Mortal & Inmortal Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—No, no es que considere que los mortales son inferiores ni que agredirlos está justificado, simplemente se la suda. Los compañeros que ha tenido siempre han sido otros renacidos, solo se centra en los de nuestra misma especie.

—¿Y por «compañeros» te refieres a…?

—Amantes, sí. Ahora está con Imhotep. Antes estaba con Atukhos. Antes de eso, con Karna, Felix, Abdʿashtart, yo, Wu Shin…

—¿Tú? —pregunta Roman con tono de estupefacción. A juzgar por lo blancos que se le ponen los nudillos con los que se aferra al volante, no sé si es sorpresa o rabia lo que siente —. ¿Cuándo?

—Uf, hace siglos.

—¿Siglos en el sentido literal de la palabra?

—Así es. En la antigüedad. Nos queríamos mucho, pero nunca encajamos del todo.

Incluso cuando me dejó, que yo estaba con el corazón roto e inconsolable, sabía que éramos demasiado parecidas en algunos aspectos y demasiado diferentes en otros.

Como he dicho, a ella solo le interesan otros renacidos, mientras que yo prefiero la compañía de los mortales.

También creo que ella siempre se ha inclinado más por la monogamia, mientras que yo me sentía más a gusto probando suerte con miles de amantes mortales…

—¿Miles?

—Bueno, sí. Probablemente. No he llevado la cuenta.

Su mirada de reojo me resulta ligeramente acusadora, así que frunzo el ceño.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—No sé. —Ahora él también está frunciendo el ceño —. ¿El ramen, quizá?

—¿Cuántas veces has comido ramen en tu vida?

—Yo qué sé, no las cuento. ¿Cientos, quizá?

—A eso me refiero. El sexo, como comer ramen, es una actividad placentera, pero no llevamos una cuenta meticulosa de las veces que disfrutamos de nuestra comida favorita, ¿verdad? —Sigo percibiendo en él cierta rigidez —. ¿Me estás tachando de guarra, Roman?

—¿Qué? No. No. Solo que…

—¿Ajá?

Gira por una calle a la derecha y se muerde el interior de la mejilla.

—Solo estoy preguntándome si fue por eso.

—¿Si fue por eso el qué?

—Que te fijaste en mí. Porque soy un mortal.

—Ah. —Apoyo la sien contra la rodilla para mirarlo mejor. Tiene una mancha de sangre en la base de la mandíbula. Aunque no haya sido de forma directa, yo soy la culpable de que esté ahí —. Hay muchos mortales en el mundo, Roman.

—Unos ocho mil millones, según vi la última vez que lo consulté.

—Más, de hecho. Lo que significa que podría acostarme con diez personas diferentes cada día y, aun así, no estaría ni de lejos cerca de quedarme sin opciones.

—Al ver que no aparta la mirada de la carretera, añado en voz más baja —: Para mí es arriesgado quedar con la misma persona dos veces.

La gente empieza a sospechar, hace preguntas y se da cuenta de cosas.

Antes de ti, Roman, nunca había repetido con nadie.

Y mucho menos había mantenido una relación de diez años.

—Me permito sonreír —. Estaba contigo porque estoy enamorada de ti.

Si hubieras sido un renacido, me habría enamorado igualmente y no habría supuesto ninguna diferencia.

Veo cómo se le mueve la nuez al tragar saliva. Tras un largo silencio, dice con un tono de lo más neutro:

—No llevo la cuenta de cuántas veces he comido ramen, pero sí que recuerdo todas las veces que hemos estado juntos.

Le creo. De hecho, diría que yo también me acuerdo.

Soy incapaz de mirarlo sin que me asalten los recuerdos: las noches en las que nadamos en el lago, mi mano agarrándole el cuello, su rostro descompuesto y mi cuerpo desmoronándose mientras él me empotraba y me susurraba al oído: «Estás a punto, lo noto. Uf, así me gusta».

No debería recordar estas cosas, pero me es imposible.

Se aclara la garganta.

—¿Hay algún bien que poseas y que alguien pueda obtener si te quita de en medio?

—¿Cosas materiales, te refieres? No, la verdad es que no. Los renacidos somos la personificación de la riqueza generacional, no hay prácticamente nada que no se pueda comprar con los medios de que disponemos.

—Entonces, si estás segura de que no es por poder ni por dinero, ¿qué otros motivos quedan? ¿Existe la posibilidad de que vayan a por ti para extraerte información?

—Hmm… —Me doy golpecitos en la pantorrilla con los dedos.

¿Existe? Silas estaba sin duda dispuesto a matar a cambio de descubrir cómo crear nuevos renacidos, pero los demás líderes ya conocen el ritual.

Además, matarnos sería una forma muy poco efectiva de aprenderlo —.

No se me ocurre nada que pueda interesarle a nadie, aunque tampoco pondría la mano en el fuego.

Al fin y al cabo, estoy al tanto de la mayoría de los secretos de los inmortales.

Quizá es solo falta de imaginación por mi parte.

—¿Y qué hay de una posible venganza? —Arqueo una ceja.

Me hace un poco de gracia que considere esta opción, pero él ni se inmuta —.

Puede parecerte dramático, pero si algo he aprendido hoy tras la clase introductoria a la cultura de los renacidos es que os gusta más el drama que a un tonto un lápiz.

—No puedo contraargumentar esa afirmación. —Suelto una risita mientras estiro las piernas. Al ver cómo las mira, opto por ignorar el calor que me nace en el vientre. Ha roto contigo, imbécil. Hace unas dos horas, además  —. Normalmente nuestra realidad no es tan caótica.

Arruga la nariz. De todas sus expresiones faciales, esta siempre ha sido una de mis preferidas.

—No sé yo si creérmelo.

—Míralo, diez años de calma y tranquilidad y, en cuanto te enseño un par de escenarios del crimen, ya resulta que soy aquí una yo qué sé.

Sonríe.

—Entonces, ¿no hay nadie que te guarde rencor?

—No que yo recuerde. Bueno, maté tanto al sire de Aapo como a una de las amantes de Imhotep. —Ojalá pudiera decir que la expresión dolida de Roman es injustificada —. Lo sé, lo sé. Pero eso fue hace mucho, y ninguno de los dos parece estar resentido.

Se masajea la sien.

—En ese caso, tengo una última pregunta.

—Oye, me está gustando mucho este lado tuyo.

—¿El lado que está cagado de miedo por si te pasa algo, a pesar de que has conseguido mantenerte con vida más tiempo del que llevan extintos los mamuts?

—Yo no estaba viva cuando… —Me fulmina con la mirada —.

Vale, técnicamente sí, pero por aquel entonces no había ninguno en este continente, solo frente a la costa siberiana.

Lo que quiero decir es que me gusta tu forma de pensar.

El proceso de eliminación que sigues. Es como si estuvieras haciendo diagnósticos diferenciales.

—Sonrío —. En fin, ¿cuál es la última pregunta?

—De los líderes que hay ahora mismo en la ciudad, ¿hay alguno en el que confíes ciegamente?

Pienso en Li Xiu, a quien quiero muchísimo, aunque no siempre logro comprender.

—Es complicado.

—Li Xiu y tú estuvisteis enamoradas, según has dicho.

—Sí, pero… la confianza, la lealtad, la amistad y el honor no son conceptos inmutables.

Cambian con el tiempo y según las culturas.

No sabría decirte cómo los interpreta ella ahora mismo.

—  Sin embargo, si Li Xiu tuviera que eliminarme, lo haría.

No necesitaría complicarse tanto. Y, aun así, creo que lloraría mi pérdida tanto como yo lloraría la suya, pienso para mis adentros.

Por impulso, cojo el móvil.

—¿A quién llamas?

—A Li Xiu.

—¿Has decidido que confías en ella?

—He decidido que, si alguien va tras ella, no quiero que la pille desprevenida. —Escucho el tono de llamada —. No contesta.

—¿Suele contestar siempre a la primera?

—Bueno, ninguno de nosotros suele estar a todas horas hablando por el chat grupal, pero sí que es verdad que ella es especialmente reacia a usar la tecnología y no entiende qué le ve la gente a eso de estar localizable en todo momento.

Quizá esté con Imhotep. Supongo que podría probar a llamarlo a él.

—Pero ¿confías en él?

—No ha hecho nada para merecer mi desconfianza, pero… —En lugar de a Imhotep, tomo la decisión en una fracción de segundo de llamar a Aapo, quien responde al instante.

—¿Dónde estás?

—Volviendo a Sudamérica antes de que la tormenta de nieve me deje atrapada en Chicago. —Suena aturdida, como si la hubiera despertado de una siesta —. ¿Por qué? ¿Tenemos otra reunión mañana? ¿Viktor ha matado a otro de los juguetitos de Wenceslaus?

—Wenceslaus está muerto.

Se hace el silencio.

—Ah.

—Sí.

—¿Ha sido cosa de tu juguetito?

Suelto un bufido.

—Aapo, me sé de alguien que barrería el suelo con tus greñas y te echaría a una jaula de ratas por llamar así a Viktor.

—¿Eso es un no?

—No sé quién lo ha hecho, pero a mí también me han atacado. Como ahora que él ya no está tú eres la más joven y el blanco más fácil de todos los líderes, quería avisarte de que vayas con cuidado.

—Ah. —Una breve pausa —. ¿Cómo sé que esto no es una de tus jugadas? Quizá te has cansado de nosotros. Al fin y al cabo, los mortales son tu afición predilecta. Todos sabemos que eres una de esas personas que piensan que los perros son mejores que los humanos.

«Por ahí», le digo a Roman moviendo los labios sin hablar, y señalo hacia un punto concreto más adelante. «Métete en el aparcamiento». Y entonces, justo antes de colgar, le respondo a Aapo:

—No tienes forma de saberlo. Tú estate alerta, ¿vale?

Después de cambiar de coche y dar unas vueltas más para asegurarnos de que no nos siguen, nos registramos en un hotel donde estoy medianamente segura de que no nos asesinarán mientras dormimos. Es una suite grande, con una sala de estar que da al dormitorio.

—No vas a dormir en una habitación separada de la mía —le digo a Roman cuando veo la cama de matrimonio —. No es que crea que alguien va a irrumpir en mitad de la noche con lo alta que está esta habitación y la puerta blindada que tiene, pero por si acaso.

—Me parece buena idea.

Me detengo a medio quitarme los zapatos.

—¿Hmm?

—Es mejor que nos quedemos juntos.

—Ah.

—Lilit, no soy tonto. Tú eres lo único que evita que sea masacrado por criaturas inmortales y omnipotentes cuyas habilidades ni siquiera comprendo. Compartir habitación es lo más lógico.