MICHAEL
Los fuegos artificiales debían ser el espectáculo.
Pero la verdadera explosión ocurrió cuando ella chocó conmigo.
El yate era un horno de sudor, licor y mentiras. La torre de champán sudaba por el calor. Dinero ruso a un lado. Cocainómanos cubanos al otro. Y media docena de príncipes de fondos de inversión jugando al póker como si sus linajes no estuvieran ya hipotecados hasta el cuello.
Todos los bastardos allí se creían el rey.
Yo solo intentaba evitar que el reino ardiera.
Debía ser una celebración. El Día de la Independencia, irónicamente.
Pero aquello no era libertad. Era un concurso de meadas con zapatos de diseñador: herederos de la mafia, traficantes de armas, fanáticos de las criptomonedas y un búlgaro que no paraba de preguntarme lo fácil que sería meter algo de contrabando en el casco. No dijo qué. No hacía falta.
Alguien trajo a Krystal. Yo no.
Alguien lo trajo a él. Desde luego que yo no.
Rochefort. Francés. Demasiada colonia. Demasiado dinero. Demasiadas historias susurradas en trastiendas sobre chicas que lloraban cuando les quitaban las cuerdas.
No estaba invitado. Pero siempre encontraba la manera de colarse.
Y yo necesitaba un maldito respiro.
Así que me escabullí de la cubierta principal, esquivando humo de puro y sonrisas forzadas.
Bajé un nivel, luego otro. Pasé el bar de champán y me mezclé con la multitud cerca de la barandilla exterior, donde las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, esperando que mis fuegos artificiales las deslumbraran.
Entonces la vi.
Rubia. Oro pálido como luna llena. Un vestido de verano que se le pegaba al cuerpo como si se hubiera enamorado de sus curvas. No dejaba de mirar por encima del hombro: nerviosa, inquieta, como si alguien la persiguiera. No pertenecía a aquel lugar. No a aquel mundo. No a aquella gente.
Y entonces...
Se giró demasiado rápido.
Se estampó de lleno contra mi pecho.
La sujeté por la cintura. Piel cálida. Ojos como platos. Labios rojos entreabiertos, a punto de decir algo, pero no le dio tiempo.
Porque levanté la vista...
...y vi quién la seguía.
Rochefort. Cómo no. Mirándola con lascivia, como si fuera su próxima presa.
La agarré con más fuerza. Ella no se inmutó.
—Estás conmigo —le dije.
No pregunté.
Ella no protestó.
Entrelacé nuestros dedos —los míos fríos, los suyos cálidos— y la conduje directo hacia las sombras. Más allá de las preguntas. Más allá de los nombres. Más allá de la lógica. La guié hasta el vientre de la bestia, solo que yo llevaba mi piel de lobo mejor que la mayoría.
Armani negro. Un corte tan afilado que podía partir la verdad por la mitad.
Ella no sabía lo que yo era. Todavía no.
Pero aquella noche...
Bailó con el diablo y le dio las gracias por la canción.
—Mis amigas —dijo con la respiración entrecortada—. Me estarán buscando.
Arqueé una ceja.
—Pues mándales un mensaje.
Vaciló.
—Estás a salvo —dije—. No te haré daño... a menos que quieras.
Entonces sonreí.
—Era broma. Más o menos.
Aquello le arrancó una risa: nerviosa, dulce, sincera. Sus labios se curvaron y por un segundo olvidé por qué demonios estaba tan cansado. Por qué había querido tirar por la borda a la mitad de los que estaban en mi yate.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Sin nombres esta noche.
Respuesta peligrosa. Pero me gustó.
Nos deslizamos de vuelta entre la multitud como el humo. Le serví una copa de algo añejo y dorado de mi reserva privada: champán francés que costaba más que el alquiler de la mayoría. Lo probó como si fuera magia, con los ojos entornados, los párpados aleteando.
Hablamos. Reímos. Bailamos lento, pegados. Se movía como si no le importara quién estuviera mirando. O quizá ella también quería olvidar.
No la toqué como un caballero. No lo era.
Pero tampoco la toqué como si fuera barata.
No lo era.
Todo en ella era seda y fuego: su risa, el ladeo de su cabeza, la curva de su clavícula cuando se inclinaba para susurrarme algo que no oí, porque estaba demasiado ocupado imaginando a qué sabría su piel.
Cuando me di cuenta de que no quería que nadie más volviera a verla, ya era demasiado tarde.
Ya lo habían hecho.
Así que me levanté.
Di unos golpecitos en la copa.
Y les dije a todos que se largaran de mi puto yate.
Hubo murmullos. Confusión. Miradas asesinas de quienes no soportaban que les dijeran que no. Pero bastó una mirada mía para que la marea cambiara.
Minutos después, solo quedábamos nosotros dos.
Ella estaba junto a la barandilla, descalza, con los tacones en la mano, mirando el agua.
—Cambio de planes —dije, acercándome por detrás—. Fiesta privada.
Se giró con los ojos muy abiertos.
—¿Lo dices en serio?
Asentí, pulsé un interruptor y dejé que los motores cobraran vida con un ronroneo.
Navegamos hacia la bahía, solo nosotros dos, con la estela abriéndose limpia a nuestra espalda mientras el resto de la ciudad se desvanecía.
Los fuegos artificiales iluminaron el cielo a nuestras espaldas, pero ninguno de los dos los vio.
Estábamos demasiado ocupados entre las sombras.
Su boca en la mía. Mi mano en su cadera. Un beso de esos que te hacen olvidar hasta tu propio nombre.
No estaba borracha.
No era imprudente.
Simplemente... era.
Y la deseaba en todos los sentidos de la palabra.
Cómo sus dedos se enredaban en mi pelo.
Cómo jadeaba cuando la atraía contra mí como si ya fuera mía.
Cómo su perfume se me quedaba en la garganta como un secreto.
Quería saberlo todo: de dónde venía, de qué huía, qué la hacía sonreír así. Quería arrancarle cada respuesta de los labios a besos.
No parecía un error.
Parecía un puto milagro.
Siguió bebiendo.
No de manera torpe, solo suelta. Confianza líquida. El champán le teñía las mejillas de rosa y la hacía reír más alto, acercarse más. Su pierna rozó la mía bajo la mesa, y ninguno de los dos se apartó.
Si yo estaba hechizado, ella estaba bajo el mismo embrujo.
Cada mirada se alargaba.
Cada roce, una chispa.
Al final llegamos al jacuzzi. Nadie más. Solo nosotros. Se quitó el vestido como si nada, como si no supiera que jamás podría borrar esa imagen de mi cabeza.
Lencería negra. Piel mojada. Pelo dorado flotando en el vapor como seda sobre el agua.
Entré con ella.
Al principio se sentó frente a mí, con las rodillas recogidas, mordiéndose el labio como si intentara no hacer algo de lo que ambos nos arrepentiríamos.
Yo no lo intentaba.
Me acerqué.
Las manos en su pelo. Sus muslos rodeándome la cintura. Labios tan hundidos en los suyos que parecía estar aprendiendo un idioma nuevo.
No llegamos hasta el final.
Pero Dios, casi.
Y de alguna manera, eso lo hizo peor.
Lo hizo real.
Lo hizo peligroso.
Pasaron horas. Quizás minutos. Perdí la cuenta. Se quedó dormida acurrucada a mi lado con un albornoz seco, el pelo húmedo contra mi pecho. La llevé bajo cubierta, la arropé con las sábanas más suaves que tenía y la observé respirar como un loco convencido de haberla soñado.
Entonces...
Bang.
Un disparo.
Cerca.
Demasiado cerca.
Ya habíamos atracado. Mitad de la noche. Se suponía que no había nadie.
Desperté de golpe. Agarré la Glock del cajón. Se me heló la sangre.
Ella se removió cuando me levanté.
Me agaché junto a la cama.
—Quédate aquí. Cierra con llave. No hagas ruido.
Me miró aturdida.
—¿Qué pasa?
—Nada que deba preocuparte. Vuelvo enseguida. Solo... confía en mí.
—Confío en ti.
Tres palabras. Suaves. Apenas un susurro.
La besé una vez. Solo una vez. Y me fui.
Registré la cubierta. La sala de máquinas. El muelle. Solo sombras y ecos. Quien hubiera disparado no se había quedado. Quizás una advertencia. Quizás algo peor. Me daba igual.
Solo quería volver con ella.
Pero cuando volví...
Se había ido.
La puerta del camarote estaba abierta de par en par.
El albornoz en el suelo. También su copa de champán, a medio beber.
Ninguna nota. Ninguna señal de forcejeo. Ningún rastro.
Desaparecida.
Como si nunca hubiera existido.
Revisé cada cámara. Cada ángulo de seguridad. Nada. O alguien la ayudó a desaparecer... o sabía perfectamente cómo hacerlo sola.
Y quizás debería haberlo dejado correr. Culpar al alcohol y a la mala suerte.
Pero no pude.
Porque aún la saboreaba en mis labios.
Porque me había visto como nadie lo había hecho jamás.
Porque durante una noche, una puta noche, creí en algo más que poder, dinero y sangre.
Así que me hice una promesa.
La encontraría.
Costara lo que costara.
Aunque resultara que no huía del peligro...
Sino que lo traía consigo.