Capítulo 13
E l invernadero es impresionante, y aún más en invierno, quizá por el contraste entre el paisaje nevado de Chicago y los colores exuberantes y vibrantes de las plantas que alberga, que brillan incluso en la oscuridad.
Cuando entro con un giro especialmente firme del pomo, el calor tropical me envuelve las piernas desnudas, formando gotas de humedad en mi piel y empañando las paredes de cristal.
Me mantengo en alerta máxima. Sé con quién me voy a reunir, pero no sé qué esperar, y estar pendiente de si esto es una emboscada me parece un lujo, dado que me obliga a centrarme en algo que no sea mi furia hacia Roman o el hecho de que, a cada momento que pasa, dicha furia se va apagando y me da la sensación de ser inmerecida.
No suelo tener la mecha corta. Por naturaleza y por educación, no me permito tener rabietas. Valoro mi capacidad de autocontrol y sopeso cuidadosamente todas las opciones antes de actuar, por lo que no me siento avergonzada por mi comportamiento a menudo.
Roman ha rechazado mi oferta de inmortalidad aproximadamente cinco horas después de descubrir que esta era siquiera una posibilidad durante un ataque violento, nada menos.
Me he puesto hecha una furia, he reaccionado de forma impulsiva y ahora me avergüenza haber intentado hacer pasar por justo lo que no ha sido más que un berrinche.
Por supuesto que no me contó lo de su enfermedad.
Durante diez años, me he mantenido al margen de su vida.
No tengo motivos para sorprenderme u ofenderme por su decisión de empujarme al mismo territorio al que ya me había relegado yo.
Pero, como es plena noche y he decidido meterme en una posible trampa, tengo el privilegio de no obsesionarme con la magnitud de mi metedura de pata.
No me lo merezco.
Un cuarto de hora más tarde, mientras examino el tronco de una palmera enana, oigo pasos.
No me giro. De hecho, ajusto mi ritmo cardíaco y mi postura para dar la impresión de que sigo creyendo que estoy sola. No sé si el visitante se lo traga, pero le doy la oportunidad de que me pille por sorpresa.
Pasan los segundos. El ataque para el que finjo no estar preparada no llega. Por fin, cuando mi ignorancia ya no resulta creíble, me doy la vuelta.
Atukhos está herido y se tambalea. Es una visión sangrienta y brutal: el lado izquierdo de su torso está destruido, como si alguien hubiera intentado arrancarle la piel primero con papel de lija y luego con un rastrillo.
La camisa de corte clásico que llevaba en la reunión ahora está rasgada bajo la manga y, a través de la tela desgarrada, se aprecian varias heridas abiertas de las que aún brota sangre.
Si Atukhos fuera mortal, estaría al borde de la muerte.
—¿Qué ha pasado? —pregunto con calma. No parece que vaya a unirse nadie más a nosotros. Sigo sin estar segura de que esto no sea una trampa, pero al menos estamos solos.
—Me han embestido.
—¿Con qué? —Echo un vistazo a sus heridas —. ¿Un coche?
Asiente con la cabeza y debe de notar mi escepticismo ante la idea de que un renacido viejo, poderoso y veloz no haya visto venir un vehículo, porque añade:
—Me creía a salvo.
—¿Y eso?
—Después de irme del consejo, Li Xiu se ha puesto en contacto conmigo. Me ha mandado un mensaje diciendo que tenía asuntos importantes que comunicarme y me ha pedido que me reuniera con ella cerca de su hotel.
Le hago un gesto con la cabeza para que continúe.
—Un vehículo ha entrado en el aparcamiento donde la esperaba.
Los faros estaban encendidos, así que no veía bien, pero he dado por hecho que era ella quien conducía.
Estaba seguro de que su intención era aparcar justo delante de donde yo estaba.
He sido un idiota. —Curva los labios con amargura —.
Si bien es verdad que Li Xiu siempre me ha nublado el juicio.
A la luz de la luna, estudio las arrugas y expresiones de su rostro, sin tener claro si creerle.
Atukhos murió siendo un general y renació siendo lo mismo.
Siempre ha sido una persona seria, honesta hasta el extremo, pero moralmente poco flexible.
Él y yo jamás hemos tenido mucho en común y nunca me he sentido tentada a mantener con él más que conversaciones superficiales.
Sin embargo, cuando se trata de la protección de los mortales, Atukhos siempre ha sido mi más fiel defensor.
Dudo que les tenga especial cariño, ya que no puedo imaginarlo preocupándose por nada más que la falange macedonia y las espadas dentadas.
No obstante, valora la disciplina y el orden.
En comparación con la pomposa grandilocuencia de Wenceslaus, la profunda apatía de Li Xiu y el ensimismamiento y la indulgente indiferencia de Imhotep, la inclinación de Atukhos hacia el orden siempre lo ha convertido en un gran aliado.
No sé quién lo ha atacado, pero una cosa está clara: quienquiera que haya sido, sabía lo que hacía.
Si yo quisiera eliminarlo, también intentaría evitar una pelea física.
Atukhos y yo podemos estar muy igualados en fuerza y velocidad, pero su riguroso entrenamiento marcial le da una ventaja significativa.
Sin embargo, Li Xiu…
—Perdón, pero me cuesta creer que Li Xiu haya elegido atropellarte con un coche cuando podría haberte seccionado la columna vertebral con el dedo meñique del pie.
Atukhos abre mucho los ojos.
—No ha sido Li Xiu, Lilit.
—Pero si has dicho…
—He dicho que alguien me ha atraído hasta allí con el pretexto de una reunión con ella, no que me atropellara ella. Cuando el coche estaba lo bastante cerca, he visto que me había equivocado y que no era Li Xiu quien conducía.
—Entonces, ¿quién?
Se le dilatan las fosas nasales. Su voz rezuma ira al pronunciar el nombre.
—Imhotep.
Inclino la cabeza para ocultar mi sorpresa.
—¿Y no ha terminado de rematarte? Quiero pensar que Imhotep no es tan iluso como para darte por muerto así como así.
—No me ha dado por muerto. He sido lo suficientemente rápido como para evitar lesiones más graves y luego he huido.
Eso sí que me lo puedo llegar a creer.
—¿Él sabe que lo has visto?
—No creo, no.
—Entiendo. ¿Y qué papel juega Li Xiu en todo esto?
Traga saliva.
—No la siento, Lilit.
—¿Cómo?
—Li Xiu y yo fuimos amantes durante siglos.
Intercambiamos sangre tan a menudo y durante tanto tiempo que, incluso después de poner fin a nuestra relación, he sido capaz de sentirla.
Pero esta noche, por mucho que lo intente…
, no la encuentro por ningún lado. La llamo a través de nuestro vínculo de sangre y no me responde.
—Su rostro severo está marcado por el dolor —. Eres la única en quien confío, Lilit.
—¿Por qué?
—Porque tú no le harías daño. Tú también la amabas. Eres su amiga.
Me asalta un recuerdo: las dos comiendo dulces esponjosos con las manos, riendo. Su boca, que sabía a especias y cerveza. Mis sentimientos hacia Li Xiu son confusos y complicados, han tenido sus altibajos, pero ella es la presencia más duradera en mi vida.
Bueno, lo era, si lo que dice Atukhos es cierto.
—Ninguno de nosotros es lo bastante fuerte como para hacerle daño a Li Xiu, Atukhos. Tampoco Imhotep.
—Imhotep ha podido tener la posibilidad de pillarla desprevenida. —Se presiona la palma de la mano contra la herida, que ya se está curando. Probablemente estará como nuevo en cuestión de días.
—Pero ¿por qué lo haría?
No parece tener una respuesta que darme.
—No tengo ni la menor idea. ¿Quizá por una pelea de enamorados? Pero ¿por qué venir a por mí?
Nos quedamos en silencio un momento, con las ocasionales gotas de condensación como único sonido de fondo, mientras considero si es prudente revelarle los acontecimientos de hoy.
—Wenceslaus está muerto —le informo, procurando sonar neutra.
La sorpresa de Atukhos es contenida y, por eso mismo, me parece aún más genuina.
—¿Lo has matado tú?
—No. Supongo que ha sido cosa de la misma persona que ha intentado acabar conmigo.
—¿Alguien te ha atacado? ¿Hoy?
Asiento con la cabeza.
—¿Quién?
—No lo sé. Pensaba que era uno de los hombres de Wenceslaus, pero ahora que mencionas que Imhotep ha ido a por ti…
—¿Y si todo esto viene por Silas, el antiguo amante de Imhotep?
Quizá no debería haber dado por sentado que quince años sin represalias equivalían al perdón.
No obstante, si Atukhos está en lo cierto, esto no es un asunto personal contra mí.
Más bien parece que Imhotep está acabando con todos los líderes de linaje.
—No se rendirá hasta que estemos muertos —dice Atukhos —. No puedo detenerlo yo solo.
—¿No tienes a ninguno de tus hombres aquí?
Niega con la cabeza. El protocolo dicta que debemos venir solos, así que no me sorprende. Wenceslaus era la excepción, y se lo permitíamos porque…, bueno, porque era un tocapelotas sin remedio. Al final acabaré echando de menos a ese capullo, lo cual me toca aún más las narices.
¿Y si Li Xiu ha muerto de verdad? Hay recuerdos que solo ella y yo compartimos. Acontecimientos mundiales que presenciamos juntas. Momentos en el tiempo, fragmentos de historia que nadie más en toda la humanidad podría imaginar jamás. Si se ha ido, ahora son solo míos.
—¿Tienes algún plan? —le pregunto a Atukhos.
Se queda en silencio durante un buen rato.
—Imhotep no sabe que le he visto la cara ni que sé que Li Xiu ya no está. Podría convocar un consejo mañana e invitarlo. Si acude, podré vengarme por lo que le ha hecho a Li Xiu. Y por lo que nos ha hecho a ti y a mí. Pero necesitaré tu ayuda.
Cierro los ojos. Veo rostros antiguos y violencia sin sentido. Con el corazón resignado y cargado de dolor, respondo:
—Vale. Te ayudaré.