Mr. agosto (Solteros en la Playa nº 2) CHARLIE #3
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CHARLIE #3

Colgué antes de que pudiera decir nada más.

Durante varios segundos, me quedé allí con el teléfono todavía pegado a la oreja, escuchando la nada.

Sophie esperó exactamente tres segundos más de lo que yo esperaba.

Luego susurró:

—Bueno.

Me giré lentamente.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Has dicho «bueno».

—Bueno era neutral.

—Bueno estaba cargado.

—Era un bueno muy cargado —admitió.

Me dejé caer en mi silla y puse el teléfono boca abajo sobre el escritorio, como si Hunter pudiera salir de él en cualquier momento.

—Va a hacer el calendario —dije.

—Lo deduje en algún punto entre «te necesito desnudo» y que toda tu cara se pusiera del color de una langosta hervida.

—Te odio.

—No, no me odias.

—Detesto profundamente tu capacidad de observación.

—Eso sí lo acepto.

Volví a hacer clic en la hoja de cálculo y cambié SR. AGOSTO de rojo a amarillo, luego escribí su nombre en la columna de asignación.

Hunter Kincaid.

Ahí estaba.

Letras negras. Celda blanca. Perfectamente inofensivo.

Mi estómago no estaba de acuerdo.

Sophie se inclinó sobre mi hombro.

—Sabes que va a vender una cantidad ridícula de calendarios.

—Sí.

—Tanto como para arruinar todos los demás meses.

—Soy consciente.

—Las donantes van a perder la cabeza.

—Gracias por tu perspectiva profesional.

—Y tú vas a comportarte con normalidad al respecto.

—Siempre me comporto con normalidad.

Se rio tan fuerte que tuvo que echarse hacia atrás en la silla.

La ignoré y abrí mi correo electrónico.

Asunto: Calendario Guapos de la Costa, Detalles Sr. Agosto

No. Demasiado seco.

Asunto: Información sobre la sesión fotográfica del calendario benéfico

Mejor.

Profesional. Sereno. En absoluto escrito por una mujer cuyo pulso había empezado a hacer parkour porque un hombre recordaba su historial médico.

Adjunté el calendario, la exención de compensación, la cesión de derechos de imagen, los detalles del viaje, el panel de vestuario y un informe de impacto para donantes porque creía firmemente en enterrar el pánico personal bajo archivos PDF adjuntos.

Luego empecé el correo.

Hunter,

Demasiado informal.

Hola Hunter,

Demasiado de teleoperadora.

Sr. Kincaid,

Ridículo. Una vez había comido cereales directamente de la caja en nuestra cocina llevando solo un bañador y una quemadura de sol.

Lo borré todo.

Sophie observaba en silencio, lo que significaba que se lo estaba pasando bien.

Lo intenté de nuevo.

Hunter,

Bien.

Adjunto los detalles de producción para la sesión fotográfica del calendario de julio en Las Vegas.

Por favor, revisa y firma la cesión antes del viernes.

Los preparativos de viaje se coordinarán a través de mi oficina.

El plató será cerrado, y todos los materiales promocionales pasarán por aprobación final antes de su publicación.

Bien. Excelente. Lo suficientemente aburrido como para pasar por un formulario de Hacienda.

Luego, porque era una profesional y no una mujer perdiendo los papeles por un hombre con unos hombros de escándalo, añadí:

Gracias por aceptar apoyar a la clínica. Es importante.

Me quedé mirando las dos últimas palabras.

Es importante.

Demasiado.

Demasiado sincera.

Debería borrarlas.

No lo hice.

Pulsé enviar antes de poder convencerme de ser más fría de lo que sentía.

El correo desapareció.

Mi teléfono vibró casi de inmediato.

Lo miré fijamente.

Sophie lo miró fijamente.

—No —dije.

—No he dicho nada.

El teléfono volvió a vibrar.

Le di la vuelta.

Hunter.

Por supuesto.

HUNTER: Ya me envías papeleo. El romance está vivo.

No debería sonreír.

No sonreí.

Mi boca simplemente tuvo un fallo técnico.

YO: Firma la cesión.

HUNTER: Mandona.

YO: Precisa.

HUNTER: Te olvidaste de incluir las tallas de vestuario.

Fruncí el ceño y revisé la lista de archivos adjuntos. Tenía razón.

Maldito sea.

YO: Envíalas.

Aparecieron tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Tuve la repentina y horrible sensación de haber caído en una trampa con los pies descalzos.

HUNTER: ¿Me estás pidiendo mis medidas, Pecas?

Sophie hizo un sonido ahogado.

Volví a poner el teléfono boca abajo.

—¿Algún problema? —preguntó con dulzura.

—No.

—¿Estamos seguras?

—Sí.

—Porque parece que acabas de leer algo pecaminoso.

—Preguntó sobre el vestuario.

—Ajá.

—Profesionalmente.

—¿Aparecía la palabra «profesionalmente» en el mensaje?

Cogí mi café helado y tomé un largo trago. Estaba aguado y amargo. Perfecto. Me lo merecía.

—Voy a crear una carpeta compartida —dije.

—Por supuesto.

—Y actualizar el panel de donantes.

—Muy estable.

—Y luego voy a llamar al hotel por la reserva de habitaciones.

—Increíblemente normal.

La miré. —Estás despedida.

—¿Puedo terminar mi barrita de proteínas primero?

Antes de que pudiera responder, mi teléfono volvió a vibrar.

Debería haberlo ignorado.

Tenía límites. Tenía disciplina. Tenía cita con el dentista programada con seis meses de antelación porque los adultos responsables no dejaban que el caos gobernara sus vidas.

Miré de todos modos.

HUNTER: Para que conste, estoy orgulloso de ti. La clínica eligió a la mujer adecuada.

Mi pecho se quedó quieto.

No mi respiración. No mi corazón.

Algo por debajo de ambos.

La clínica eligió a la mujer adecuada.

No tenía ni idea.

No podía.

Él no sabía cuántas noches me había quedado despierta preparando dossieres de patrocinio después de terminar con los clientes.

No sabía a cuántos negocios locales había suplicado, sobornado, adulado y hecho sentir culpables para que donaran.

No sabía que me había quedado en el coche después de la primera reunión de planificación y había llorado porque Maribel me había dicho que querían ampliar las pruebas de tiroides para chicas adolescentes.

No sabía que parte de mí todavía se sentía como aquella chica en la silla de la clínica.

La de las manos temblorosas.

La que pensaba que tener miedo significaba ser débil.

La que miraba a un chico al que no tenía derecho a desear y se sentía segura por primera vez en meses.

Escribí tres respuestas diferentes.

Las borré todas.

Finalmente, escribí:

YO: Firma la autorización, Kincaid.

Su respuesta llegó rápido.

HUNTER: Sí, señora.

Dejé el teléfono y volví a mirar la hoja de cálculo.

Doce huecos.

Doce hombres.

Nada en rojo.

Todo arreglado.

Técnicamente.

Sophie se levantó y recogió su portátil.

—Voy a ver qué hacen los becarios antes de que vuelvan a meter doce bolsas de crocante de bourbon en una sola bolsa de bienvenida.

—Buen plan.

Se detuvo en la puerta.

—¿Charlie?

—¿Qué?

—Por si te sirve de algo, llamarlo fue la decisión correcta.

—Para el calendario.

—Claro —dijo ella.

Entrecerré los ojos.

Sonrió y desapareció por la puerta de cristal.

Me quedé sola en mi oficina, rodeada de horarios, contratos, cronogramas de producción con códigos de colores y suficiente cafeína como para que contara legalmente como rasgo de personalidad.

Afuera, Charleston resplandecía húmeda y dorada. Una ciudad hecha para errores de verano.

Hice clic en el nombre de Hunter en la hoja de cálculo una vez más.

Agosto.

Por supuesto que sería agosto.

El mes más caluroso. El mes imprudente. El de las tormentas que llegaban sin avisar, abrían el cielo en dos y dejaban todo humeante después.

El mes en el que, entre sus brazos, pasé de niña a mujer.

El mes agridulce de los finales, las despedidas...

en el que el otoño llega y roba la promesa del verano.

Debería haber elegido literalmente a cualquier otro.

Un dentista. Un cartero. Un hombre con pantorrillas flacas y sin ningún significado emocional.

En cambio, había invitado a Hunter Kincaid a Las Vegas.

Por caridad.

Por un calendario.

Por un día de sesión fotográfica.

Fotógrafo profesional. Producción profesional. Nada más.

Ese era el plan.

Y a mí se me daban de maravilla los planes.

Había construido toda una vida a base de ellos.

Dirigía mi propia empresa. Tenía un loft increíble con ladrillo visto y una ducha tan grande que podía cantar en ella.

Pagaba mis facturas a tiempo. No suspiraba por nadie.

No me desmoronaba. No dejaba que hombres con ojos marrones y apodos de antaño me convirtieran de nuevo en una chica que contaba pecas para sobrevivir a una extracción de sangre.

Habían pasado quince años.

Ya no tenía quince.

No era frágil.

Y sin ninguna duda, podía manejar un día en Las Vegas con el mejor amigo de mi hermano sin camiseta.

Mi teléfono vibró de nuevo.

Bajé la mirada.

HUNTER: Una cosa más.

En contra de todos mis instintos, respondí.

YO: ¿Qué?

HUNTER: ¿Se lo dices a tu hermano o se lo digo yo?

Me quedé mirando el mensaje.

Luego me quedé mirando la hoja de cálculo.

Después apoyé la cabeza en el escritorio.

Contrólate, Carmichael.

YO: No hay nada que decir

HUNTER: Sigue mintiéndote a ti misma, Pecas.