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Gildo bajó los escalones de dos en dos.
Abrió la puerta y se encontró de bruces con Aurelio.
Los dos se quedaron sorprendidos, mirándose.
—Así que venías para la batalla de pizzas y no me habías dicho nada —dijo Gildo.
Aurelio sonrió.
—Total, te vería aquí. ¿Adónde vas? ¿Ya se han quedado sin vino esas dos?
Gildo suspiró.
—Tengo un marrón en la comisaría.
De repente, al escuchar la palabra marrón y asociarla con la prisa que tenía Gildo, levantó las antenas. Las mismas que tiene un periodista. Las mismas que solo tiene un cazador de reportajes.
Aurelio lo empujó dentro del portón del edificio, cerró la puerta y se giró de nuevo hacia el policía.
—¿Qué ha pasado?
Gildo negó.
—No tengo ni idea. El comisario me tiene en ascuas. Me ha pedido que vaya rápidamente. Seguro que será una tontería y volveré para los postres.
Aurelio sonrió de forma maliciosa.
—Te acordarás de los amigos, ¿verdad?
Gildo rio al mismo tiempo que negaba.
—No cambiarás, siempre hambriento.
Aurelio se encogió de hombros.
—Ya sabes, cada mañana hay que llenar un periódico.
Gildo hizo amago de irse, pero se detuvo.
—Por cierto… —dijo Gildo, e indicó hacia los pisos superiores—. ¿Cuándo llevarás a casa…? Ya sabes.
—Shhh. ¿Te refieres a él?
—Sí, a tu novio.
—Prometido.
Gildo hizo una mueca.
—Estáis prometidos y tu madre aún piensa que no has encontrado a la mujer perfecta —dijo, y le hizo el gesto de la piña, juntando las yemas de los dedos y moviendo la muñeca.
—Lo sé, es que… Mira, vete con tu comisario. Ya tengo bastante en casa como para que tú también me incordies.
Gildo sonrió y se dejó empujar por Aurelio hasta la puerta.
Arrancó la Vespa y despacio salió de las calles peatonales cerca del Panteón.
Roma estaba azotada por una ola de calor veraniego. A pesar de estar a principios de primavera, la temperatura era de verano. Condujo por el Trastevere y costeó el río hasta la comisaría.
Al llegar, apagó la Vespa y se dio cuenta de que algo no estaba como debía. La cafetería tenía las luces encendidas. Alguien estaba trabajando en el Lèttere Caffè. A pesar de que los sábados estaba cerrado, había alguien. Y ese alguien era Marzia. Cuando ella lo vio, salió a buscarlo.
—¡Gildo, Gildo! —gritó, e intentó detenerlo.
Sin embargo, él ya estaba dentro de la comisaría.
Marzia cruzó la calle intentando una vez más hablar con él. Llevaban casi dos semanas sin hablar y Gildo no respondía a sus mensajes, no atendía las llamadas y había dejado de ir a desayunar a su cafetería después de varios años acudiendo a diario.
—A Gi, no sabes la mañana que hemos tenido. El comisario lleva gritando desde que ha llegado. Se ha vuelto loco buscándote.
Gildo pasó e indicó la puerta.
—Lillo, un favor.
Este se puso firme.
—Lo que quieras.
—Que no entre esa chica.
La solicitud de Gildo lo sorprendió, pero lo acató a rajatabla.
Mientras Gildo subía las escaleras, Lillo impedía a Marzia entrar en la comisaría.
Ella lo miró escabullirse por las escaleras y, otra vez, no consiguió hablar con él. Se dio la vuelta y sonrió de forma malévola.
Al pisar los últimos escalones, se escuchó la voz del comisario.
—Lillo, porca miseria . ¿Has localizado a ese desgraciado? —gritó el comisario desde su despacho.
Gildo ralentizó el paso, sin contestar.
—Lillo, ¿es que te ha comido la lengua el gato o qué…?
Gildo se asomó, veloz y sin preaviso. El comisario fumaba mientras iba de un lado al otro de la estancia.
Las ventanas estaban abiertas y dejaban entrar una brisa que refrescaba el espacio.
—No soy Lillo, soy el desgraciado.
El comisario, alias Er Bufa, se dio la vuelta de repente. Al no esperarse que fuera él, miró el cigarrillo y lo lanzó por la ventana.
—¿Disfrutando de los placeres de la vida, comisario? —dijo, y se quedó justo en el umbral.
—Maldita sea, Erme, llevamos toda la maldita mañana buscándote. ¿En qué jodido agujero te habías metido? ¿Se puede saber?
Gildo chasqueó la lengua.
—En uno que tienen pesas, cintas de correr, máquinas y demás. Se llaman gimnasios. Debería ir a verlos.
—No seas tan gracioso.
—Si hablásemos con su mujer, hasta diría que le vendría bien visitar uno.
—No seas descarado y siéntate.
—Prefiero quedarme aquí, ahí dentro hay demasiado… humo.
El comisario gruñó. Lo miró con cara de pocos amigos y fue a sentarse en su escritorio.
—Tienes que ir cagando leches al Grand Hotel Savelli, en Via Veneto.
Gildo silbó.
—¿Qué ha perdido allí, comisario?
—Tenemos a un «vips» muerto.
—¿Se refiere a una persona conocida o famosa?
—Sí, un «vips».
—Es vip. Very important person , jefe.
El comisario dio un puñetazo en la mesa. Las pilas de carpetas y periódicos se tambalearon.
—¡Lo que sea! Hay un caso que te está esperando, maldita sea. ¡Vete ya!
Gildo arrugó el ceño. Fue ubicando la zona donde estaba el hotel en el mapa urbano. Via Veneto quedaba muy lejos de la comisaría.
—Comisario, esa calle no está en nuestra jurisdicción…
—Erme, porca miseria, estamos perdiendo el tiempo. Si te llamo, es porque eres el adecuado para resolver este caso. Así que date la vuelta, coge un coche o el bus o tu Vespa de las narices y vete al hotel. Allí te está esperando el inspector Ferretti para darte los detalles.
Gildo cerró la boca y se dio la vuelta.
—¿Será posible que incluso un sábado tengas que ir por ahí con esas camisas hawaianas?
Gildo se miró la camisa y no vio nada extraño en ella.
—Y enciende el móvil, Erme. ¿Para qué diablos tienes un móvil si no lo tienes operativo?
«Porque es sábado», pensó Gildo.
Mientras bajaba las escaleras, pensó que de nuevo le estaban endosando un asesinato. Ya se imaginaba lo que sería, como los pasados, como todos los que estaban fuera de su jurisdicción.
En el vestíbulo, el rostro de Lillo estaba mucho mejor, más pausado y menos estresado.
—¿Todo resuelto? Es que no sabes cómo se pone cuando no consigue lo que quiere…
Gildo asintió.
—Sí, Lillo, lo sé perfectamente.
—Hubo una vez que lo que hizo…
—Lillo, lo siento, pero me tengo que ir.
—¿Es que no quieres escuchar mi historia?
—Sí, sí, me la explicas luego.
—¿Eso quiere decir que volverás?
—Puede, pero no me esperes. Vete a casa, Lillo, que es sábado.
Gildo se escabulló de los tentáculos de Lillo, que, en ocasiones, eran más largos y más sofocantes que los del comisario.
Se sentó en la Vespa. La arrancó. Levantó la mirada hacia la cafetería, Marzia debía de seguir allí. Fue a mover la moto y esta no lo hizo. Algo se lo impedía.
Al bajar la mirada, vio en la rueda delantera una cadena. Apagó el motor y dio la vuelta. En el candado, había una nota.
«Si quieres irte, ven a hablar conmigo. Marzia».