HUNTER
El resto de julio y todo agosto se fundieron en un largo sueño febril y secreto.
Cada noche, después de que Chase cayera rendido o se escabullera a su propia manta en la playa, Pecas y yo nos encontrábamos donde las dunas se fundían con los juncos.
Ella salía a hurtadillas con unos pantalones cortos diminutos y una de mis sudaderas viejas que me había robado la primera noche que la besé.
Yo la esperaba con la guitarra al hombro como excusa, pero nunca tocábamos más de tres acordes antes de que la guitarra acabara en la arena y mis manos estuvieran encima de ella.
En cuanto dejó de ser tímida, se volvió insaciable. La primera vez que deslicé los dedos bajo la braguita de su bikini, se corrió tan rápido que me mordió el hombro para no gritar. Me reí con la boca pegada a su cuello y le dije que teníamos todo el verano.
No crucé la línea roja. Tenía quince años, no era tan imbécil. Así que le enseñé todo lo demás: a restregarse contra mi muslo hasta temblar, a usar las manos conmigo hasta hacerme ver las estrellas, a susurrarme guarradas que me hacían perder la cabeza. Aprendió rápido.
Una noche se sentó a horcajadas sobre mí en la parte de atrás de mi Range Rover, aparcado detrás del viejo muelle, con las ventanillas empañadas y la radio bajita.
—Te deseo —susurró, meciéndose contra mí—. Entero.
Le agarré las caderas para que se estuviera quieta.
—Todavía no, Pecas. Así no. No en un coche.
Un destello de dolor le cruzó la mirada.
—¿Porque estoy demasiado flaca? ¿Porque soy demasiado joven?
—Porque no pienso dejar que tu primera vez sea algo de lo que te arrepientas cuando Chase se entere y me mate —la besé con fuerza, lo bastante para hacerla callar—. Cuando pase, será en un sitio donde te sientas segura. Donde puedas gritar mi nombre sin preocuparte de que nadie te oiga.
Se corrió de todos modos, restregándose contra mí hasta dejarnos a los dos pegajosos y destrozados. Después se acurrucó contra mi pecho y susurró:
—Esto es solo cosa del verano, ¿verdad? Sin ataduras.
No contesté. Solo la estreché más fuerte.
La última noche del verano ella estaba diferente. Callada. Estábamos en nuestro sitio, con su espalda contra mi pecho y mis brazos rodeándole la cintura, mirando la luna reflejada en el agua.
—Chase se va mañana al campamento de lacrosse —dijo—. Mis padres están peleándose otra vez. Mamá me lleva a comprar cosas para el cole. Papá se queda aquí.
Le di un beso en el pelo.
—Ven a mi casa esta noche. Quédate en mi cuarto. A Graciella le dará igual.
Se tensó.
—Hunter... esto ha sido divertido. Pero se acabó.
Solté una carcajada, pensando que bromeaba. No era así.
Se giró entre mis brazos. Tenía los ojos vidriosos.
—Eres el mejor amigo de Chase. Esto ha sido un rollo de verano. No soy idiota. Tú volverás con tus pijas de colegio privado y yo volveré a ser la gemela plana en la que nadie se fija. No lo hagamos raro.
—Pecas...
—No —me puso dos dedos en los labios—. No soy tu novia. Nunca lo he sido. No quiero ser la chica a la que compadeces cuando empiecen las clases.
La dejé marchar. Porque me lo estaba pidiendo. Porque mentalmente seguía teniendo diecisiete años y aún creía que del amor se podía huir si se complicaba demasiado.
Se levantó, se sacudió la arena de las piernas y se marchó sin mirar atrás.
Me quedé allí sentado hasta que salió el sol, con la guitarra en el regazo, tocando los mismos cuatro acordes una y otra vez hasta que me sangraron los dedos.