CHARLIE
La casa estaba silenciosa como una tumba. Mamá y papá se habían ido al club de campo. Chase tenía una cita con una de esas chicas que vienen de vacaciones a la playa, en el paseo marítimo.
Y yo… solo quería sentirme como una adolescente normal, una para quien las noches de verano en la playa estaban llenas de posibilidades, entre el olor a cucuruchos recién hechos, protector solar y primeros besos.
—¿Qué hace ella aquí?
—Su nombre le pega. Parece un chico.
Me encogí ante el ataque de risitas que siguió. Levanté la barbilla. Harper Hilton era una zorra. Tenía un par de tetas de copa C, piel impecable y acceso a la tarjeta negra de papi.
Agradecí que estuviera demasiado oscuro para que alguien viera mi cara roja. Era delgada. Más quemada que bronceada, con una molesta salpicadura de pecas en la cara, pero con el pelo rubio natural. A diferencia de Harper.
—Quizás sea de género neutro. ¿Quién sabe?
Se acabó. No iba a quedarme ahí sentada siendo el saco de boxeo de una zorra. Me levanté despacio y me sacudí la arena de las piernas.
—¿Qué te pasa, Harper? ¿Mi hermano Chase te rechazó otra vez? Las rubias de bote con ladillas no son su tipo.
Su jadeo resonó alrededor de la fogata. Luego se recuperó.
—Al menos los chicos intentan tocarme a mí.
El cuello me ardió con sus palabras. No me fui enseguida. Me negué a darle a ella y a su séquito esa satisfacción. Me quedé sentada sola en la arena, fingiendo que me importaba un carajo que mi vida pareciera estar implosionando.
—Hola, guapo. ¿Me tocas una canción?
Hunter estaba rasgueando la guitarra, sin tocar ninguna canción en concreto, solo una mezcla de acordes. Me destrozó que ni siquiera me hubiera defendido. «Patético, como todos los demás, porque defenderme podría arruinar sus posibilidades de meter mano bajo la faldita de Harper».
Quizás ya lo había hecho.
Hunter era más mujeriego que mi hermano. Le sonrió a Harper mientras empezaba a tocar en serio. Su voz potente entonó la letra.
—Harper y Hunter. Es perfecto.
Más risitas.
Asqueada, me sacudí la arena de las piernas, negándome a presenciar más aquella escena patética.
Caminé por la playa. Era tarde. Oscuro. Pero no tenía miedo.
Al fin y al cabo, ¿quién iba a tocarme? Una perdedora flacucha y pecosa con nombre de chico.
Me alejé del oleaje hacia una duna cubierta de hierba marina ondulante y me dejé caer.
Este verano era una mierda. No veía forma de que mejorase.
Sola, sin nadie que presenciara mi dolor, dejé salir las lágrimas.
Qué bien sentó gritar. Golpear la arena con los puños.
Veinte minutos después, empezaba a sentirme mejor hasta que apareció él.
—¿Pecas?
—Vete, Hunter.
No quería que me viera llorar.
—Para que conste, creo que tienes unas tetas increíbles.
Lo dijo con su típico acento sureño y ronco. A pesar de las lágrimas que me atascaban la garganta, se me escapó una risa. Su brazo musculoso me rodeó. Me abracé las rodillas mientras observábamos las olas.
—Mis padres han vuelto a pelearse. Mamá está borracha otra vez. Papá se largó después de la bronca que se armó cuando mamá juró que le olía a perfume de Kitty Chandler.
—¿Dónde está tu gemelo?
—Por ahí persiguiendo chicas, como cualquier otro adolescente en las noches de verano en la playa.
—Mis padres también son una mierda. Me dejaron solo con Graciella todo el verano para poder pasar el suyo en Kenia. Los leones, los tigres y las cebras les emocionan más que su único hijo.
Se dejó caer en la arena.
—Lo siento. A veces tener a los padres presentes es igual de dañino. Creo… creo que el matrimonio de mis padres se ha acabado esta vez. ¿Con quién voy a vivir? ¿Cómo elijo?
Sus ojos oscuros se volvieron hacia mí.
—Con el que esté sobrio. Tu padre puede que sea un infiel, pero está limpio, ¿no?
Asentí.
—Sí.
—Quédate con él y con Chase. Yo también estaré aquí para ti.
—¿De verdad? No dijiste nada, dejaste que Harper me destrozara.
—Shhh.
Me presionó los labios con el dedo.
—Nunca confíes en un adolescente, Pecas. Siempre tenemos segundas intenciones. Si ella no hubiera provocado estas lágrimas, ¿cómo iba a poder besarlas para quitártelas?
Ahogó mi jadeo de sorpresa con su boca. Sus labios cálidos mordisquearon los míos.
No era mi primer beso. Pero mi primer beso nunca se había sentido así.
Mi primer beso fue rápido, demasiado húmedo, y me dieron ganas de borrarlo de la memoria.
El beso de Hunter era experto. Quería apartarlo, sabiendo que era tan bueno por tanta práctica.
Mis manos encontraron su pelo espeso y oscuro y lo atraje hacia mí.
Soltó una risa grave mientras su lengua se deslizaba dentro.
La mía salió a su encuentro, vacilante al principio. Estaba ardiendo. Sus manos me recorrieron los brazos.
—¿Esto está bien?
Asentí.
—Bien. Apenas estoy entrando en calor, Pecas. Túmbate.
Me tumbé en la arena y dejé que se colocara sobre mí. No tenía miedo. Era cálido. Familiar. Hunter. Sus manos se colaron bajo mi camiseta. Bajó los labios a mi cuello con un gruñido cuando descubrió que no llevaba sujetador.
—Perfectas, Pecas. Me parecen perfectas. Definitivamente no eres un chico. Algún día serás toda una mujer. ¿Soy el primero que te toca así?
Asentí.
—Joder, eso me pone. ¿Puedo tocarte un poco más?
—Por favor. No pares, Hunter.
Me besó con fuerza.
—Voy a parar. Eres demasiado joven. Demasiado inocente para un capullo como yo —gimió—. Además, tu hermano me va a partir la cara.
Le sujeté la cara.
—No tiene por qué enterarse. Mi gemelo no necesita saberlo todo sobre mí.
—¿Puedo besarte aquí?
Sus dedos apenas me rozaron el pezón, provocando una explosión como nunca había sentido, que me recorrió chisporroteando hasta entre las piernas.
—No hay nada ahí que besar.
—No estoy de acuerdo.
Su cabeza se coló bajo mi camiseta. Mi espalda se arqueó cuando sus labios atraparon uno y después el otro.
—¿Qué me estás haciendo?
—¿Qué me estás haciendo tú a mí? —gimió—. Estoy a punto de correrme en los pantalones por ti, Pecas.
Ni siquiera sabía a qué se refería. Su cuerpo se estremeció sobre mí mientras me acariciaba.
—Ardo.
—Lo sé. No puedo ayudarte con eso.
Fue en ese momento cuando supe que Hunter Kincaid traía problemas.
Un playboy con una sonrisa fácil, un don para el canto capaz de robar el corazón de una chica con un dulce acorde lírico y llevarla a las estrellas con un beso.
Para luego dejarte ardiendo por alcanzar más alto, solo para descubrir que él nunca había despegado de la Tierra contigo.
Lo aparté de un empujón y me puse de pie.
—Idiota.
—No te enfades. Quiero tocarte... Quiero ser el primer hombre que te haga llegar con la mano.
—¿Qué te lo impide?
—Mi conciencia.
—¿Tienes una?
—Por lo visto, Pecas.
—Mañana a la misma hora —respondí mientras me alejaba.
—¿Qué? ¿Ni una película y un refresco primero? Me siento usado.
Lo miré por encima del hombro. Estaba recostado en la arena, apoyado en un codo.
—Nadie puede enterarse de esto. Y nada de besar a nadie más mientras me estés besando a mí.
—Mandona, Pecas. Me gusta.
—Tampoco eres mi novio.
—¿Qué es esto, entonces?
—Un lío de verano. ¿No has oído hablar de eso? —grité mientras corría hacia casa. Era casi la una de la madrugada. Mi gemelo suele asomarse a mi habitación antes de ducharse para quitarse de encima sus sucios ligues de verano. Necesitaba llegar antes que él.
Sonreí; ahora yo también tenía un lío de verano sucio y secreto, con su mejor amigo.