EPÍLOGO
EPÍLOGO
Diez años después
D icen que los médicos son los peores pacientes, pero nunca me ha parecido que sea del todo cierto. Más bien al contrario: me asombra la resiliencia de Roman al enfrentarse a las dificultades de la transición a la vida de renacido.
Cruzar es difícil y físicamente agotador, y, aunque se lo advertí, me esperaba que la magnitud del cambio le provocara ira, resentimiento y muchas quejas.
De hecho, predije en voz alta —Viktor puede confirmarlo — que Roman detestaría sentirse limitado y que elegiría ignorar los límites de su nuevo cuerpo a cada rato, lo cual me volvería loca; hasta que llegara el día en el que se haría daño (mucho, pero no demasiado; yo no lo permitiría, por supuesto) y, al fin, aprendería que, a pesar de ser inmortal, no podía llevar la misma actitud tenaz que había empleado para dedicarse a la medicina, para correr o para cualquier otro pasatiempo que hubiese tenido a lo largo de su vida.
Esperaba con ansias ese momento. Es más, hasta tenía planeada mi reacción: me sentaría junto a la cama de Roman, tomaría su mano temblorosa entre las mías y le diría con mi tono más cariñoso y comprensivo: «¿Qué tal si te estás quietecito de una puta vez, amor mío?».
Estaba segura de que pasaría. Estaba a la espera. Estaba preparada. Al fin y al cabo, así había sido con Vero y con todos los renacidos que había creado.
Pero Roman, cómo no, era demasiado sensato y ecuánime como para hacer algo ni remotamente descabellado.
Quizá debido a su formación, sabía perfectamente que la impaciencia conduciría a contratiempos, y que los contratiempos podían tener efectos nefastos en su adaptación.
Así que canalizó toda la energía en recuperarse lo antes posible.
Me resultaba hasta molesto lo consciente que era de la situación.
Se lo tomó en serio y averiguó cuáles eran los alimentos adecuados, los plazos correctos para alimentarse de sangre, el equilibrio idóneo entre ejercicio y descanso…
Desde el principio, quiso detectar patrones y estudiar cómo interactuaban los diferentes elementos de su convalecencia.
«Nada de cenas ricas en carbohidratos antes de acostarse», me dijo un día después de dormir cuarenta horas seguidas sin siquiera moverse.
«Creo que mi cuerpo no tolera bien las hortalizas de la familia de las solanáceas», comentó otro día, mientras se enderezaba tras potar en la papelera con el aplomo de un monarca.
«Todavía no», decidió unos dos años después de su transformación, tras exponer el dorso de la mano al sol matutino y ver que le provocaba quemaduras de tercer grado.
(Eso último no se molestó en decirlo en voz alta).
Desde el principio, hizo muchas preguntas sobre la biología de los renacidos. «¿Cuánto tiempo tardaste en poder salir al aire libre?», «¿Te molestaban algunos olores concretos?», «Según tu experiencia, ¿la proximidad física con el creador alivia los síntomas de la transición?».
Yo no tenía ni idea y mi experiencia con esos primeros años no era nada reciente.
Había cruzado hacía demasiado tiempo y llevaba siglos sin que me interesara crear nuevos renacidos.
Al comprobar que mis respuestas eran insatisfactorias, me dio un besito en la frente y me pidió los números de Viktor y Vero.
Como ellos tampoco tenían mucha información que aportar, empezó a entrevistar a cualquier renacido dispuesto a hablar con él.
Fue conmovedor que todos accedieran. Cada uno de los individuos a los que se acercó el doctor Roman Martin se sentó y pasó por una entrevista completa.
Quizá tuviera algo que ver con ese rumor que circulaba sobre que quien se atreviera a negarse provocaría la ira de Lilit de Nineveh. O no. Quién sabe.
El caso es que Roman empezó a recopilar datos sobre los renacidos de nuestro linaje.
Después, sobre los de Imhotep y los de Li Xiu.
Luego, Aapo y Karna aceptaron participar también y, una vez que la muestra fue lo suficientemente amplia como para observar patrones y extraer conclusiones que beneficiaran a toda la especie, el resto de los líderes decidió colaborar también.
(A algunos les llevó más tiempo que a otros; se comentaba que, tras una o dos conversaciones amistosas con Lilit de Nineveh, siempre acababan cediendo).
Fue entonces cuando comenzaron las muestras biológicas.
Sangre y saliva y todo tipo de material de ADN.
Hubo cultivos celulares, radiografías y resonancias magnéticas.
Como me estaba cansando de encontrar viales en mi nevera, tomé la decisión de que Roman y yo empezáramos a celebrar nuestro aniversario, y que, para conmemorar el quinto año de su conversión, equiparía el castillo de seiscientos años de antigüedad que compartíamos en Irlanda con un laboratorio.
Cuando se lo enseñé, se puso tan feliz que temí que su constitución, aún delicada, no pudiera soportarlo.
Un par de años más tarde ya teníamos manuales, teorías, pronósticos, recomendaciones e informes estratégicos.
Había renacidos formándose como asistentes de investigación, experimentos que requerían una monitorización de treinta y seis horas, y esa hermosa chispa en los ojos de Roman cada vez que estaba a punto de descubrir algo nuevo.
Yo lo dejaba solo durante breves periodos para ocuparme de asuntos importantes, y al volver me lo encontraba dormido sobre una mesa de trabajo, con una mancha de tinta en su diario de registro y la última frase a medio escribir.
Al mismo tiempo, intentaba mantenerse al día de los nuevos descubrimientos médicos en el mundo de los mortales.
—No creo que sea necesario seguir acumulando créditos de formación —le dije un día, pero era inútil tratar de disuadirlo. Tenía la intención de volver a ejercer como médico tan pronto como su cuerpo estuviera lo bastante recuperado.
—Eso podrían ser entre cincuenta y cien años, Roman.
—Lo sé. Para entonces, la ciencia habrá avanzado y la medicina será algo completamente diferente. Supongo que, si me mantengo al día, no me costará demasiado adaptarme.
Me encantaba y me sigue encantando este hombre.
—Es tan raro cuando haces eso —me dice Vero una mañana, después de que le aparte un mechón de pelo sudado de la mejilla.
Viktor está entrenando con Pierre, así que yo voy echándole un ojo a ella y a sus tumultuosos problemas estomacales.
(Como mortal, su dieta era exclusivamente vegetariana; Roman descubrió hace poco una alta correlación entre los hábitos vegetarianos y los problemas gastrointestinales tras el cruce).
—¿Cuando hago qué? —le pregunto presionándole la palma fría contra la frente.
—No sé. Esto. Cuando me cuidas como si fuera una niña. Es muy raro que alguien sea tan protectora y maternal cuando eres mucho más joven que yo.
— No soy más joven que tú.
—Lo sé, pero tu cuerpo tiene como veinte años.
—Las veinteañeras pueden cuidar de otras personas. Muchas mujeres tienen un hijo a esa edad. De hecho, muchas mujeres han tenido ya varios hijos a esa edad.
—Ay, Dios, qué horror.
—Vero, creo que simplemente te sientes incómoda con la idea de que alguien cuide de ti. Lo cual entiendo, dado tu pasado y las contradicciones de la sociedad moderna. Pero los principios colectivos y la independencia no tienen por qué ser…
—¿Te importaría dejar de darme lecciones de filosofía mientras estoy potando? —me pregunta antes de volver a girarse hacia el inodoro.
—Por supuesto. Esperaré a que termines de vomitar.
—Estaba pensando en Roman —dice ella tras diez minutos seguidos tumbada en el suelo de baldosas.
—Ah, sí. Siempre es bueno pensar en él.
—¿Sabes qué tiene de curioso este tío?
—Ilumíname.
—Si hubiéramos continuado siendo mortales, él y yo nunca habríamos intercambiado una sola palabra.
—¿Lo dices porque, cuando Viktor te convirtió, Roman aún no había pasado por la pubertad y tú ya eras una adulta hecha y derecha?
—Por eso también, pero, aparte, nuestras personalidades no tienen prácticamente nada en común.
—¿Estás segura?
—Al cien por cien. Yo le habría parecido rara y turbia, aunque con razón; mientras que él a mí me habría resultado insufrible. Quiero decir… Se le da bien todo.
—Eso parece, sí.
—Y además no se lo tiene nada creído. ¿Será posible?
—Ya, lo sé.
Vero levanta la cabeza haciendo un esfuerzo inmenso.
—La semana pasada lo vi hablando con Viktor en el salón azul. Se estaban riendo.
Suelto un murmuro pensativo.
—¿Estás segura de que Viktor se estaba riendo y no era una mueca de asco por haber pillado a alguien comiendo en la biblioteca?
—Sí.
—Interesante.
—Lo que quiero decir es que Roman es la hostia. Lo cual me parece fatal por su parte.
—Estoy de acuerdo.
—El otro día le oí comentarle a Arlo que antes ni siquiera se dedicaba a la investigación. Era médico. Está aprendiendo a ser investigador sobre la marcha.
—Es indignante —coincido. En realidad, Roman sí que estudió algo de investigación en la universidad y en la Facultad de Medicina, pero no creo que sea relevante ahora mismo para Vero.
—En fin. Mientras él va salvando a los renacidos con cada gran descubrimiento, yo me he aficionado a la pintura al óleo.
—Algo me enseñó Viktor. Me encanta la iluminación del cuadro de los kiwis. Es superoriginal.
—Ay, gracias. Estaba experimentando. Me alegro de que te haya gustado.
—La verdad es que nuestra estirpe siempre ha tendido hacia lo artístico. No hay muchos amantes de las ciencias por aquí. Roman va a ser la oveja negra. Puede que incluso lo acosen —exagero.
—¿Sí? —Suena esperanzada —. Estoy deseando robarle el dinero del almuerzo.
—¿El dinero del almuerzo de quién? —pregunta Viktor desde la puerta del baño. Parece cansado y sudoroso, pero bastante feliz. Por estar de nuevo cerca de Vero, supongo.
—Tu chica planea hacerle la vida imposible a Roman.
—¿De verdad?
—En efecto.
—Interesante. Porque puedo leer la mente de Veronica y ahí Roman sin duda es su chico «prefe».
—Ay, por Dios, cállate. No he usado esa palabra desde que tenía quince años. —Casi se cae al intentar ponerse en pie. Me dispongo a ayudarla, pero Viktor me detiene.
—Déjala —me dice en un idioma que hablábamos en el norte de África a principios del milenio pasado. Sin duda porque no quiere que Vero perciba el cariño en su tono cuando añade —: Le gusta hacerlo sola. Es así de testaruda.
Sin levantarme del suelo, los veo caminar por el pasillo: Vero tambaleándose, Viktor rondando pacientemente cerca por si se cae. Cuando casi han llegado al final, ella se aferra a él y él la lleva en brazos el resto del trayecto.
Hay una broma recurrente en los círculos de los renacidos: que, en lo que respecta a Roman Martin, la gente debería tenerme miedo.
Que la «protectora de los mortales» está poniendo todo su poder al servicio de su nuevo amante «que ni siquiera es mortal, ¿te lo puedes creer?
». Que, cuando se trata de este novato, ella se convierte en una defensora temible, implacable y puede que hasta inestable.
Roman opina que es ridículo. Yo, sin embargo, pienso en el día del ritual, unos minutos antes de que empezáramos, cuando él dijo:
—¿Lilit?
—¿Hm?
—Si esto no sale bien…
—Saldrá bien —le aseguré.
—Yo también lo creo. —Su mirada era tierna —. Se te da demasiado bien conseguir lo que quieres como para dejar que esto salga mal. Pero, si no sale bien…, recuerda que te quiero. Y que los momentos más felices de mi vida han sido aquellos en los que me he sentido querido por ti.
Antes de eso, creía entender lo que significaba la palabra «necesitar». Ahora me doy cuenta de que no tenía ni idea. Otro concepto que Roman redefinió para mí.
—¿Crees que se lo están tomando como una competición? —le pregunto a Viktor mientras observamos a Roman y a Vero pasear por los jardines. El crepúsculo se acerca. En los últimos meses, Roman ha desarrollado cierta tolerancia al sol, si bien solo en los momentos finales del día.
—¿El qué? —pregunta Viktor.
—Ver cuánto tiempo pueden aguantar al sol.
—¿Roman? No. ¿Veronica? Por supuesto.
Vero debe de haber captado los pensamientos de Viktor, porque nos hace un corte de mangas. Unos minutos más tarde, cuando se unen a nosotros, la piel de Roman está enrojecida, pero sin quemaduras.
¿Bien?, pienso.
Su satisfacción resuena en mi interior.
Roman y yo bebemos el uno del otro tan a menudo que me cuesta recordar la época en la que no estábamos unidos a este nivel. Nunca fue mucho de hablar, y ahora que podemos entrar y salir de la mente del otro con tanta facilidad, podemos pasarnos días sin hablar en voz alta.
Hubo un tiempo en el que pensé que le costaría adaptarse a consumir sangre. Los novatos necesitan estar bien alimentados y ansían la sangre. Sin embargo, a algunos les resulta difícil superar el bloqueo mental.
—¿Crees que serás capaz de hacerlo? —le pregunté en los días previos al ritual. Quería asegurarme de que estaba preparado.
Se lo pensó durante un buen rato.
—La idea de tragarme la sangre de otra persona me repugna —contestó, y se me hizo un nudo en el estómago.
—Lo entiendo —respondí tratando de mantener la tranquilidad —. Es una reacción común. Aun así, sufrirás cambios biológicos que podrían… ¿Qué? —pregunté al notar su sonrisita.
—No me has dejado terminar. La idea de tragarme la sangre de otra persona me repugna, pero cuando pienso en beber la tuya… no me resulta nada repulsivo. Probablemente podría hacerlo ahora mismo.
No lo pusimos a prueba en ese momento, pero, tras el cruce, se tomó el asunto con mucho, muchísimo entusiasmo. Es agradable tenerlo dentro de mi cabeza. Me encanta.
Cansado, percibo que piensa mientras entramos en el castillo. Pero, oye, he aguantado tres minutazos bajo los rayos UV. Estoy que me salgo.
Espero que no lo estés diciendo con sarcasmo.
Para nada. Me siento más orgulloso que cuando me gradué en Medicina. Y más agotado también.
¿Quieres que nos vayamos a dormir?
Cambia al lenguaje hablado.
—No. —Sonríe —. Veamos una película. Una de esas.
Gruño. De esas no.
Treinta minutos más tarde, veo a un hombre lobo matar a un vampiro mientras Roman respira pausado, con la cabeza en mi regazo. Le acaricio el pelo y me permito sonreír.