2
Negro azabache. Obsceno. Aparcado con una perfección casi ofensiva.
Y junto a él, dos hombres trajeados. Pinganillos. Vigilando.
Señalé hacia ellos con la barbilla.
—¿Vienen contigo?
Les echó un vistazo y se encogió de hombros, como si nada.
—A veces.
Se me encogió el estómago.
—¿Sabes quién soy? —preguntó con voz baja.
Asentí una vez.
—Sí.
No parpadeó.
Respiré hondo.
—Y lo siento si... si te di a entender algo que no era.
Arqueó una ceja ligeramente.
—Normalmente no soy así —me apresuré a continuar—. Fue el calor. Las copas. La noche... se me subió a la cabeza.
Gesticulé, incómoda, buscando cómo esquivarle. Ruta de escape. Botón de reinicio. Algo.
Pero no se movió.
Se acercó un paso.
Lo suficientemente cerca para que su sombra cubriera la mía.
—No te disculpes —dijo, suave pero firme—. Yo también lo sentí.
Me clavó la mirada, y allí estaba otra vez: ese tirón. Ese maldito tirón.
—Déjame invitarte a salir —dijo—. Una cita de verdad.
—No puedo —dije, y me salió la voz más débil de lo que pretendía. Demasiado suave. Demasiado insegura.
Michael no se movió. Ni parpadeó. Solo esa mirada, profunda e inquebrantable.
—¿Estás con alguien? —preguntó con voz baja, peligrosa, aunque apenas superaba el susurro.
—No... no es eso.
Esperó.
Aparté la mirada.
—Simplemente no puedo, ¿vale?
Pasé junto a él antes de perder el valor, rozándole el brazo, con la esperanza de que me dejara ir.
No lo hizo.
Su mano me agarró del brazo, con suavidad, pero con la firmeza suficiente para detenerme.
—No soy un hombre que se rinda, Kate.
Se me cortó la respiración. No porque tuviera miedo.
Porque parte de mí quería que no lo hiciera.
Cambié de cafetería. Otra vez.
Nuevas rutas. Nuevos hábitos. Las carreras matutinas se convirtieron en entrenamientos vespertinos. Aparcaba en callejuelas, evitaba cualquier cosa que oliera a rutina. No me estaba escondiendo.
Estaba siendo lista.
Porque Michael Waters no era el tipo de hombre al que te enfrentabas una vez y olvidabas. Era el tipo al que te enfrentabas una vez y luego tenías que ir esquivando cada maldito día.
Y lo estaba haciendo bien. Durante un tiempo.
Hasta el jueves por la noche.
Cena tardía con Mindy. Noche de chicas poniéndonos al día en un italiano de esos efímeros en Harbor. Manteles a cuadros rojos. Vino en vasos de agua. Un violinista destrozando «That's Amore» con más pasión que talento.
Me estaba riendo de algo que había dicho Mindy, con la boca llena de tiramisú, cuando lo sentí.
Esa presión.
Ese tirón.
Eché un vistazo al otro lado del estrecho patio, y allí estaba.
Michael.
Sentado en una mesa del rincón. Camisa oscura. Cuello abierto. Informal, pero aun así letal.
No estaba solo.
Tres hombres lo flanqueaban, todos con trajes caros y sonrisas tirantes. A uno lo reconocí: un conseguidor de alto nivel que sacaba a políticos de líos muy gordos. ¿Los otros dos? Tiburones de las finanzas con conexiones mafiosas, o algo así.
Y luego estaba ella.
La morena.
Deslumbrante. Piernas kilométricas. Un cuerpo hecho para todo tipo de pecados. Se inclinaba hacia él, los dedos rozándole el antebrazo mientras se reía como si él acabara de revelarle el secreto de la vida.
Pero él no la estaba mirando a ella.
Me estaba mirando a mí.
Justo por encima de su copa de vino. Sin parpadear.
Follándome con los ojos, con una sonrisita engreída y asesinato en la mirada.
Lo sentí bajarme por la columna.
—Tierra llamando a Kate —dijo Mindy, chasqueando los dedos—. ¿Estás bien?
Sonreí demasiado rápido.
—Bien. Solo... creí ver a alguien que conozco.
No alguien. El alguien.
Y no estaba segura de si quería abofetearlo o subirme a su regazo y besarlo hasta dejarlo tonto.
Mindy se quedó a mitad de frase. Se le fue la mirada al otro lado del patio como si acabara de ver un fantasma: uno con traje de diseñador y peligro.
Se inclinó hacia delante, con los ojos muy abiertos.
—¿Quién es ese?
No volví a mirar. No me hacía falta.
—Mis fuegos artificiales del Cuatro de Julio —murmuré sobre mi copa de vino.
Arqueó las cejas.
—¿Qué dem...?
Suspiré y di el trago de vino más grande que pude sin llegar a bebérmelo de golpe.
—Sí.
Una palabra. Un error. Un Michael Waters muy grande y muy poderoso.
Mindy se quedó boquiabierta.
—Kate. ¿Qué demonios hiciste?
Negué con la cabeza, arrepintiéndome ya de todo.
—Fue un momento. Un momento muy, muy caliente.
Mindy volvió a mirar hacia atrás.
—Ese hombre no es un momento. Ese hombre es todo un incidente internacional.
Y ahí estaba, mirándome todavía como si yo fuera el postre y él tuviera debilidad por lo dulce.
—Hora de pedir la cuenta y largarnos de aquí —murmuré, dejando caer la servilleta sobre la mesa como si me debiera dinero.
—Por favor —replicó Mindy, poniendo los ojos en blanco—. Como si no tuviera ya tipos vigilando la salida, listos para seguirnos en cuanto salgamos.
Sonreí con suficiencia mientras sacaba las llaves del bolso.
—Que lo intenten.
A Mindy se le curvaron los labios. Conocía esa mirada.
—Nadie conoce estas calles como nosotras —dije—. Cada callejón. Cada atajo. Cada callejón sin salida que en realidad no lo es.
—¿Te acuerdas del instituto? —se rio—. ¿El viejo Mustang de tu padre? ¿Las carreras a medianoche por el Casco Antiguo?
Sonreí.
—Apagaba los faros y tomaba esas curvas cerradas detrás de la estación como si estuviera en una peli de atracos.
—Estabas en una peli de atracos —dijo—. Solo que en vez de pasta, robábamos granizados y huíamos de tu toque de queda.
Dejé unos billetes sobre la mesa, con el corazón ya en modo competición.
—Venga. Vamos a divertirnos.