Capítulo 15
L a noche siguiente, nos reunimos justo antes del atardecer, en el mismo lugar donde nos habíamos encontrado unas veinticuatro horas antes —ahora con la presencia de un trescientos por ciento más de bichos carroñeros —.
La planta superior del rascacielos parece aún más desierta de lo habitual, y el olor a carne en descomposición persiste en el aire.
Divago pensando en dónde debió de dejar Wenceslaus el cuerpo de Grigori tras la escenita de ayer.
Si estará flotando en el río o escondido en un avión, a la espera de unos ritos funerarios que nunca recibirá.
Pobre Grigori. De todos, él era el que menos se merecía lo que le pasó.
Sin Aapo, Wenceslaus ni Li Xiu, a la reunión solo asistiremos tres líderes: Atukhos, Imhotep y yo.
Soy la última en llegar, aunque no por elección.
Durante el día he estado ocupada colocando las piezas; ahora solo me queda esperar que encajen.
Puede que la nieve haya dejado de caer a media mañana, pero la temperatura ha bajado drásticamente durante la noche y las quitanieves aún no han recorrido las calles.
He subestimado el tiempo que me iba a costar llegar hasta aquí.
El hielo cubre cada centímetro de la ciudad y, por una vez, mi renuencia a llevar demasiada ropa ha cedido ante mi deseo de abrigo.
Me encantan y a la vez odio los vaqueros negros y el jersey de cuello alto que me he puesto mientras Roman me observaba con una sonrisa, bromeando sobre si planeaba atracar un banco o unirme a una compañía de teatro de vanguardia.
He estado tentada de vengarme dándole un mordisco en el cuello para dejarle una marca bien visible, pero antes él y yo tenemos que sentarnos a hablar como es debido y mantener una conversación que no esté empañada por la ira o el pánico. Aunque ahora mismo tendrá que esperar.
Cuando entro en la sala, Imhotep y Atukhos están sentados uno frente al otro en la mesa redonda, envueltos en un silencio denso y desagradable.
Me doy cuenta de que la nuca de Atukhos está rígida por la tensión, pero, al acercarme, veo que sus heridas ya están curadas casi del todo.
Me pregunto si estará en plena forma para luchar.
Entonces recuerdo que da igual; no soy yo la que se va a enfrentar a él esta noche.
Cuando nuestras miradas se cruzan, lo saludo con un movimiento de cabeza y luego voy a buscar una silla para mí.
La arrastro, la coloco junto a la de Imhotep y me siento.
Los ojos de Atukhos se abren durante un microsegundo, sorprendidos.
Me pregunto si comentará algo, tal vez para recordarme la estrategia que ideó y que acordamos anoche, pero permanece callado.
Al fin y al cabo, solo es una silla, y no interferirá con el plan.
Si me preguntara, le diría la verdad: me siento aquí porque me ofrece la mejor vista de las puertas del ascensor. Nunca está de más ser previsora.
Es Imhotep quien rompe el silencio.
—Qué curioso que ayer por la tarde fuéramos seis y que ahora ese número se haya reducido a la mitad. —Su actitud, normalmente afable, se ha vuelto rígida. Observo cómo se mueven sus labios carnosos al hablar. Me pregunto si estará preparado para lo que se avecina.
—Estoy segura de que nadie necesita que le recuerden —digo, dando inicio a la reunión — que no hay leyes que prohíban a los renacidos matarse entre ellos.
—Así es —coincide Atukhos —. Tú misma, Lilit, te has aprovechado de ese vacío legal muchas veces a lo largo de los años.
—Cierto —concede Imhotep —. La protectora de los mortales. De los renacidos, no tanto.
Inclino la barbilla, pero no digo nada. No es a mí a quien se le debe pedir que responda por sus actos.
—Quizá deberíamos hablar de los que ya no están entre nosotros —empieza a decir Atukhos, pero Imhotep le hace un gesto para que se calle.
—No veo la necesidad.
—Ah, ¿no?
—Aapo se ha ido, y quién sabe si la volveremos a ver en lo que queda de siglo. A Wenceslaus lo han asesinado. A Grigori, también. Li Xiu… Bueno. ¿Qué más hay que hablar? —concluye encogiéndose de hombros con elegancia.
—Quizá podríamos hablar de lo absurdo que es que nos matemos unos a otros sin ton ni son —sugiero yo.
—Bueno, no sé qué decirte. —Imhotep me sonríe con frialdad —. A veces matar resulta muy satisfactorio.
—Te arrepentirás de haber pronunciado esas palabras cuando acabemos contigo —gruñe Atukhos.
—¿Cuando acabéis conmigo? —Imhotep se lleva la mano al pecho de forma teatral. Luego se da una palmada en la frente con el mismo grado de dramatismo —. Ah, ya. Cuando Lilit y yo nos reunimos anoche, mencionó que planeabas algo así.
Atukhos se vuelve hacia mí.
—¿Lilit? —Asiento. Porque es la verdad —. ¿Qué significa esto? —exclama levantándose bruscamente, tirando la silla al suelo y desenvainando su espada en un gesto defensivo —. Dijiste que me ayudarías a castigar a Imhotep.
—Bueno, sí. Quizá esas fueron mis palabras, pero el trasfondo del mensaje era que ayudaría a castigar a quienquiera que hubiese estado atacando a los líderes de linaje. Y tú sabes muy bien quién es, Atukhos.
—¿Es que te has vuelto loca?
Echo un vistazo a Imhotep, que mira impasible en dirección a las puertas del ascensor, y respondo:
—Me sorprende que tus heridas hayan sanado tan rápido y tan bien.
Anoche, cuando hablamos, calculé que tardarían al menos un par de días.
Imagino que las debiste de exagerar, ¿me equivoco?
No te culpo. Es lo que yo habría hecho si tratara de despistar a alguien.
Unas cuantas heridas autoinfligidas y mucho melodrama.
—¡Silencio! —rugió Atukhos.
—Desde el principio sospeché que tú podías estar detrás de los asesinatos.
Que a lo mejor solo intentabas conseguir mi ayuda para poder deshacerte de Imhotep.
Por desgracia, no terminaba de dar con una motivación que lo justificara.
—Miro a Imhotep —. Salí del invernadero muy confundida, pero…
—esbozo una leve sonrisa — solo necesitaba recordar lo que supone estar enamorado de alguien y descubrir que esa persona está con otro. Porque todo esto viene de ahí.
Los ojos oscuros de Atukhos están fijos en mí, ardiendo de rabia.
—Cuenta, cuenta —me anima Imhotep, curioso.
—Por supuesto. Atukhos y Li Xiu fueron amantes durante mucho tiempo.
O, al menos, durante lo que Atukhos considera que fue mucho tiempo.
Li Xiu, sin embargo, es bastante mayor que todos nosotros y siempre ha sido un poco caprichosa.
Se cansa rápido de las cosas. —Puede que esté respondiendo a la pregunta de Imhotep, pero es a Atukhos a quien miro —.
En su defensa hay que decir que ella nunca hace promesas.
Cuando éramos amantes, no me dijo ni una sola vez que íbamos a estar juntas para siempre.
Solo quería que estuviéramos juntas en ese momento.
Cuando eso cambió, se embarcó en nuevas aventuras.
Lo mismo pasó contigo, Atukhos. O con Grigori; el pobre y desafortunado Grigori.
Ella ni siquiera recordaba haber tenido un romance con él.
Y ahora Imhotep. Por eso querías vernos muertos a todos, ¿verdad?
Si Karna hubiera estado presente, también lo habrías atacado.
Porque estabas convencido de que todos aquellos a los que Li Xiu había amado alguna vez eran competencia y que, si nos eliminabas, ella volvería contigo.
—Siento un poco de lástima por Atukhos, a pesar de que no se la merece —.
Te entiendo: la perspectiva de una eternidad sin la persona a la que más amas resulta aterradora.
Yo misma he experimentado los celos que surgen al imaginarla con alguien más.
Debo admitir que el dolor es indescriptible.
Imhotep asiente.
—Vaya, vaya. Todo encaja a la perfección. Entonces, Atukhos mató a Grigori, pero intentó culpar a Viktor con la esperanza de que Wenceslaus se encargara de ti y le ahorrara el tener que matarte él mismo.
—Correcto. No obstante, Wenceslaus no fue tan impulsivo como Atukhos esperaba.
Montó un escándalo, pero nada más. Así que Atukhos mandó a un renacido para que me atacara y me hizo creer que lo había enviado Wenceslaus.
Estoy segura de que, para él, el escenario ideal era que el renacido acabara conmigo, pero, por si acaso no cumplía con la misión, lo dispuso todo para que yo acudiera a pedir explicaciones a Wenceslaus y entráramos en guerra.
Eso le habría permitido deshacerse de mí.
En cuanto a Wenceslaus, dudo que quisiera matarlo, pero empezó a investigar el asesinato de Grigori con demasiado ahínco, ¿verdad, Atukhos?
Apuesto a que te dijiste a ti mismo que era un sacrificio necesario.
—A nadie le caía bien Wenceslaus, las cosas como son —admite Imhotep —. Así que Atukhos mató a Grigori, luego a Wenceslaus, después se hizo unos cuantos rasguños para inculparme y te reclutó para que lo ayudaras a deshacerse de mí.
—No te lo tomes como algo personal —digo —. Me habría matado a mí a continuación.
—Llegados a ese punto, una buena parte de los amantes de Li Xiu se habrían esfumado.
Atukhos le habría hecho creer a Li Xiu que todo había sido una simple disputa entre líderes y habría fingido no tener nada que ver, y entonces…
¿qué, Atukhos? ¿Habrías dado caza a los demás líderes que quedan?
¿Y qué hay de los otros amantes que ha tenido Li Xiu?
—Me temo que más de uno ya ha debido de desaparecer aunque todavía no nos hayamos enterado.
—Tienes razón, pero lo que me desconcierta es: ¿de verdad pensabas que después de todo esto Li Xiu volvería contigo? ¿De verdad te creías capaz de coaccionar a alguien como ella?
Atukhos, rojo de ira, guarda silencio.
Así que respondo por él.
—Esperaba que sí, me juego lo que quieras.
Pero era un plan mal concebido, fruto de la desdicha y la desesperación.
Demasiadas contingencias. Por ejemplo, quiso hacerme creer que Li Xiu estaba muerta porque él ya no la sentía.
Sin embargo, esa mentira tenía las patas muy cortas porque tú, Imhotep, también has intercambiado sangre con ella, y más recientemente. Así que tú también puedes rastrearla.
—Pero él contaba con que le creerías sin acudir a mí. Y con que yo sería incapaz de rastrear a Li Xiu si la mantenía inconsciente mientras estuviera prisionera. —Imhotep resopla —. Lo que no entiendo es cómo se las arregló para capturar a Li Xiu.
—Ella confiaba en él —digo, repitiendo las propias palabras de Atukhos —. Fue así de fácil, ¿verdad, Atukhos?
—¡Silencio! —repite. Levanta el brazo con la espada, mirándonos alternativamente a Imhotep y a mí, como si estuviera decidiendo a quién atacar primero —. Si creéis que podéis ganar en una pelea contra mí, estáis muy equivocados.
—Pues yo diría que sí que podemos —replico con calma —. O podríamos. Pero no lo vamos a comprobar. Hay alguien que tiene más derecho a reclamar ese honor.
—Nadie me va a…
Qué poético que, justo en ese momento, una espada atraviese el vientre de Atukhos. Más aún porque el arma pertenece a su propia colección.
—Qué oportuna —murmura Imhotep. Su sonrisa es afilada y cruel, como si le proporcionara un gran placer presenciar la muerte de Atukhos; más aún porque, con los pocos segundos que le quedan de vida, decide darse la vuelta y mirar a la persona que le ha infligido la herida letal.
Li Xiu está magullada, sangrando y, obviamente, aturdida por las drogas que Atukhos le ha administrado. Aun así, se mantiene erguida y con la cabeza alta mientras Atukhos se derrumba sobre la espada, con los ojos vidriosos y sangre brotándole de la boca.
—Lamentable —murmura ella.
Detrás de Li Xiu, Roman permanece a la espera, listo para sujetarla si pierde el equilibrio.
Puede que Imhotep haya utilizado su vínculo de sangre con Li Xiu para localizarla, pero ha sido Roman quien la ha rescatado de la residencia de Atukhos mientras nosotros lo distraíamos con la excusa de una reunión del consejo.
A juzgar por cómo no le quita ojo, veo que está actuando como un auténtico profesional sanitario.
Qué mono.
El cuerpo de Atukhos se sacude una vez, dos, al tiempo que emergen unos sonidos ahogados de su garganta.
Se está formando un charco debajo de él.
Extiende la mano hacia Li Xiu, tal vez suplicando un último contacto con su amada, por quien ha conspirado, tramado y matado, porque consideraba que la existencia no tenía sentido sin ella.
Ella le da una patada en la mano. Luego, por si acaso, le da otra en las costillas.
El corazón de Atukhos deja de latir.
Li Xiu da un paso atrás y se desploma contra Roman, que estaba atento y logra sostenerla. Mira primero a Imhotep, después a mí.
—¿Sabes qué, Lilit?
—¿Qué?
Me sonríe.
—He conocido a tu novio y me cae genial. Deberíamos organizar una cita doble los cuatro.