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Era sábado y los sábados no se emitía el programa de Teresa en televisión.
Teresa Falcone tenía cada mes más éxito y los directivos le ofrecían contratos suculentos para llevársela a sus canales y emitir su programa Cucina con la mamma . Sin embargo, Teresa era fiel a la cadena que le había concedido una segunda oportunidad y seguía en la televisión nacional.
Ese sábado estaba en casa, pero no sola. Con ella, estaba la señora Ricci, alias la vecina del segundo y madre del periodista Aurelio.
Cuando Gildo entró en casa, las dos mujeres estaban en plena guerra verbal e ideológica mientras cocinaban.
Gildo dejó el casco y las llaves. Acababa de volver del gimnasio y, como cada sábado, acudía a comer a casa de la mamma .
Un olor a pizza sorprendió a Gildo.
Le extrañó. ¿Su madre haciendo pizza ? Eso era nuevo.
En el comedor, junto a ese olor que mezclaba albahaca, mozzarella y harina tostada, se escuchaba una canción de los tres tenores: Pavarotti, Carreras y Domingo.
—Te estás equivocando, querida Teresa. Tanta televisión y tanta gastronomía y cometes un fallo tan simple —decía la señora Ricci.
Teresa dio un sorbo y bajó rápidamente el vaso al ver al hijo.
—No te he oído llegar, Gildo.
—Normal, con la música tan alta, no me extraña. ¿Qué estáis haciendo?
Toda la cocina era un desastre. Había cazuelas, frascos abiertos, una bolsa de basura llena, toda la encimera llena de harina y la pila rebosaba de cacharros y utensilios sucios.
—Por favor, hijo, dile que la verdadera pizza es la romana. De pasta fina fina y con pocos ingredientes encima.
Gildo arrugó el ceño y la señora Ricci bebió un trago del vino que tenía en la copa.
Gildo fue a decir algo, pero se dio la vuelta y bajó la música ensordecedora que salía del tocadiscos.
Regresó a la cocina.
—¿Alguien me puede explicar qué diablos ha pasado aquí? Parece que un huracán ha usado la cocina y la ha dejado intransitable.
La señora sonrió.
—Lo que tienes que saber es que tu madre el otro día, con su… amiguito —dijo con retintín, y la madre se puso roja—, estuvo mirando Instagram. Allí vio cómo no sé quién lanzaba un vídeo que se ha hecho viral: ¿cuál es la verdadera pizza italiana?
Gildo se vertió vino en una copa.
—¿Y qué pasa?
—Pues pasa que, en el rellano, estuvimos discutiendo si es la romana o la napolitana.
Gildo dio un sorbo y miró a la madre. Se encogió de hombros y dijo:
—Fácil, la original es la napolitana. La inventaron para la reina Margarita, ¿no?
La señora Ricci, satisfecha, miró a Teresa.
—Menuda bobada, no pareces mi hijo. Todo el mundo sabe que la pizza auténtica la inventamos en Roma y luego los ladrones de los napolitanos nos la robaron. Esto es una injuria —afirmó la madre, y Gildo fue a hablar, pero no lo dejó—. Y lo que está claro es que, además, está mucho más buena.
Teresa, con la boca arqueada y un tono muy cabreado y muy típico de cuando encontraba un hueso duro para sus teorías, puso los brazos en jarra.
—¿Pero se puede saber qué es todo este caos? —dijo Gildo mientras se acercaba al horno para ver lo que había dentro.
—Tu madre se ha empeñado en iniciar una guerra…
—Una sana y honrada competición —aclaró Teresa.
—Bueno, lo que tú digas, querida. Así que hemos hecho pizza napolitana, porque mis padres eran de la tierra del Vesubio y de la pizza —dijo mientras se señalaba—. Y tu madre ha hecho una pizza romana. Al estilo romano.
—¡No, basta! No es al estilo romano, sino al estilo original de la pizza : finita, con pocos ingredientes, con poco tomate. No una pizza demasiado fermentada como la napolitana y con una sopa de tomate y mozzarella dentro.
La vecina del segundo piso miró al techo y se acercó la mano a la boca, mordiéndose los dedos, dando a entender que se tenía que callar por no seguir discutiendo.
Gildo, al ver la situación y esa batalla de rodillos, se echó a reír.
—¿Y quién será el juez para esta competición?
La vecina asintió y también rio.
—Aquí viene la idea magistral de tu madre. Venga, Teresa, díselo.
—Pues tú y Aurelio —contestó Teresa como si fuera lo más normal del mundo—. ¿Quién si no?
—Entiendo que está a punto de llegar tu hijo.
La señora Ricci asintió.
—Me parece que esto va a acabar como el rosario de la Aurora o con un empate. Espero lo segundo. Pero, por cómo huele, me gusta la idea —afirmó Gildo.
Pensó que, a pesar de que el tiempo pasaba, su madre no dejaba de tener maravillosas ideas de bombero. Miró a las dos, que seguían discutiendo, como siempre habían hecho desde que se conocían, sobre los temas más variopintos.
Mientras ellas dos seguían hablando, Gildo oyó que el teléfono de la casa sonaba.
Se acercó y descolgó el auricular.
—Casa Falcone.
—A Gi. Llevo toda la mañana intentando localizarte.
—¿Lillo?
—Sí, es que el comisario quiere hablar urgentemente contigo. Llevamos toda la mañana buscándote.
—¿Y no has probado con mi móvil?
—Está apagado.
—Vaya. ¿Y qué pasa?
—No lo sé. El comisario está que se sube por las paredes. Por favor, ven lo antes posible. He oído algo de un caso y que es muy importante y urgente.
Gildo colgó la llamada, tenía que marcharse enseguida. Se asomó a la cocina y las pizzas seguían en el horno. Muy a su pesar y con la boca que se le hacía agua, se marchó dejando de lado la guerra de pizzas de su madre con la vecina del segundo piso.