46
Ese mismo día por la tarde, Gildo se fue a casa.
Llegó pronto para cambiarse, descansar y marcharse poco después al Porco Miseria. Esa noche era otra noche de trabajo duro. Había otro concierto, esa vez de un cantante pop de tirada nacional.
Se estiró un momento en el sofá y buscó el último programa de Cucina con la mamma .
El capítulo se llamaba la guerra de la pizza …
Gildo se pasó una mano por la cara.
No se lo podía creer. Su madre también se había subido al carro de ese tema, que estaba arrasando.
Su madre aparecía con un sombrero de pizza en la cabeza. A pesar de ese horrendo sombrero, Teresa estaba muy guapa.
—Hoy en Cucina con la mamma , lo que vamos a hacer es un programa diferente.
Considerando que el mundo se está centrando en esta discusión, yo también voy a participar.
Así que no solo veréis esto en redes sociales, periódicos, revistas, sino que aquí también.
La guerra de las pizzas ha llegado —dijo Teresa, y arrancó el programa.
Gildo se acomodó. Eso prometía. Su madre no le había mencionado nada. Lo normal era que Teresa hiciera una receta y que luego, con invitados, la probaran, como si fuera una comida en casa.
En cambio, ese día, el programa era diferente. Se centraba en un reto. Por primera vez en su programa, Teresa no cocinaba, solo presentaba y daba la posibilidad de cocinar a los demás.
Por un lado, como si fuera un combate de boxeo, el estudio de grabación estaba dividido por la mitad en dos cocinas. La primera, decorada para la ocasión, estaba un pizzero de Roma, defendiendo la pizza romana.
En la segunda cocina, un pizzero defendía la pizza napolitana.
Teresa se acercó a una campana y le dio con fuerza. Al escucharla, como dos autómatas, los dos pizzeros se pusieron en marcha.
Corrían y amasaban. El programa, a pesar de ser muy diferente, era entretenido y divertido. Teresa supo gestionar los silencios y los momentos de descanso.
Mientras las masas fermentaban, lo que hizo fue hacer un resumen de la historia de una y de la otra pizza . De la historia de cada uno de los pizzeros.
Los dos se gruñían y sabían llevar el papel entre los dos.
—El tema que hemos intentado gestionar con mi equipo del programa es que, una vez esté la pizza hecha, la vamos a votar.
Así que hemos invitado para hoy un público distribuido y proporcional por cada región italiana.
Que no sean todos de Roma o todos de Nápoles.
Nada de tongo, todo real y en vivo y en directo —afirmó.
El programa siguió y empezaron a sacar las masas de las fermentadoras, las fueron completando y realizando unas simples y rigurosas margaritas. Cinco por cada pizzero.
Cada uno tenía su horno de leña. Las echaron dentro y esperaron a que estuvieran perfectas.
Una vez terminadas, las pizzas tenían una pinta extraordinaria.
Las colocaron en medio de una mesa y, de forma ordenada, todos los espectadores fueron bajando; probaban la pizza e iban poniendo en una báscula una pequeña piedra. Una roja para la pizza romana, una azul en el otro lado para la pizza napolitana.
Cuando ya no hubo más, votó Teresa y, obviamente, cogió una piedra roja que colocó del lado romano.
Entonces, el notario quitó el tope y la báscula se movió.
No se podía ver cuántas piedras había para no desvelar el veredicto popular final.
La báscula se quedó casi igual. Casi no se había movido. Teresa y el notario se miraron. Este se acercó y contó las piedras, la parte de las pizzas napolitanas tenía una más.
—La voluntad popular ha hablado, entonces, y muy a mi pesar, me temo que la pizza que gana este episodio de Cucina con la mamma es… —gritó, se acercó al pizzero napolitano y le subió el brazo como se hace con los boxeadores— la pizza de Nápoles.
De todas partes salieron confetis y arrancó una fiesta. Si alguien hubiera puesto en ese momento el programa de Teresa, podía incluso llegar a pensar que era un programa de fin de año antes que uno de cocina.
—Gracias por seguirnos, nos vemos mañana con un programa normal. Y, al final, da igual si es romana, napolitana o de Trieste. Viva la pizza y viva la mamma . Os espero mañana en Cucina con la mamma .
Gildo le mandó un mensaje a su madre, felicitándola por su último formato y el último episodio de guerras de pizzas.
Había resuelto el crimen de Lucchesi. Sin embargo, la guerra de la pizza acababa de empezar.
Su vista cayó en la hora, eran las ocho, llegaba con casi una hora de retraso al Porco Miseria. Saltó del sofá, se cambió y bajó las escaleras de dos en dos. Arrancó la Vespa y corrió directo a su quiosco de bocadillos.
El concierto estaba a punto de empezar y Fiorella y Ornella estarían invadidas y sobrepasadas de pedidos.
¿Cómo le podía haber pasado esto? ¿Cómo se podía haber olvidado?
Llegó a los Foros Imperiales. La calle estaba hasta los topes. Dejó la Vespa en el sitio de siempre y corrió hacia el food truck .
Su sorpresa al llegar fue monumental, no había nadie en el Porco Miseria. Se acercó más y entonces lo vio. La gente hacía cola delante. Parecía que toda la gente con hambre se había desplazado solo allí, al restaurante delante del Porco Miseria. Solo allí. Ellos no tenían ni una persona.
El restaurante de dos pisos construido en un lugar arqueológico estaba hecho con cuatro contenedores marítimos superpuestos.
El de abajo era la cocina y despachaban los bocadillos.
Una escalera externa permitía que los clientes pudieran subir a los dos contenedores superiores convertidos en comedor.
Pero si seguían, la parte superior de los dos contenedores superiores tenía una terraza donde se veían con unas vistas extraordinarias todos los Foros Imperiales.
Gildo se quedó con la boca abierta.
Ese monstruo se estaba llevando toda la clientela.
Todo tenía un inicio y un fin.
¿Había llegado el fin de la época del Porco Miseria?
Por cómo estaba siendo la afluencia a ese lugar, era lo que parecía.
Gildo se acercó al mostrador desde fuera.
—Te lo dije aquel día, Gildo, teníamos que haber aceptado ese cheque —espetó Ornella.
Él bajó la mirada y se dio la vuelta. De pronto, tuvo delante al vampiro. Así lo llamaba él. Daniele Aspri.
El dueño de SPQR Food lo estaba mirando.
—La señorita tiene razón, tenían que haber aceptado el cheque en blanco —dijo con retintín.
Luego, se giró y señaló su creación, el restaurante más feo del mundo puesto en un lugar estratégico gracias a sus contactos políticos.
—Pero tengo una propuesta para vosotros —añadió—.
Ya no será tan suculenta como antes, pero admiro mucho vuestra cocina y me gustaría que os unierais a mi equipo en la cocina central.
¿Qué os parece? Estaría dispuesto a pagaros muy jugosamente.
Tenéis genio, creatividad, y no debería desaprovecharse ahora que vuestro chiringuito está hundido. ¿Qué os parece?
Gildo se giró hacia Ornella y ella se giró hacia él.
Ella abrió la boca para decirle lo que pensaba.