Capítulo 16 #2
En todo momento, en el centro de cada uno de sus pensamientos, estoy yo. Me veo a mí misma, reflejada a través de sus ojos y de su amor, y me quedo sin palabras al descubrir que la Lilit a la que él adora es sorprendentemente similar a la persona que yo sé que soy.
Roman no es ni mucho menos el primer mortal que se ha enamorado de mí.
Lo que lo diferencia de los demás es el hecho de que yo no haya podido evitar corresponderlo.
Sin embargo, antes de este instante, no habría sido capaz de decir por qué.
Con su mente al descubierto ante mí, me doy cuenta de que él me ve como soy.
Me conoce. Durante la última década, de alguna manera me ha estudiado, memorizado y comprendido.
Estoy en lo más profundo de la mente de Roman y, no obstante, soy yo quien se siente vulnerable y expuesta.
—¿Por eso no quieres que te convierta en un renacido? —Oigo el llanto en mi voz antes de darme cuenta de que hay rastros húmedos resbalándome por las mejillas —. ¿Porque crees que me cansaré de ti? ¿Esa es la razón?
Se le hace un nudo en la garganta, pero responde con serenidad:
—Yo no puedo leerte la mente, Lilit.
—No. Todavía no. —Me enderezo y me seco las mejillas con el dorso de las manos —.
Pero lo harás. Si quieres, lo harás. Por ahora, tendrás que confiar en mí y creerme cuando te digo que te quiero.
Cuando te digo que, en los últimos diez años, cada momento que hemos pasado separados ha sido tan devastador para mí como para ti.
Que intenté obligarme a dejarte en paz, por tu propio bien, y tú mismo eres testigo de que he fracasado estrepitosamente.
Que, aunque no puedo prometerte que estaré contigo para toda la eternidad, igual que tú no puedes prometerme que tus sentimientos no cambiarán dentro de cincuenta, doscientos o cinco mil años…
, tendrás que creerme cuando te digo que soy incapaz de imaginarme un futuro en el que no te quiera a mi lado.
Él se queda en silencio, pero puedo escuchar cada uno de sus pensamientos.
Te amo, dicen. Te quiero a mi lado. Haré todo lo que me pidas. Todo lo que necesites, y lo que no también. Soy tuyo, haz conmigo lo que quieras. Te…
—Roman. —Lo miro con una risa entrecortada —. Estás proyectando todo lo que piensas.
—¿Sí?
—Sí.
—Perfecto. Espero que lo oigas alto y claro.
Me atrae hacia él y nuestro beso es apasionado, salvaje, diferente, no solo porque todas las cartas están sobre la mesa, sino porque su sangre está en mí, fresca, intensa, y cada una de sus sensaciones me invaden como si fueran mías.
Roza lo irreal. Siempre me ha gustado darle placer, ver cómo se le sonroja hasta la frente, besarlo por todas partes solo para verlo echar la cabeza hacia atrás y mencionar a un tal «Dios» que lleva existiendo menos años que yo.
Esto, sin embargo, me abruma. Los escalofríos que le recorren la columna vertebral son pura electricidad.
Sé cuándo parar, cuándo continuar, y no lo suelto hasta que se aferra con los puños a los cojines y se retuerce sobre el sofá.
Con el pulgar en la comisura de sus labios, le abro la mandíbula y me inclino hacia delante para escupirle en la boca.
Quizá me haya pasado: noto que se le nubla la visión, que su placer alcanza la cima, y lucha desesperado por evitar el orgasmo.
Luego, cuando supera el peligro de correrse, traga saliva y sus pupilas se dilatan, brillantes como espejos.
Le arranco la ropa y lo meto dentro de mí, disfrutando de su tamaño y su ímpetu, sin darle tiempo a mi cuerpo para adaptarse antes de empezar a moverme. Me abre el albornoz y me contempla, hipnotizado y respirando con dificultad.
—Eres más fuerte que yo —dice entre jadeos entrecortados.
—Dijiste que no te molestaba.
—No me molesta.
Puedo sentir la verdad de sus palabras en su excitación. En el espasmo de su erección dentro de mí. Eso me hace feliz y me río, acelerando los movimientos mientras él sacude las caderas.
—Hace unos años, me dejaste un moratón.
—Tendré más cuidado si…
—Y es lo más sexy que me ha pasado nunca.
Me detengo, sorprendida.
—No podía dejar de mirarlo. Y de pensar en ti. Fue la primera vez que pude quedarme con algo tuyo después de que te marcharas. —Se endereza. Sus abdominales, ya sudorosos, se deslizan contra mi clítoris. Gimo, y su boca se contrae contra la mía, formando una leve sonrisa —. Quiero más.
Lo amo. Lo adoro.
—Define «más» —digo entre risas entrecortadas. Ahora es él quien marca el ritmo. Ha tomado el control y yo soy libre de…
—Muéstrame todo lo dura que puedes ser —me suplica.
Le dejo marcas por todas partes para que quede claro que es mío. Cuando siento que estoy a punto de correrme, miro hacia abajo, a la vena que le late en la base del cuello.
—¿Quieres que…? —le pregunto.
Sus ojos me analizan el rostro.
—Sí —responde. Lo que piensa, sin embargo, es: Por favor. Te lo ruego. Te quiero y quiero que me claves los dientes lo más profundo que puedas. Quiero que te bebas mi sangre y que la lleves dentro siempre. Me dan igual las cicatrices y el dolor.
Me corro con el sabor de su sangre en la boca y el orgasmo es tan intenso que, por un instante, me olvido hasta de cómo nos llamamos y tengo que volver a aprender a distinguirnos.