Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 1
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Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6)

Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6)

Por Riccardo Braccaioli

© inepub.com

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Sábado.

Roma.

Como cada mañana, Michael Lucchesi recibía el desayuno en su suite : huevos, beicon, judías blancas con tomate, pan con mantequilla, la prensa londinense y una gran tetera de cerámica con té recién hecho. Rigurosamente, todo junto. Rigurosamente, todo caliente.

En el caso de que algo no llegase como él quería, el hotel pasaba de forma automática al listado de hoteles para no repetir.

Ese día, Luigi era el encargado de subir el carro con todo lo pedido. No se había encargado el día anterior, sino antes, mucho antes de que el señor Lucchesi llegase, su secretaria había informado de lo que cada mañana debía recibir.

Llevaba ya unos días en Roma y en el hotel, y hasta esa mañana todo había ido bien.

El huésped era considerado un vip para el director.

De hecho, en su país, Inglaterra, y en los Estados Unidos, lo era.

Como tal, exigía lo mejor, pero, en contrapartida, daba propinas muy suculentas a los camareros y a los botones.

No obstante, su carácter imprevisible podía convertir una entrega en una pesadilla.

Cuando llegaba la hora de llevarle el desayuno, los camareros tenían sensaciones encontradas: subir a pesar de no ser bien tratados a cambio de muy buenas propinas o no hacerlo.

Luigi cogió el carro con todo lo ordenado del día y se dirigió hacia la habitación número 303.

Subió por el ascensor interno de los empleados y cruzó el pasillo. Llamó a la puerta.

— Room service —anunció, y esperó.

Pasó casi un minuto.

Luigi, antes de tocar la puerta, se había asegurado de que de la maneta no colgara el cartón de no molestar. Al no estar, se aventuró a pedir permiso para entrar.

Un minuto y medio y no había contestado. Insistió.

Otra vez, nada.

—Señor Lucchesi, room service , le traigo el desayuno.

Al tercer silencio, Luigi sacó su llave magnética maestra y accedió a la habitación.

—Señor Lucchesi, soy Luigi, del restaurante, le traigo el desayuno. ¿Está aquí? —titubeó—. ¿Puedo entrar? Solo le dejaré el carro y me iré.

Se asomó y no vio nada. Ningún ruido se percibía. Ni la ducha ni la televisión ni hablando por teléfono. Nada, como si no estuviera. Así que decidió entrar, seguramente, estaría durmiendo y se despertaría con el desayuno.

Abrió la puerta del todo y entró con el carro.

Cruzó el vestíbulo de la suite y llegó al comedor y sala de estar, uno de los más grandes del hotel.

Dejó el carro; parecía que no recibiría recompensa esa mañana, así que, a regañadientes, se dio la vuelta para regresar a la cocina. Pero algo le llamó la atención.

Se giró de nuevo.

La puerta que daba al dormitorio estaba entreabierta. La curiosidad le pudo y miró.

Esperaba ver a una rubia despampanante durmiendo a su lado. O incluso a los dos haciendo el amor, pero nada más lejos de la realidad, el señor Michael Lucchesi estaba sentado en el suelo de la habitación.

Se acercó.

Lo llamó y el hombre no se movió.

Tenía la espalda reclinada en la cama y las manos atadas con una brida. Lo que más lo asustó fue su primer pensamiento: escapar, pedir auxilio y que otro fuera a salvarlo.

Pero se acercó, se arrodilló y cogió la mano del hombre. Al tocarla, notó que estaba fría y carecía de latido. Estaba dura, tan dura que no pudo moverla.

Se echó atrás de golpe.

Miró espantado la escena: el famoso Michael Lucchesi había muerto. Había muerto en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, y él lo había encontrado. Se levantó y salió corriendo de la estancia, tenía que hablar con el director.