CHARLIE
Las noches empezaban a ser más frías.
Lo sentí en cuanto salí de la casa de la playa con la sudadera gris que le había robado a Hunter y mis shorts más diminutos.
La brisa del océano tenía dientes ahora, un recordatorio pequeño y afilado de que agosto estaba a punto de terminar y todo lo que habíamos construido en la oscuridad iba a desaparecer con la marea.
Nuestro lugar tenía el mismo aspecto de siempre: la hierba marina que ondeaba como si susurrara secretos, la luna llena y plateada suspendida sobre las olas, estrellas esparcidas por el cielo como si alguien hubiera volcado un frasco entero de diamantes.
Hunter ya estaba allí, con la guitarra en el regazo, rasgueando los mismos cuatro acordes que siempre tocaba cuando le daba demasiadas vueltas a algo.
Levantó la vista cuando me oyó llegar, y esa sonrisa suya, lenta y torcida, me dio de lleno en el pecho.
Joder, estaba tan enamorada de él.
Me había dado cuenta hacía tres noches, cuando apareció en la farmacia con mis medicamentos para la tiroides y los formularios de los nuevos análisis de sangre ya rellenados con su pulcra letra de imprenta.
Mis padres habían estado demasiado ocupados gritándose como para notar siquiera que había tenido una cita de seguimiento.
Hunter se había encargado de todo: llamó a la clínica, recogió las recetas, se aseguró de que estuviera tomando la dosis correcta, y nunca me hizo sentir como la chica flaca y rota que no conseguía engordar ni medio kilo.
Había sido mi guardián secreto durante toda la pesadilla médica, y en algún punto entre las extracciones de sangre, las dunas y la forma en que me besaba como si yo fuera lo único que importaba, me había enamorado perdida y estúpidamente.
Pero el amor era un lujo que no podía permitirme.
Él volvía a su elegante internado en dos días.
Luego la universidad. Luego un futuro que no me incluía: una chica de instituto que todavía vivía con unos padres que no paraban de pelearse y un hermano gemelo que literalmente lo mataría si se enteraba.
Cumpliría dieciséis en una semana. Todavía estaba descubriendo quién era sin el miedo al cáncer pendiendo sobre mí.
No podía ser la chica que esperaba las vacaciones de verano y las llamadas telefónicas y las migajas que Hunter Kincaid decidiera tirarle.
Mejor un pequeño desamor ahora que uno grande y devastador después.
Aun así, caminé directamente hacia sus brazos.
Dejó la guitarra a un lado y me atrajo hacia la arena, con mi espalda contra su pecho, su barbilla apoyada en mi hombro.
Las olas rompían a un ritmo constante, la espuma fría subía por la playa y se retiraba de nuevo. El tiempo se escapaba con cada una.
—Pecas —murmuró contra mi pelo, apretándome con más fuerza como si él también lo sintiera—. Estás muy callada esta noche.
Tragué saliva.
—El médico ha llamado hoy. No es cáncer. Solo hipertiroidismo. Los medicamentos ya están haciendo efecto. Yo... estaré bien.
Soltó el aire como si llevara semanas conteniéndolo.
—Gracias a Dios.
Asentí, pero las palabras siguieron saliendo, suaves y definitivas.
—Te has encargado de todo. Las recetas, los informes, mentir a la clínica para que hablaran contigo en lugar de con mis padres inútiles. No sé qué habría hecho sin ti, Hunter.
—Nunca tienes que preguntarte eso —dijo, y me besó en el cuello—. Estoy aquí. Siempre.
Se me partió el corazón en dos.
Me giré en su regazo, le tomé el rostro entre las manos y lo besé como si fuera la última vez, porque lo era. Cuando me aparté, mantuve la frente apoyada en la suya, con los ojos cerrados para no tener que ver las estrellas reflejadas en los suyos.
—Esto solo ha sido el verano —susurré—. Lo sabes, ¿verdad?
Sus manos se quedaron quietas en mi cintura.
—Pecas...
—No —le puse dos dedos en los labios, como había hecho cien veces, solo que esta vez me temblaban—.
Vas a volver al colegio. Yo me quedo aquí.
Tendrás chicas de internado y fiestas y toda una vida en la que no encajo.
No voy a ser la chica a la que te sientes obligado a llamar cuando te aburras.
No voy a quedarme esperando y preguntándome si piensas en mí como yo voy a pensar en ti cada puto día.
Me levanté antes de poder cambiar de opinión y me sacudí la arena de las piernas con unas manos que no dejaban de temblar.
—Ha sido divertido. Pero se acabó.
Me alejé sin mirar atrás.
En cuanto estuve fuera de su vista, me dejé caer detrás de la siguiente duna y lloré hasta que me ardió la garganta y se me hincharon los ojos.
Lloré por la chica que por fin se había sentido vista.
Lloré por el chico que me había cogido de la mano durante las extracciones de sangre, el miedo y el primer amor.
Lloré porque acababa de romper los dos corazones a propósito para que los pedazos fueran más pequeños, más fáciles de esconder.
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en meses. Los meses en años.
Por Chase me enteraba de cada detalle. Hunter tenía una nueva novia en el internado: la hermana de un jugador de lacrosse.
Luego otra en la universidad. Altas. Guapísimas.
La clase de chicas que parecían hechas para ir del brazo de un futuro heredero Kincaid.
Yo sonreía con tensión cada vez que Chase las mencionaba, fingiendo que no sentía como si alguien me estuviera arrancando el corazón a cucharadas.
Cada Navidad, la gala del club de campo era una tortura.
Nuestras familias seguían yendo.
Los padres de Hunter insistían.
Los míos insistían.
Y cada año Hunter aparecía con una debutante diferente del brazo: arregladas, risueñas, perfectas. Un año fue una heredera petrolera de Texas con una melena enorme y diamantes aún más enormes. Se colgaba de él como si ya estuviera oyendo campanas de boda.
Un año decidí que ya estaba harta de mirar.
Ese año llevé a Louis, mi mejor amigo de la escuela de arte, gay hasta la médula y dramático a más no poder.
Aceptó hacer de novio devoto durante un fin de semana porque le encantaba el caos y me quería.
Entramos en la gala como si fuéramos los dueños del lugar.
Louis con la mano en la parte baja de mi cintura, los labios rozándome la oreja mientras me susurraba chistes verdes que me hacían reír demasiado alto.
Bailamos lento y pegados, sus dedos trazando círculos en mi espalda desnuda, mi cabeza apoyada en su hombro.
Los ojos de Hunter nos siguieron toda la noche. Entrecerrados. Oscuros. Asesinos.
Su acompañante no paraba de intentar arrastrarlo a la pista de baile. Él apenas se daba cuenta de que existía.
Durante una pausa en la música, Louis volvió a inclinarse hacia mí y me mordisqueó el lóbulo de la oreja para rematar la faena.
—Oye, Char, tengo que ser sincero: ese tío me la va a liar. Parece que quiere matarme.
Me reí, lo bastante alto para que Hunter me oyera.
—¿Asesinato? Oh, Hunter. Relájate. Está con una modelo, creo.
¿Es de Nueva York? Ya no sé ni cómo conoce a tantas chicas.
Debe existir un 1-800-Busco-Futura-Señora.
La cuenta bancaria tiene que tener muchas cifras para poder aspirar a entrar en mi familia o algo así.
Nos partimos de risa juntos. La mandíbula de Hunter se tensó tanto que pensé que iba a romperse.
Más tarde, cuando todos abrían los ridículos regalos del Amigo Invisible bajo el enorme árbol, Hunter me entregó una pequeña caja de terciopelo. Dentro había un delicado guardapelo de oro con forma de concha marina. Al abrirlo, el grabado del interior decía simplemente: 2010.
Me puse roja como un tomate.
Se encogió de hombros y bajó la voz para que solo yo lo oyera. —Sé cuánto te encanta la playa. Solo quería que siempre lo recordaras.
Forcé una sonrisa que me supo a cristales rotos. —Gracias, Hunter. Me encanta.
Seguí el juego a la perfección el resto de la noche.
Pero por dentro me estaba matando.
Salí más tarde a tomar el aire; el frío viento de diciembre me azotaba el pelo. La terraza trasera del club de campo estaba vacía, salvo por una sombra alta apoyada en la barandilla.
Hunter.
Se giró al oír mis tacones. —¿Cómo de serio es lo tuyo con ese tipo?
Levanté la barbilla. —¿Louis? ¿Y cómo de serio es lo tuyo con... cómo se llama?
Soltó una risa breve y se acercó. —Ni puta idea. Se me olvidó en cuanto te vi con ese vestido, Pecas.
Se acercó más. Levanté las manos y las apoyé con las palmas abiertas contra su pecho.
—Hunter, no soy otra de tus conquistas. ¿Necesitas pastillas para controlar la libido o qué?
Se rio —grave, áspero, familiar— y de repente mi espalda estaba contra la barandilla, su cuerpo acorralándome. Su nariz recorrió mi cuello de arriba abajo, aspirando mi olor como si estuviera hambriento.
—Pecas —susurró contra mi piel—, me vuelves jodidamente loco.
Mis manos me traicionaron. Subieron por sus brazos, se aferraron a sus hombros, a sus bíceps, agarrándome a él como si fuera a ahogarme si lo soltaba.
Su boca encontró la mía y nos besamos como si los últimos tres años no hubieran existido, como si estuviéramos de vuelta en las dunas con arena en el pelo y la eternidad por delante.
Besos profundos, desesperados, furiosos, que sabían a champán y arrepentimiento.
Se apartó primero, con esa sonrisita arrogante en los labios. —Lo sabía. Todavía me deseas.
La bofetada le cruzó la cara antes de que pudiera contenerme.
Retrocedí, con el pecho agitado y los ojos ardiendo. —No te atrevas.
Se tocó la mandíbula, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y algo más oscuro, algo que se parecía mucho al mismo dolor que yo arrastraba.
Me di la vuelta y me alejé antes de hacer algo peor. Antes de suplicarle que me eligiera a mí. Antes de admitir en voz alta que seguía perdida, estúpidamente enamorada del mejor amigo de mi hermano.
Porque ¿cómo se suponía que iba a verlo casarse algún día? ¿Tener hijos con alguna mujer perfecta? ¿Fingir que aquel verano nunca había existido? ¿Fingir que aquel beso en la terraza nunca había ocurrido?
¿Fingir que no seguía siendo suya, completa y absolutamente suya?