Capítulo 12
E l primer pensamiento disperso que capto de Roman es: Me voy a correr en los pantalones.
Suena confuso y desesperado. También incorrecto, dado que no lleva pantalones. Pero la erección que se agita bajo sus calzoncillos es difícil de obviar y su sangre está tan fresca que percibo el calor de su excitación como si fuera mío. Me tenso y se me nubla la visión.
Va cachondísimo, y yo también.
Entonces procesa mis palabras. Siento cómo su significado cala hondo, y me doy cuenta de que acabo de decirle a Roman que se está muriendo con el mismo tono que usaría para decirle a alguien que la mantequilla de cacahuete que está a punto de untar en su tostada está caducada.
Su siguiente hilo de pensamientos es algo así como: ¿Cómo…? Mierda. Joder.
—¿Cómo lo sabes?
Roman.
Roman se está muriendo.
Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que experimenté una conmoción de esta magnitud que me cuesta interpretar las reacciones de mi cuerpo. Dedos temblorosos. Opresión en el pecho. Un escozor en los ojos. Intento regularlo todo, luego solo una parte, y finalmente me rindo.
—El sabor, Roman. Tu sangre está… —Niego con la cabeza. Le acaricio la mejilla, aliviada al sentir que su piel aún está caliente. Está vivo. Hay tiempo. Podemos arreglarlo —. Estás muy muy enfermo. Tienes que ir al médico. Ahora mismo.
No se mueve. Solo se queda mirándome con el rostro impasible.
Ah.
Ah.
Claro.
Vuelvo a dejar la mano sobre mi regazo.
—Ya lo sabías.
No dice nada. Debe de haber descubierto solito cómo impedir que los pensamientos se le escapen de la mente, porque de repente hay un muro que lo mantiene aislado. No capto nada de su expresión y menos aún de la conexión sanguínea que ahora nos une.
—¿Qué tienes? —pregunto con calma.
Se ríe en silencio, apenado.
—¿No puedes diagnosticarlo por el sabor?
—No tienes diabetes mellitus, esto no es el siglo xvi y me he bebido tu sangre, no tu orina —espeto, incapaz de suavizar el tono.
Superada la sorpresa, aparece la rabia. Él sabía que estaba enfermo.
Lo sabía y no me lo ha dicho. Estoy más cabreada de lo que puedo expresar con palabras, tanto que no tengo intención de plantearme si mi reacción es justificable o si Roman se la merece —. ¿Qué tienes? —repito con más dureza.
—Un tumor en el cerebro. En los astrocitos, para ser exactos, que son un tipo de célula que…
—¿Glioblastoma?
Él asiente y yo cierro los ojos.
No.
No.
—¿Síntomas?
—Un poco de náuseas y pérdida de peso. Convulsiones y dolores de cabeza, aunque he podido controlarlos con la medicación adecuada. Creo que mi visión también está empeorando, pero eso es nuevo.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Cuánto tiempo hace que lo sé?
Fijo la mirada en él, sin pestañear. Sabe perfectamente lo que le estoy preguntando, porque suspira.
—Siendo realistas, seis meses.
Giro la cabeza hacia otro lado. Luego vuelvo a mirarlo.
—¿Tratamiento?
Niega con la cabeza.
—No es posible reseccionarlo. La radioterapia y la quimioterapia solo me darían unos meses más.
—¿Has rechazado tratarte?
—Bueno… —Se rasca la sien. Parece agotado, como si no pudiera soportar tener esta conversación otra vez.
Una pena, pienso.
—¿Por qué?
—Analicé los pros y los contras y tomé una decisión.
—¿Sin consultarlo con nadie?
—Lo hablé con mi doctora. ¿Con quién más debería haberlo hablado, Lilit? No tengo familia. Pero ¿sabes quiénes sí tienen una familia a la que cuidar? Mis amigos, a los que no quiero hacer pasar por el calvario de presenciar cómo me voy deteriorando.
— Conmigo, Roman. ¿Por qué no lo hablaste conmigo?
Venga ya, Lilit. Sabes perfectamente por qué.
Su voz resuena en mi cabeza, tan clara como si hubiera pronunciado las palabras a viva voz. Aprieto los puños para evitar darle una bofetada y noto cómo me rompo una uña contra la palma de la mano.
—Roman, eres consciente de que yo te puedo ofrecer una solución a este problema, ¿no?
En su mente, mi oferta se convierte en un montaje desordenado de imágenes borrosas. En la mayoría de ellas, yo soy igual de joven que siempre y él es viejo y frágil, o joven y frágil, y necesita mis cuidados. Le causa tanto rechazo que enseguida aleja ese pensamiento.
—Esto no es algo que se pueda solucionar, Lilit. Me estoy muriendo porque así debe ser.
—Yo también se suponía que debía morir. Pero aquí estoy. —Una amarga mezcla de desesperación e incredulidad me sube por la garganta. Me obligo a tragármela —. ¿No lo entiendes? Eso es lo que son los renacidos, Roman. Personas que resucitan. Caminantes que trascienden a la muerte.
—¿Estás…? Espera. —Abre mucho los ojos al comprenderlo y suelta una carcajada —. ¿Me estás ofreciendo convertirme en alguien como tú?
—Sí. No puedo garantizar que el ritual funcione, pero soy lo suficientemente poderosa como para que las probabilidades jueguen a nuestro favor. De todas formas, tampoco es que vayas a vivir mucho si no te conviertes, así que…
—¿Y luego qué, Lilit?
Me quedo en silencio, con los pulmones oprimidos.
—Luego estarás vivo, Roman.
—Y después de convertirme en un renacido, en parte de tu linaje, ¿qué harás conmigo?
—Bueno… Serás libre de hacer lo que quieras.
No estarás… Pertenecer a mi linaje no te convierte en mi posesión.
No anula tu libre albedrío. Este no es un contrato que te ate a mí para siempre.
Habrá un periodo de adaptación, claro, pero después de eso podrás…
viajar. Podrás volver a ejercer la medicina.
Podrás tener un perro. Podrás… Dijiste que querías formar una familia. ¡Podrás adoptar a un niño, si quieres!
Una vaga imagen de una fantasía aflora a la superficie de su mente.
En ella, estoy embarazada tras un largo y satisfactorio proceso de «intentarlo».
Entonces hay un corte brusco y él y yo pasamos a estar rodeados de niños y niñas que son, en su mayoría, versiones más pequeñas de mí.
En este escenario, el impacto de su material genético es de lo más insignificante.
Se me escapa una exclamación de sorpresa y él vuelve a encerrar sus pensamientos, aunque no sin antes dejar entrever un atisbo de vergüenza.
—Sí. —Desvía la mirada. Tiene la voz ronca —.
Sí. Eso es lo que… No, gracias. Dudo que lo de jugar a ser un asesino sea para mí.
Tampoco lo de consumir personas como si fueran un puto rollo de papel higiénico ni lo de sentarme en mi torre de marfil, ebrio de poder y riqueza, mientras otros sufren.
No creo que quiera convertirme en alguien como tú.
El dolor de su rechazo es tan tangible y físico que me presiono la palma de la mano contra el abdomen.
Siento como si me hubiera clavado una navaja ahí.
Hay una herida abierta. En realidad, no: estoy sana y salva.
Esto no es más que una nueva traición, una que aún no había experimentado, una que trae consigo un tipo de sufrimiento que desconocía.
—Sabes que podría obligarte si quisiera, ¿verdad? —espeto —. No necesito tu permiso.
—No serías capaz.
—¿Cómo sabes si…?
—Porque puede que haya pasado diez años sin saber lo que eres, pero te conozco lo suficiente como para detectar cuándo vas de farol, y tú nunca harías eso.
—Se pasa una mano por la cara. Luego, con ese tono de médico explicando cosas que hasta ahora tanto adoraba, dice —: Mira, recibí el diagnóstico hace semanas.
He tenido tiempo para asimilarlo. No ha sido fácil y lo que viene ahora tampoco lo será, y…
ya no tiene sentido mentir. Me hubiera encantado quedarme dormido con la cabeza en tu regazo entre turno y turno hasta los noventa y cinco años, pero eso no va a ocurrir.
Si alguien tiene que morir joven, mejor que sea el tío solitario y obsesionado con una criatura inmortal que, de todos modos, no habría formado parte de su futuro.
Nunca he descubierto cómo ser feliz si no es estando a tu lado.
Mejor que el enfermo sea yo y no un marido y padre devoto.
Así que, si estás empeñada en darle la inmortalidad a alguien, quizá deberías empezar por…
—Me dijiste que había otra mujer, Roman.
Se sonroja y gira la cabeza hacia un lado.
El alcance de mi rabia me preocupa.
—No hay nadie, ¿verdad? Solo estabas… Querías alejarme de ti.
Ibas a ponerte cada vez más enfermo y quisiste desaparecer para que yo creyera que eras feliz con otra persona.
Pero dentro de un año, si es que aguantaba tanto, habría venido a ver cómo estabas y me habría encontrado con que…
—Se me quiebra la voz. Me pongo de pie y empiezo a andar en círculos, incapaz de quedarme quieta.
Es entonces cuando oigo, como un eco en mi cabeza: Por su bien… La quiero… tanto… Por su bien…
Me doy la vuelta de golpe.
—Y una mierda. Si me quisieras no estarías haciendo esto —espeto. De repente, mi cara está a centímetros de la suya y mi dedo dándole golpecitos en el pecho con tanta fuerza que le hago una herida. Cuando noto el olor a sangre fresca, doy un paso atrás, horrorizada.
Necesito que se aparte. Necesito que me tenga tanto miedo como yo me tengo a mí misma. Necesito que se dé cuenta de que podría obligarlo a hacer lo que yo quisiera, y de que puedo ser la mala de verdad.
Siento como si mis entrañas quisieran abrirse paso a puñetazos para salir de mi cuerpo.
—Necesito estar a solas un momento.
—Lilit…
—No.
Entro con paso firme en la sala de estar y cierro de un portazo.
Paso más de una hora allí, con los ojos cerrados, respirando hondo, buscando a tientas algo a lo que aferrarme, aunque sin mucho éxito.
Para cuando confío lo suficiente en mí misma como para estar en presencia de Roman, él ya se ha quedado dormido.
Porque, cómo no, todos los acontecimientos de esta noche han sucedido justo después de uno de sus frecuentes turnos de veinticuatro horas. Hay que joderse.
Lo observo, tumbado boca arriba en la cama, hermoso y frágil, y por fin comprendo lo que quieren decir los poetas cuando hablan de la delgada línea que separa el amor del odio.
Cojo mis zapatos y me marcho.