Mr. agosto (Solteros en la Playa nº 2) HUNTER
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HUNTER

Me estaba matando.

Charlie Carmichael en plan jefa debería llevar una advertencia.

Portapapeles apretado contra el pecho. Auricular puesto. El pelo recogido en alto, con algunos mechones sueltos pegados a la piel por el calor de Las Vegas. Las gafas de sol más oscuras que pudo encontrar le cubrían media cara, pero no ocultaban lo suficiente.

Al menos no a mí.

Yo sabía cuándo miraba.

Yo sabía cuándo fingía no hacerlo.

Cada vez que ajustaba una luz, indicaba a un asistente de producción que se moviera dos pasos a la izquierda, o le decía a otra modelo que «inclinara más las caderas», algo primitivo en mí despertaba y prestaba atención.

La Charlie mandona era letal.

La Charlie concentrada era peor.

¿Y Charlie fingiendo que no le afectaba tenerme a tres metros, medio desnudo y chorreando bajo los focos?

Eso bastaba para matarme.

—Hunter —llamó el fotógrafo—. Barbilla abajo. Ojos arriba. Dame más fuego.

Miré directamente a Charlie.

Se le tensó la boca.

Ahí estaba.

Esa pequeña grieta en la armadura.

Las gafas de sol eran un buen intento, Pecas, pero te seguía viendo.

El obturador crepitó como una ametralladora.

—Perfecto —gritó el fotógrafo—. Mantén eso.

Lo mantuve.

No por él.

Por ella.

Charlie cambió el peso de un pie al otro, apretando el portapapeles contra las costillas. Le dijo algo a Sophie sin apartar la vista del monitor, pero con un tono demasiado seco.

Esa era su señal.

Cuanto más seca se ponía Charlie, más cerca estaba de perder el control.

Llevaba años aprendiendo las señales de esa mujer. Seguramente pensaba que solo conocía las obvias. Las mejillas sonrojadas. Los labios apretados. Cómo buscaba pelea cuando quería huir.

Pero también conocía las pequeñas.

Cómo sus dedos tamborileaban en el borde del portapapeles cuando estaba nerviosa.

Cómo alzaba la barbilla cuando intentaba parecer indiferente.

Cómo usaba las gafas de sol como armadura.

Me deseaba.

Todavía.

Siempre.

Podía enterrarlo bajo profesionalismo, trabajo benéfico y toda esa disciplina de chica aplicada, pero ahí seguía. Ardiente, brillante y terco como una mula.

El fotógrafo bajó la cámara. —Vale, vamos de nuevo. Hunter, sécate un momento.

Genial.

Otra vez.

Me giré hacia la mesa de producción y agarré la toalla que alguien me lanzó, enrollándomela bien baja en las caderas antes de que las pruebas del delito quedaran a la vista de todos.

Demasiado tarde.

January lo notó primero.

Luego March.

Luego el de iluminación.

Para cuando Sophie levantó la vista, media azotea intentaba no reírse.

Charlie giró la cabeza bruscamente hacia mí.

Incluso detrás de esas gafas de sol, sabía exactamente adónde estaba mirando.

Sonreí.

—¿Qué? —dije, abriendo los brazos—. Estamos en Las Vegas. Alguien me habrá echado pastillas azules en la copa. ¿Qué quieres que le haga?

El equipo estalló en carcajadas.

El fotógrafo se rio tan fuerte que tuvo que bajar la cámara.

Charlie no se rio.

Hizo ese gesto suyo de apretar los labios en una línea fina mientras se le sonrojaban las mejillas.

Valió la pena.

Sophie le murmuró algo.

Charlie le respondió en el mismo tono.

No pude oírlo con el equipo todavía riéndose por lo bajo, pero no me hacía falta.

Probablemente algo como: «controla a tu modelo».

Buena suerte, Pecas.

Llevaba quince años controlándome.

Apenas.

—Cinco minutos —anunció el fotógrafo.

Mantuve la toalla en su sitio y fui hacia la mesa de bebidas, porque un hombre tiene que conservar algo de dignidad. O al menos fingirlo.

Lo que la gente nunca entendía era que la sonrisa me salía fácil porque la había practicado. Las bromas. La personalidad arrolladora. El encanto de tío enrollado. El numerito de Don Popular. Esa energía de macho alfa que a la gente le encantaba comentar como si hubiera nacido con ella.

Era armadura.

Armadura útil.

Si la gente se reía, no miraba demasiado de cerca.

Si yo hacía la broma primero, nadie preguntaba por qué odiaba volver a una casa vacía.

Si interpretaba el papel, nadie notaba qué parte de mí había estado siempre ligada a dos personas que técnicamente no eran mías.

Chase.

Charlie.

Habían sido mi familia antes de que entendiera que la familia no siempre comparte apellido.

Todavía recordaba el día en que lo decidí.

Éramos críos en la piscina municipal, y unos chicos mayores habían acorralado a Chase cerca del trampolín. Charlie era más pequeña entonces, puro codo y pecas, plantada allí con los puños apretados como si estuviera lista para enfrentarse a tíos del doble de su tamaño.

Intervine porque Chase parecía cabreado y en clara desventaja, y Charlie parecía capaz de morder a alguien.

Al final de la tarde, Chase y yo éramos los mejores amigos.

Al final del verano, pasaba más tiempo en su casa que en la mía.

Para cuando entendí lo que era la soledad, los Carmichael ya se habían convertido en el lugar al que acudía cuando quería olvidarla.

Chase era mi hermano en todo lo que importaba.

¿Y Charlie?

Charlie era la luz que llevaba tanto tiempo brillando en el fondo de mi vida que ya no sabía explicarme sin ella.

¿Cómo demonios podía creer que yo pudiera pertenecer a otra?

¿Cómo podía mirarme y ver a todas las mujeres, los rumores, la reputación, sin ver la verdad que había detrás?

Nunca había habido nadie más que ella.

No de verdad.

No de la forma que importaba.

Charlie pasó a mi lado con su portapapeles, oliendo a protector solar, a calor, y a algo suave por debajo que me tensó la mandíbula.

—¿Algún problema, Kincaid? —preguntó sin detenerse.

Miré la toalla.

Luego a ella.

—Tú dime.

Su paso titubeó durante medio segundo.

Medio segundo bastaba.

Luego siguió caminando.

—Reiniciamos en tres.

Mandona y cobarde.

Sonreí.

Dios, la amaba.

El pensamiento me golpeó limpio y certero, sin aviso, sin drama.

No era deseo.

No era necesidad.

Era amor.

Pero ya lo sabía.

Lo sabía desde hacía años, incluso cuando lo llamaba de otra forma, porque desear a la hermana de mi mejor amigo era un problema, pero amarla era un desastre en toda regla.

Solo que ahora tenía treinta años.

Una mujer hecha y derecha.

Y Chase iba a tener que aguantarse.

Era hora de oficializar lo de la familia.

Legalmente.

Mi mirada se desvió hacia la torre del hotel, donde en la caja fuerte de mi suite había un estuche de anillo escondido detrás del pasaporte.

Lo había comprado antes de subirme al avión.

No era un diamante clásico. Ni una de esas piezas frías de platino que podría haber llevado cualquiera.

Charlie no era cualquiera.

La piedra central era azul, profunda y brillante, casi turquesa bajo cierta luz, pero más viva.

Un diamante azul engastado en oro porque el platino era demasiado frío para ella.

El oro le iba bien a Charlie. Me recordaba al verano en su piel, a cómo se volvía cálida y dorada después de un día junto al agua, a las pecas que se le oscurecían en la nariz por mucho protector solar que se pusiera.

Las alianzas también eran de oro.

La suya, delicada pero no frágil.

La mía, sencilla.

Permanente.

También tenía el vestido.

Esa parte había sido fácil. Las tallas de vestuario me habían llegado por producción, y conocía sus gustos mejor de lo que ella jamás admitiría. Líneas limpias. Nada demasiado recargado. Blanco, pero sin aires de princesa. Algo que la haría sentirse guapa antes de que le diera tiempo a desconfiar.

Zapatos.

Flores.

Sus favoritas.

Lo tenía todo.

Y sí, puede que eso me convirtiera en un loco.

Pues vale.

Llevaba quince años siendo sensato. Y no me había servido de nada.

El plan había empezado como una broma en mi cabeza.

Sesión de fotos de boda en Las Vegas. Promoción del calendario. Un pequeño favor. Una excusa más para meter a Charlie en un vestido blanco y hacer que me mirara bajo los focos como si ya estuviéramos a medio camino del para siempre.

Luego la broma se convirtió en una idea.

La idea se convirtió en llamadas.

Un colega de California, ordenado porque una vez pensó que le ayudaría a ligar en bodas de destino. Una amiga actriz para hacer de productora del calendario en pleno ataque de pánico. Un escenario preparado. Una emergencia falsa de última hora.

La pareja canceló.

Intoxicación alimentaria.

Necesitamos sustitutos.

Venga, Pecas. ¿Cuál es el problema?

Solo es hacer como que.

¿A qué le tienes tanto miedo?

Esa frase la pillaría.

Odiaba saberlo.

Odiaba aún más estar dispuesto a usarlo.

Charlie tenía un talón de Aquiles, y todos los que la querían lo sabían, aunque fueran lo bastante amables como para no hurgar en él.

Siempre dama de honor.

Nunca la novia.

Doce vestidos de dama de honor en su armario, según Ryan. Doce. Chase lo había mencionado en la casa de la playa como si nada, como si no me estuviera poniendo una cerilla en la mano en medio de una habitación llena de gasolina.

Charlie se reía de ello. Claro que sí.

Pero yo la había visto en las bodas.

Había visto cómo le cambiaba la cara durante los votos cuando creía que nadie la miraba.

La había visto aplaudir con demasiadas ganas, sonreír de oreja a oreja, bailar con padrinos que no le interesaban solo para demostrar que estaba bien.

Así que sí.

Puede que lo dijera.

Puede que me acercara, mirara esa boca testaruda y le dijera: «Puede que sea tu única oportunidad de ponerte un vestido blanco».

Una jugada rastrera.

Lo sabía.

Pero Charlie no respondía a las sutilezas.

Con sutileza, salía corriendo.

Ya había probado a dejarla escapar.

Nunca más.

Aun así, había límites.

Tenía que haberlos.

Podía cargar los dados. Podía preparar el escenario. Podía presionar. Podía provocarla. Podía obligarla a enfrentarse a lo que había entre nosotros.

Pero si estaba demasiado borracha como para saber lo que hacía, no lo formalizaría.

De verdad que no.

Me lo repetí mientras Charlie se giraba hacia mí, con las gafas de sol ocultándole los ojos y la boca ocultando todo lo demás.

Me lo repetí mientras el fotógrafo me llamaba de vuelta a la arena falsa.

Me lo repetí mientras dejaba caer la toalla y el equipo empezaba a reírse de nuevo.

—¿En serio? —gritó March—. ¿Otra vez?

Señalé a Charlie.

—Hablad con la dirección.

A Charlie se le desencajó la mandíbula.

El equipo estalló en carcajadas.