Capítulo 11 #3
—Genial. Si tu… novia se queja, puedes decirle que no tenías otra opción. —Esbozo una sonrisa —. Te doy permiso para que me hagas quedar como la mala.
Sus ojos se vuelven vidriosos por un instante. Luego se recompone y desvía la mirada hacia la ventana, donde la nieve difumina el horizonte nocturno de Chicago.
—Según me cuentas, has estado matando gente a diestro y siniestro, Lilit. Puede que seas la mala de verdad.
—Tienes razón. —Nos quedamos de pie, incómodos, en medio del dormitorio, como si hubiéramos aprendido cómo funcionan las piernas hace una hora y no hubiéramos pasado innumerables noches juntos en hoteles como este.
Concentro toda mi atención en alisar las arrugas de mi vestido de seda y luego pregunto —: ¿Quieres ducharte primero?
—No, tranquila.
—Insisto.
—Tampoco tengo nada limpio que ponerme.
Siento cómo se me tensa la cara.
—Intentaba ser educada, pero llevas un rato oliendo a fluidos corporales, y no de los apetecibles. Por favor, ve a lavarte los restos del córtex prefrontal de Wenceslaus del pelo.
Roman se muerde los labios para no sonreír y se mete en el baño. Me dejo caer sobre el colchón, agotada, y decido llamar a Viktor para ponerlo al día. Me encuentro con varias llamadas perdidas, tanto de él como de otros miembros de mi linaje.
Y un único mensaje.
Conservatorio del parque Garfield. A medianoche.
La madre que me…
Me incorporo. Valoro qué opciones tengo. Para cuando oigo que se cierra el agua de la ducha, ya he ideado un plan y enviado una respuesta.
Roman sale del baño vestido solo con unos calzoncillos bóxer, seguramente porque es la única prenda que no está empapada de bilis o jugo pancreático. Es lo más alejado de un intento de seducción y, sin embargo, me quedo sin aire, tanto por su belleza como por los recuerdos que me trae.
Hubo un tiempo en el que tenía concedido el acceso a su cuerpo. Pero ya no, y eso se me hace insoportable.
—Tengo que hacerte una petición —comienzo —. Y aunque me espero que tu primera reacción sea decir que no, necesito que sepas que no te lo pido por motivos egoístas, y que si no fuera imprescindible no…
—Quieres beber mi sangre —dice con calma. Se sienta en el borde de la cama, justo a mi lado. Noto que el colchón se hunde —. Así podrás localizarme en caso de que nos separemos.
Parpadeo.
—Joder, qué listo eres.
—Yo también lo he pensado. Es una conclusión bastante lógica.
—Claro. —Su pelo, que cuando está mojado siempre es más ondulado y oscuro, está un poco revuelto. Me muero de ganas de peinárselo con los dedos —. ¿Te parece bien?
Empieza a asentir, pero se detiene.
—Dijiste algo sobre que tendrías acceso a mis pensamientos, ¿puede ser?
—Sí, pero no es tan simple. No es que vaya a leer todo lo que se te pase por la mente ni mucho menos. Es posible que capte algún que otro pensamiento suelto, sobre todo si es muy… estridente.
—No sé si entiendo lo que significa eso.
—Ya, bueno. Si quieres puedo enseñarte a proteger tus pensamientos. Es un proceso muy intuitivo. Te prometo que no escucharé a menos que sea necesario, y que si te rastreo será por tu seguridad.
—Vale. —Me reconforta que confíe en mí tan fácilmente. Nadie debería tener tanta fe en mí, pero aun así la codicio y me entran ganas de atesorarla en mi interior. Quiero ser digna de él. No tengo remedio —. ¿Cómo funciona? ¿Debería hacerme un corte? ¿Te sería más fácil así?
Mi pulso se acelera, desesperado. Debo aclararme la garganta para poder hablar.
—No hace falta. Mis dientes se encargan.
—¿No quedaría más limpio con una incisión? Creo que minimizaría el riesgo de infección.
—No te preocupes, para eso está mi saliva.
—¿Tu saliva tiene propiedades curativas?
—Sí. Y analgésicas también. La sangre oxigenada de un organismo vivo desencadena la producción de esas enzimas. Cosas de chicas milenarias.
—Probablemente un receptor acoplado a la proteína G. —Parece fascinado —. De aquí se podría sacar un artículo científico muy interesante.
—La revista New England Journal of Medicine tendrá que sobrevivir sin publicarlo, ya lo siento.
Sonríe.
—¿Dónde quieres morderme?
No me enorgullece admitir que tengo que apretar los muslos.
Ojalá mi cuerpo no estuviera respondiendo ya de forma tan dramática ante la perspectiva de lo que estamos a punto de hacer.
Ojalá esta simple oferta que me hace con el único fin de asegurar su supervivencia no me provocara fuegos artificiales en el estómago.
¿La primera vez que probé la sangre estaba así de emocionada? ¿Sentía esta hambre voraz?
Me doy asco.
—El brazo suele ser lo más fácil —respondo con voz tranquila.
—¿No es el cuello?
Siento un calor que se expande por detrás del ombligo y me invade el vientre.
—En el cuello también hay buenas arterias —le confirmo a Roman, un médico formado y en activo, que me hace el inmenso favor de no reírse en mi cara.
—¿Y aun así prefieres otro lado? Conque todas esas historias son puro cuento, ¿eh?
—No. No, el cuello me parece un buen sitio. Lo que pasa es que es más íntimo. Requiere más proximidad.
A Roman le cambia la expresión y luego se queda impasible. No muestra ninguna emoción mientras alza la muñeca para acercarla a mi boca, y yo intento ser igual de profesional al cogerle el brazo con cuidado.
Uf.
La espera ha sido larga. Recuerdo una tarde, hace dos años. Estábamos manteniendo relaciones y lo tenía dentro de mí. El otoño acababa de empezar y el aroma a petricor y hojas secas se colaba por la ventana. Era la hora del atardecer.
Yo me aferraba a su pecho con la mano derecha mientras lo cabalgaba.
Sentía tanto placer y su corazón latía tan fuerte y tan cerca de la superficie de la piel que tuve una alucinación febril y absurda: me imaginé que su sangre me estaba suplicando pasar de su cuerpo al mío.
Él me tenía agarrada por las caderas y, cuando se corrió dentro de mí repitiendo mi nombre, entre obscenidades y menciones a lo mucho que me deseaba «para siempre, para siempre», abrí la boca y la acerqué a la base de su garganta. Pensé: Es el momento.
Y entonces me detuve. Esta noche, en cambio, no me detengo.
Ni siquiera permito alargar la tensión del momento antes de perforarle la piel.
El corte que le provoco no es limpio ni preciso.
Debe de doler, porque oigo a Roman quejarse entre dientes.
Hasta que ese sonido se convierte en un gemido y el mundo se reduce a esto.
Solo necesito dos sorbos, nada más. Dos sorbos y podré seguirle la pista durante mucho, muchísimo tiempo. Dos sorbos y habré terminado.
Uno.
Dos.
Tomo cuatro más antes de conseguir separarme de su vena. Lamo la herida, reacia a desperdiciar ni una sola gota, y la cierro. Mientras tanto, su sangre me llena el estómago, espesa y rica, con un sabor tan exquisito que podría desmayarme de gozo.
Por primera vez en cinco mil años, comprendo el verdadero significado de la sed de sangre.
Y entonces ocurre. El regusto me golpea como una bofetada, repentino y sin piedad, y caigo en picado de vuelta a la realidad.
Alzo la vista y me encuentro con los ojos vidriosos de Roman. Lo único que soy capaz de decir es:
—Te estás muriendo.