Mortal & Inmortal Capítulo 14
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Capítulo 14

P ara cuando vuelvo a la habitación del hotel, lo único que quiero es quitarme la ropa y deshacerme de la suciedad de las últimas horas, y treinta minutos bajo la ducha de agua hirviendo bastan para conseguirlo.

Me pongo un albornoz blanco y esponjoso que me envuelve por completo y huele a detergente industrial, y luego salgo del baño.

Necesito descansar, sobre todo si las actividades de mañana van a ser tan exigentes como espero.

Pero, en lugar de ir hacia el salón y tumbarme en el sofá, me apoyo contra la pared y contemplo a Roman, que duerme plácidamente.

Sigue aquí. No es mío, pero está aquí. No está bien, pero está vivo.

Solo pasan unos instantes hasta que la distancia entre nosotros empieza a parecerme un abismo demasiado amplio para soportarlo. Con un suspiro, me acuesto junto a él procurando no despertarlo.

Me niego a admitir la razón real. Me digo a mí misma que debe de estar teniendo pesadillas.

Da igual que sea médico de urgencias, la carnicería que presenció ayer es difícil de asimilar.

Así que me quedaré a su lado unos minutos, por si necesita que lo despierte de un sueño en el que se está ahogando en una bañera llena de sangre. Tampoco se va a enterar.

Excepto que sí se entera. En cuanto me acerco, Roman esboza una sonrisa y, medio dormido, alarga uno de sus fuertes brazos y me atrae hacia él.

Fragmentos de pensamientos aletargados me golpean como granizo: Mía.

Qué bien. Aquí. A salvo. Como si las emociones fueran mías, siento cómo se disipa su preocupación al tenerme de vuelta, el alivio de saber que estoy bien, la pena por haberme hecho daño al ocultarme su enfermedad, la determinación de ahorrarme la peor parte.

Y luego nada. Al parecer, a Roman se le da tan bien aprender a blindar su mente como todo lo demás.

—No me dijiste que te ibas —murmura contra mi cabello, con la voz ronca y adormilada.

—Y tú no me dijiste que te estabas muriendo —replico, más hosca que enfadada, y hundo la cara en su cuello.

—Cierto, pero, por otra parte, tú tampoco me contaste lo de los renacidos, así que…

Suelto un gruñido y sus brazos me aprietan con más fuerza.

En todos estos años juntos, Roman y yo nunca hemos tenido una discusión de verdad.

Ha habido desacuerdos, negociaciones sobre qué ver en la tele, algún que otro mal rollo, pero jamás nada que pudiera describirse como una pelea.

A veces me preguntaba por qué, si la combinación de nuestros temperamentos era demasiado insulsa o si simplemente no pasábamos suficiente tiempo juntos.

A día de hoy, sigo sin saber la respuesta.

Lo que sí sé es que cualquier disputa habría terminado como esta: los dos abrazados y el motivo de la discusión, por válido que fuera, apartado a un lado para abordarlo más tarde.

No hemos resuelto nada. La vida de Roman sigue en peligro, mi mundo sigue sumido en el caos y nuestro final se acerca por momentos.

Está tan cerca que casi puedo tocarlo. Ojalá pudiera apartarlo de un manotazo.

Y, aun así, durante varios minutos permanecemos en esa posición, tan entrelazados como podemos, hasta que no queda aire en el espacio que nos separa y ya no puedo posponer lo que viene a continuación.

—Me gustaría pedirte perdón.

Una tabla sonaría menos rígida que yo, pero nunca se me han dado bien las disculpas, y Roman lo sabe.

—¿Sí? —Su tono divertido me desarma por completo —. ¿Por qué?

—Por cómo he reaccionado ante… —Me aclaro la garganta y me aparto, intentando mirarlo a los ojos en la oscuridad.

No distingo gran cosa, pero el leve brillo bajo sus párpados pesados me da el empujón que necesito para continuar —.

Es normal que no me lo dijeras. Esa conversación no encajaba en el tipo de dinámica que teníamos y no debería haber actuado como si no fuera así.

Suspira.

—Sí, bueno. Yo también te pido perdón.

—¿Por qué?

—Por no contártelo.

—Pero si…

—Ya, no te merecías que te lo contara. No eras una figura estable en mi vida. Pero ahora que sé que eres un ser inmortal todopoderoso, tus decisiones tienen mucho sentido. Quizá debería ser más indulgente contigo.

—Joder. —Cierro los ojos apretando los párpados —. Siempre haces lo mismo.

—¿El qué?

—Actúas como si fueras perfecto y compasivo. Aceptas lo que te doy y nunca esperas más de mí. Me dejas marchar y luego me recibes con los brazos abiertos. Es indignante.

Suelta una risita ronca.

—¿Indignante?

—Sí.

—No pareces indignada.

—Porque no lo estoy. Ni siquiera puedo enfadarme contigo si eres tan comprensivo, empático y poco exigente. Me cabrea que no veas.

Esta vez oigo su risa alta y clara.

—¿Cómo voy a sobrevivir a la ira de un ser inmortal?

—Mira, ya que lo mencionas —digo con altivez —, te vendría bien tenerme un poco más de miedo a mí, a mis habilidades sobrehumanas y a la furia de los cientos de renacidos que me han jurado lealtad.

—Ajá. Sí, claro. —Sonríe al pronunciar esas palabras, y luego se inclina y acerca sus labios a los míos. Mi mente se queda en blanco, solo puedo pensar en él y en este beso.

Es absurdo y temerario. Debería apartarme antes de que la cosa se complique.

Pero entonces Roman me pregunta:

—¿A dónde has ido? —Podría mentir; sin embargo, algo me impulsa a compartir la verdad. Quizá sea porque he bebido su sangre, pero el dique que había construido entre nosotros se ha derrumbado y siento cómo me derramo sobre él.

—A buscar una forma de arreglar este embrollo antes de que mueran más de los míos.

—¿Lo has conseguido? —Al ver que mi respuesta es poco más que un gemido lastimero, él se ríe y me aparta el pelo de la cara —. Lo conseguirás. No tengo la menor duda.

—Quizá deberías tenerla.

—No veo por qué, teniendo en cuenta quién eres.

—¿Te refieres a un monstruo chupasangre?

—Me refiero a ti. Lilit.

Vuelvo a cerrar los ojos, deseando que tenga razón.

Sin embargo, nada de esto es sencillo, y sé que se me escapa algo.

Si Atukhos me ha dicho la verdad, y no tengo motivos para dudar de él, Imhotep tiene sed de venganza.

Por muy absurdo que suene, puedo llegar a entender que quiera hacerme daño por haber matado a Silas, pero ¿por qué atacar también a Atukhos, Li Xiu y Wenceslaus?

«Porque temía que pudiéramos ponernos de tu lado e intentar detenerlo», ha contestado Atukhos cuando se lo he preguntado. Es una explicación plausible. Solo que…

—Esto sería mucho menos complicado si las mentiras de los ­renacidos fueran tan fáciles de detectar como las de los mortales —murmuro.

Roman se queda en silencio. Cuando levanto la vista para verle la cara, parece sorprendido.

—¿Sabes cuándo miente la gente?

—En la mayoría de los casos. Es un poco complejo: hay muchos indicios fisiológicos cuando alguien miente, y a nosotros nos resulta más sencillo detectarlos. A los renacidos se nos da mejor ocultar esas pistas. —Observo cómo asimila este nuevo dato —. Siento no habértelo dicho antes. ¿Te molesta?

—No creo. —Una pausa reflexiva —. Al contrario. Me alegro de que puedas pillar mis mentiras.

—En tu caso no es una habilidad especialmente útil. Para mi sorpresa, no sueles mentir mucho.

Coloca el pulgar bajo mi barbilla y me levanta la cabeza.

—Es posible, pero antes estaba mintiendo. Lo sabes, ¿verdad?

Se me hace un nudo en la garganta.

—¿Cuándo?

—Cuando he dicho que pensaba que eras una asesina.

—Es que soy una asesina.

—Ya, sí, pero también he dicho que no te importa nadie más que tú, que tratas a las personas como si fueran desechables y que desprecio lo que eres.

No es cierto. Lo que he dicho sobre que no quería ser como tú…

ha sido injusto, un golpe bajo y una reacción poco meditada a que me ofrecieras una eternidad en la que tú y yo no estamos…

—Roman aprieta los ojos y suspira —. Estaba enfadado y te he mentido. Lo sabes, ¿no?

Mi corazón se derrite. Me aferro a su cuerpo.

—Esperaba que así fuera.

—Bien. —Nos sonreímos el uno al otro, tristes, casi tímidos.

Entonces se me ocurre algo y suelto una risita.

—¿La oncóloga que te lleva es una mujer?

—Sí. De hecho, fuimos juntos a la universidad. ¿Por qué?

—Cuando me dijiste que estabas saliendo con otra persona, me pareció que decías la verdad. Acabo de darme cuenta de por qué.

Me inclino hacia él y noto su sonrisa contra la mejilla.

—Siempre he detestado mentir, desde pequeño. Así que he desarrollado algunos trucos cognitivos para cuando es inevitable. En plan, no mentir, pero tampoco decir la verdad.

—Claro. —Pongo los ojos en blanco —. Bueno, no volverás a colármela.

—Lo siento, Lilit. Me pareció que hacerlo así garantizaba una ruptura limpia. No pretendía herir tus sentimientos.

—Lo sé. Lo entiendo. —Bostezo —. En su día, aprendí el verdadero significado de la palabra «celos» gracias a…

Espera.

Espera.

Me incorporo con un grito ahogado y el corazón acelerado.

—Mierda.

—¿Qué pasa? —pregunta Roman, incorporándose. Luego, tras un largo silencio —: ¿Estás bien?

—Sí. Sí, es que… —Niego con la cabeza, con el pulso en la garganta. Joder  —. Ya sé lo que está pasando.

—¿Lo que está pasando con qué?

—La razón detrás de todo este lío. —Me tapo la boca con la mano —. Mierda.

—Eso es bueno, ¿no?

—Sí. No. Sí. Pero arreglarlo va a ser un suplicio.

—Entiendo. —Roman me acaricia la espalda por debajo del cabello, con calma. Siento el calor de su mano a través de la tela del albornoz —. ¿Qué hay que hacer?

—Nos ocuparemos del tema más tarde.

—¿Nos?

—Tú no, otro líder y yo.

—Ah. ¿No puedo ayudaros de alguna forma?

—No creo que… Bueno, de hecho, sí. —Sopeso una idea —. Sí. Necesito que hagas algo por mí, pero va a ser un poco arriesgado. ¿Te animas?

Me acaricia la coronilla con la nariz y su Haría lo que fuera por ti cala hasta lo más profundo de mi ser.