Capítulo 16
E n las siguientes horas ocurre algo muy desconcertante: a pesar de que Roman desconoce la fisiología de los renacidos y de que Li Xiu no tiene ningún respeto por los mortales, él se convierte en su médico de cabecera.
Conociéndolo, no debería sorprenderme que insista en asegurarse de que está sanando antes de dejarla en manos de Imhotep.
Lo que me asombra es que Li Xiu lo permita.
Es más, hasta se lo agradece. Se deja curar las heridas por un mortal, se toma los medicamentos que él le administra e incluso le pide consejo sobre qué hacer en los próximos días para recuperarse rápido.
Imhotep y yo intercambiamos una mirada de desconcierto, pero estamos aliviados de que se esté tomando en serio su salud y temerosos de que cambie de opinión, así que optamos por no decir nada en voz alta.
No es hasta mucho más tarde que regresamos a la casa de Roman, agotados, hambrientos y, una vez más, cubiertos de sangre.
No tengo ni idea de lo que está pensando: su mente lleva siendo hermética desde ayer y apenas hemos hablado.
Se ducha mientras yo mantengo una larga llamada con Viktor para ponerlo al día sobre la última carnicería y los encantadores vacíos de poder que probablemente desestabilicen dos linajes importantes durante las próximas décadas.
Luego, cuando llega mi turno para la ducha, Roman insiste en ir preparando la cena.
Diez minutos más tarde, bajo las escaleras con otro albornoz, en este caso varias tallas por encima de la mía y con un olor que me resulta agradable y desgarrador a la vez. Huele a Roman.
En vez de ir hacia la cocina, me siento en el sofá, un lugar fantástico en el que desmoronarse, debo admitir. Necesito unos minutos para asimilar que, en cualquier momento de los próximos seis meses, este mismo aroma, mi favorito de todos los tiempos, dejará de existir.
Respiro hondo, tratando de calmar la espiral de pensamientos. Poco a poco, consigo recuperar la compostura, al menos hasta que mi mirada se posa en el sobre cerrado que hay en la mesita del salón. Está claro que es una factura del hospital.
En las últimas veinticuatro horas he tenido que lidiar con muchas emergencias. Para bien o para mal, eso ha significado poder obviar que la enfermedad de Roman es la mayor amenaza que se cierne sobre nosotros. Pero ya no.
—Hola —dice Roman entrando en la sala —.
La cena está lista. ¿Quieres comer en la cocina o…
? —Se da cuenta de lo que estoy mirando y deja la frase en el aire.
El problema es que no puedo apartar la vista.
Ni siquiera después de que suelte un «mierda» en voz baja, se acerque y se siente a mi lado —.
Oye. —Me pasa el brazo por encima de los hombros, atrayéndome hacia él.
Me habla en un tono suave, contra mi cabello —.
No pasa nada. Te lo prometo, Lilit. Todo va a salir bien.
Está intentando tranquilizarme. Me estoy viniendo abajo porque está a punto de morir, y es él quien me está tranquilizando a mí.
De repente la situación se me hace insoportable.
—A la mierda —digo con la voz grave, explosiva.
—¿Cómo?
Enderezo la espalda y me obligo a mirarlo.
—A la mierda todo. —Él parpadea, confundido, así que prosigo —: Escucha, la otra noche…
Lo siento, tuve una reacción exagerada cuando descubrí que te…
Pero no importa. Da igual cómo lo descubrí, o si me lo ocultaste, o lo que te oculté yo, o lo que elijas hacer con el tiempo que te queda.
Lo único que importa es que voy a estar aquí. Y voy a cuidar de ti.
Roman ya está negando con la cabeza.
—Lilit…
—Sí —digo con firmeza, pero también con ternura. Mi ira se ha disipado, dejando espacio para la determinación —. Pienso hacerlo quieras o no.
—Lilit, no. No tienes tiempo para esto.
—¿Tiempo? —Me imagino la vasta extensión de la eternidad sin él. Si lo único que me quedan son seis meses, que así sea. No me separaré de su lado ni un solo minuto —. Si algo tengo es tiempo, Roman.
—¿Cuándo? ¿Entre las jornadas de defenderte de la gente que intenta matarte y las de asegurarte de que los tuyos no masacran a los mortales?
Hago una mueca, dolida.
—Los últimos dos días no son una muestra representativa de mi carga de trabajo habitual.
—Quizá no, pero sigues siendo… Sigues siendo tú, Lilit.
Y lo que me impedía exigirte cosas en el pasado continúa ahí.
Incluso antes de saber lo que eras, ya percibía que eras alguien fuera de lo normal.
Eras intrépida y perfecta, y estaba claro que no te interesaba aferrarte a nadie ni a nada. No querías quedarte atrapada.
—¿Atrapada?
—Eres… —Se detiene, como si se le hubieran acabado las palabras.
Me aparta el pelo de la frente —. Eres la criatura más extraordinaria que he conocido, en todos los sentidos.
Yo, en cambio… Mira, no tenía pensado contarte lo de mi enfermedad, pero ahora me alegro de que lo descubrieras porque así puedo decirte lo honrado que me siento por haber podido tenerte conmigo durante todo este tiempo.
Puede que yo quisiera más de lo que estabas dispuesta a dar, pero nunca te lo habría pedido y…
—Ay, por Dios, cállate. —Con un empujón suave, quizá demasiado enérgico, me siento a horcajadas sobre sus piernas. Me inclino hacia él y lo agarro de la muñeca para inmovilizarlo contra el respaldo del sofá.
—Lilit…
—No. Cállate un momento.
Lo observo bajo la tenue luz cálida. Tiene los labios entreabiertos y una mirada de expectación. Su pecho permanece inmóvil, como si no se atreviera a respirar.
—Esta situación es una mierda. Todo es una mierda, y es culpa mía.
Porque nunca había necesitado ser sincera con alguien a quien quería tanto como te quiero a ti.
Nunca. Jamás. Crees que soy extraordinaria porque mis células no envejecen, pero es mentira.
Aquí el especial eres tú, Roman. Eres extraordinario en el sentido más literal de la palabra.
Ha habido muchos antes, y nadie ha logrado nunca lo mismo que tú.
Eres el único ser humano que he conocido que no me exige ser más de lo que soy.
El único que no se inmuta ante la muerte.
El único que no tiene ningún interés en poseerme a pesar de que llevo siendo suya desde el principio.
El único que me hace sentir como en casa en un mundo donde mi hogar desapareció hace tiempo.
Y, si te soy sincera… —Sé que se me están llenando los ojos de lágrimas.
Es una sensación desconocida, olvidada desde hace mucho, pero no puedo evitarlo —.
No creo que el mundo merezca estar sin ti.
—El mundo estará bien sin mí.
—No creo que yo merezca estar sin ti.
Su sonrisa es pequeña y triste.
—Bueno, eso es otro tema.
Aprieto los dientes.
—Escucha, no te presionaré para hacer nada que no quieras, no te obligaré a vivir una vida que detestas, pero, por favor, ayúdame a entender por qué no quieres ser un renacido. ¿Tan inconcebible te resulta convertirte en uno de nosotros? —Se me quiebra la voz.
Aparto la cabeza, pero siento sus dedos en la barbilla, inclinándome la cara para que lo mire a los ojos.
—No es por eso. Es… Lo siento. No sé cómo explicarlo, Lilit.
Mis músculos pierden fuerza ante el rechazo. Lo he dicho en serio: voy a estar a su lado pase lo que pase, sin importar cuánto tiempo nos quede. Pero necesito un momento para recomponerme. Me levanto para alejarme de él.
Roman me detiene con una mano en la cintura.
—No sé cómo explicarlo —repite —, pero quizá pueda enseñártelo.
Estoy tan angustiada que tardo un instante en entender lo que me está ofreciendo.
—¿Quieres decir…?
—Sí. —Es una invitación para que me adentre en sus pensamientos.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Mi mente se acerca a la suya, al principio con cautela, rozándola, limitándose a una inmersión superficial.
Él asiente como si quisiera más, y entonces…
Ni siquiera necesito esforzarme. Es como si su corazón me tendiera la mano, me atrajera hacia él y me absorbiera por completo.
Un instante después, estoy dentro, sumergida en su interior, en el centro de su ser.
No es la primera vez que escucho la desesperación de su amor, la agonía de la incertidumbre, la intensidad de su anhelo, pero hasta ahora había sido a fragmentos.
Esta vez no solo lo escucho, lo siento. El peso de esas emociones me presiona cada centímetro de la piel, como una manta cálida y gruesa que me rescata del frío de la noche.
Me quedo allí, suspendida en las profundidades de sus sentimientos, dejando que los recuerdos se abalancen sobre mí.
La confusión la primera vez que me vio: Guapa, inquebrantable.
¿Ha existido alguna vez alguien como ella?
¿Alguna vez he deseado a alguien así?; el anhelo durante mis ausencias: Los días parecen putos años; la tentación de pedir más, rápidamente sofocada por el miedo a perder el poco acceso que tenía a mí; breves y poco entusiastas intentos de conocer a otras mujeres: Ella no, ella no, ella no, ella no, ella no; y la alegría sin tapujos que solo podía encontrar a mi lado.
Siento amor por mi cuerpo, mis sonrisas, mi aroma, por los minúsculos pedazos de mí que he compartido a lo largo de los años, todos cuidadosamente categorizados y guardados con tanto celo como las joyas de la corona.
También hay admiración hacia mi voluntad férrea.
Y soledad y felicidad, alternándose como latigazos.
Su primer pensamiento cuando descubrió que era una renacida: Quizá tampoco es tan malo estar enfermo y saber que voy a morir, si de todos modos no habría podido envejecer con ella.
Luego, tras mi primer ofrecimiento de convertirlo: ¿Y si se cansa de mí?
¿Y si la vuelvo a perder? ¿Y si tengo que vivir sin ella, y esta vez es para toda la eternidad?