector Ferretti.

El hombre, deseoso de deshacerse de ese hombre mal vestido, con barba de varios días y aspecto de turista de hotel con pulseras, levantó el teléfono.

Gildo se miró en un espejo que estaba al otro lado de la recepción.

Se alegró de que ese día, sin saber bien por qué, hubiera elegido entre todas sus camisas la nueva, su última adquisición.

Tenía un estampado tropical y vibrante de grandes flores amarillas con intensos contrastes en azul y rojo sobre un fondo llamativo.

Se estiró el cuello hacia abajo y se miró con admiración.

Enseguida se presentó un botones y le indicó que lo siguiera.

Cogieron el ascensor y subieron hasta el sexto piso, donde se encontraban las mejores habitaciones del hotel. Caminaron por un pasillo donde las pisadas se amortiguaban por una alfombra acolchada.

No necesitó que el botones le indicara cuál era la habitación. El pasillo estaba cortado por una cinta policial que impedía el paso y desde fuera se intuía que la científica ya había hecho su labor y se disponían a marcharse.

Gildo pasó y un hombre se acercó a paso rápido.

—Por fin ha llegado —indicó un hombre con camisa de cuadros y una americana azul—. Le estábamos esperando.

El hombre le tendió la mano, Gildo se la estrechó.

—¿Usted es?

—Perdón —dijo el hombre, ya caminando hacia el dormitorio—. Soy el inspector Ferretti, usted es el inspector Falcone, ¿verdad?

—¿Y cómo sabía que era yo?

—Obvio, el comisario me dijo que estaba llegando y que su vestimenta no me dejaría indiferente. Qué cínico, ¿no? Su comisario es un guasón.

Gildo no quiso añadir nada al respecto. Llegaron al gran dormitorio de la suite y el inspector Ferretti le mostró el cadáver.

—Aquí lo tiene. Ha llegado justo a tiempo. Estaban a punto de llevárselo al forense, ya que los de la policía científica no han finalizado su trabajo. Ya sabe: fotos, huellas y demás, porque queríamos que antes viera esto.

Gildo se extrañó y, antes de fijarse en el detalle al que se refería, preguntó:

—¿Por qué no han podido acabar los de la científica?

Ferretti se agachó. Sacó un bolígrafo y le indicó la cara del cadáver.

Gildo se quedó de piedra. Jamás había visto algo así. En la cara de la víctima, había una máscara que cubría toda la cara y la cabeza y daba la vuelta completa al cráneo. Por delante, se adaptaba a la forma de la cara y por detrás, se solapaba y se juntaban los extremos.

Gildo se agachó. Lo más extraordinario no era eso, sino el material con el que se había elaborado. La tocó y no se equivocó; estaba hecha de una fina capa de pan.