Capítulo 11
-¿C uál de los dos es Wenceslaus? —pregunta Roman unos minutos más tarde.
Lleva los vaqueros manchados de sangre de cuando se ha arrodillado junto a uno de los cadáveres en un intento de reanimarlo y la manga derecha de su jersey huele a algo que podría ser líquido cefalorraquídeo.
A su alrededor, cada cojín, cada mueble, cada centímetro del suelo de madera está empapado de los fluidos que expulsa el cuerpo humano al zarandearlo sin tener en cuenta las leyes de la física.
En general, diría que lo está llevando bastante bien.
—Wenceslaus es… el que tiene más cara de llamarse Wenceslaus.
Roman esboza una mueca, pero se gira en la dirección correcta. Sorprendentemente, a pesar de haber acabado desmembrado, su larga y áspera barba se ha mantenido casi intacta, conservando su color original.
Pobre Wenceslaus. Me imagino que estaría complacido.
—¿Y el otro?
—Su mano derecha, creo. —Yo también tuerzo el gesto al mirar al hombre que hace solo unas horas arrojaba el cadáver de Grigori delante de mí —.
Esto va a traer cola. El linaje de Wenceslaus ya era de por sí joven y necio.
Quienquiera que tome el relevo es poco probable que tenga suficiente poder para mantenerlo.
Roman escucha con atención, como si las cuestiones políticas de un sector de la población que esta mañana ni siquiera sabía que existía le resultaran de gran interés.
—Sus cuerpos aún están calientes. Si la fisiología de los renacidos no difiere demasiado de la de los humanos, hace muy poco que han muerto.
—De los mortales.
—¿Qué?
—Nosotros también somos humanos. Simplemente no somos mortales. Y, sí, tienes razón. Quienquiera que haya hecho esto se ha ido poco antes de que llegáramos nosotros. A juzgar por cómo se ha desarrollado la pelea, solo había un atacante.
—¿Cómo lo sabes?
—La escena me lo dice. —Señalo una salpicadura especialmente grotesca en la pared, junto a la puerta —.
¿Ves eso? El asesino ha entrado en la sala y se ha dirigido directamente hacia Wenceslaus.
Cuando el otro renacido ha intentado detenerlo, lo ha empujado hacia atrás y su cráneo se ha partido contra ese cuadro enmarcado de…
¿es ese el actual Patriarca Ecuménico de Constantinopla?
—Me froto los ojos. Esta va a ser una noche larga —.
En fin, da igual. Confía en mí, tengo mucha experiencia interpretando las huellas de un acto violento.
—Entonces, si es cosa de un solo individuo, tiene que haber sido alguien muy fuerte, ¿no? Por tanto, mayor que Wenceslaus.
Asiento, reacia a admitir la verdad en voz alta.
—Uno de los otros líderes de linaje, casi con total seguridad.
—¿Dijiste que están en la ciudad?
—Algunos sí. —Me recuesto contra uno de los pocos tramos de pared que se ha librado de los fluidos corporales —. Somos nueve en total. Además de Wenceslaus, que es quien nos había convocado, hemos venido cinco líderes más al consejo. Tres no se han presentado.
—¿Puede ser que esos tres estén en la ciudad sin que los demás lo sepáis?
—Supongo. Es complicado llegar sin ser detectado por ninguno de nuestros informantes, pero si hubiesen venido con varios días de antelación…
es posible. Y, sin duda, eso les daría la ventaja del efecto sorpresa.
—Me planteo la posibilidad de que Pasiphaë, Casio o Karna hayan estado al acecho y nos hayan tendido una trampa.
Parece poco probable, dadas sus personalidades: una es demasiado ascética, el otro está demasiado ocupado follándose a su extenso séquito y el tercero es demasiado reacio a viajar a más de quince minutos del lugar donde nació.
Aunque, claro, cosas más raras se han visto.
Cuanto más reflexiono sobre quién ha podido causar esta masacre en la residencia de Wenceslaus, menos sé qué pensar.
—Tengo que decirte algo, Lilit.
Me obligo a mirar a Roman a la cara. Es tan guapo… Se merece un fondo mucho mejor que este ensangrentado. Dios, ya ni siquiera estamos juntos y sigo jodiéndole la vida.
—¿Sí?
Traga saliva.
—Después de que tú y yo… Después de vernos en la cafetería, al llegar a mi casa, he entrado, cerrado la puerta y me he sentado en el sofá.
Me he quedado allí, con la cabeza entre las manos, durante…
un buen rato. Hasta que me he obligado a levantarme e ir a la cocina, que es cuando he encontrado las gafas de sol y te he enviado un mensaje.
Pero, antes de eso, he estado ahí quieto durante al menos media hora.
Siento una dolorosa opresión en el pecho. Me quedo en silencio porque no sé qué decir.
—En ese momento, el renacido ya debía de estar arriba.
Lo que significa que, si hubiera querido matarme, podría haberlo hecho.
En realidad, habría sido pan comido. Podría haberme clavado este cuchillo —levanta el brazo — por la espalda y ni me habría enterado.
Ni tú tampoco, porque se suponía que no íbamos a volver a vernos. —Su voz se vuelve más áspera.
Solo de pensarlo me entra un miedo debilitante e inesperado que me obliga a esperar unos segundos antes de poder analizar lo que está insinuando.
—¿Quieres decir que el renacido debía de ir a por mí porque, de lo contrario, te habría atacado antes de que yo llegara?
—Podría ser. Ya sé que consideras que era un renacido demasiado joven para acabar contigo, pero… —traga saliva — ¿y si te hubiera pillado desprevenida?
—Eso le habría dado ventaja —admito.
—Entonces, piénsalo: quienquiera que haya enviado al atacante llevaba un tiempo observándonos. Sabía que estaríamos juntos. Sabía que vendrías a mi casa. Probablemente sabía lo que íbamos a hacer allí. Por eso el atacante estaba en el piso de arriba.
—Crees que contaba con el factor sorpresa. —«Con atacarte mientras hacíamos el amor», es lo que quiere decir.
Aprieta los labios.
—Su capacidad física estaba en clara desventaja, jamás habría conseguido vencerte en una pelea justa. A lo mejor también me habría matado a mí después de deshacerse de ti, pero yo no era el objetivo principal. Era el cebo.
Me dan ganas de reírme ante el destello oscuro y furioso de sus ojos y su tono serio.
—¿Por qué suenas como si estuvieses decepcionado?
—Porque, si mis sospechas son ciertas —dice acercándose a mí con el ceño fruncido —, significa que alguien va a por ti, y no tengo ni puta idea de cómo protegerte. Y eso no me gusta nada de nada.
Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que incluso mi viejo y atolondrado corazón se derrite.
No puedo evitar ponerle la mano en la mejilla y acariciársela con el pulgar.
Luego, cuando por fin noto que se ha destensado un poco, entrelazo los dedos con los suyos y, sin mediar palabra, lo llevo de vuelta al coche.
Esta vez Roman se mete en el asiento del conductor y yo no protesto, porque me vendrá bien tener un rato para pensar. Le doy la dirección del sitio al que vamos y lo observo conducir con confianza, incluso cuando la tormenta de nieve se intensifica.
—¿Por qué querría alguien hacer esto, Lilit?
—¿Te refieres a ir a por mí en concreto? ¿O a ir a por mí, Wenceslaus y Grigori?
—¿Grigori? Ah, el que mataron queriendo inculpar a Viktor.
—Sí. Así es como empezó todo este lío. Aunque, quién sabe, igual Grigori ni siquiera era un objetivo relevante.
Puede que lo mataran con la única finalidad de sembrar la discordia entre Wenceslaus y yo.
—Me quito los zapatos, doblo las piernas y las abrazo contra el pecho, reflexionando sobre la pregunta de Roman —. ¿Qué tenemos los tres en común?
—¿Alguna habilidad, tal vez? Aunque has dicho que Wenceslaus no era muy… poderoso. —Pronuncia la palabra con vacilación, como si hubiera aprendido un nuevo significado del concepto «poder» —. ¿La renacida más poderosa eres tú?
—Uy, no. El poder está muy relacionado con la edad, y Li Xiu es mayor que yo.
Tanto que ni siquiera estoy segura de que ella misma sepa la edad que tiene.
Imhotep y Atukhos, otros dos líderes, tienen más o menos mi edad.
Estaríamos igualados en una pelea. Aapo, la otra líder que está en la ciudad, es más joven, aunque no tanto como Wenceslaus.
No sé mucho sobre ella; es muy reservada.
—Entonces, Li… ¿Li Xiu? —pregunta para asegurarse, y yo asiento —. ¿Usa su poder para controlaros al resto o para hacer daño a los mortales?
Me río.
—¿Li Xiu? Qué va. A ella se la trae al pairo.
—En ese caso, si a Li Xiu le da igual y ella es la más poderosa, ¿quién hace rendir cuentas a los demás renacidos cuando se meten con los mortales?
—Servidora. —Me encojo de hombros ante su mirada de sorpresa —.
Créeme, no me apasiona ejercer de justiciera.
Pero a nadie más le importa lo suficiente como para asumir la tarea.
Mi linaje es fuerte y está bien organizado, con lo que puedo garantizar la seguridad de los mortales.
No sé muy bien cómo, nos hemos convertido en los defensores de la norma de «no matar a los mortales».
—¿Y eso hace que los demás te guarden rencor?
Lo pienso durante un rato.
—A Wenceslaus le molestaba, pero solo porque implicaba vigilar las acciones de sus renacidos.
Los demás… Lo que más me diferencia de los otros líderes, creo, es que yo sigo considerando que relacionarme con los mortales es una experiencia enriquecedora, mientras que ellos parecen haber superado esa etapa.
Aapo desaparece durante décadas para hacer quién sabe qué y luego reaparece sin dar ninguna explicación.
Atukhos es, ante todo, un guerrero: le encanta la disciplina y se pasa los días entrenando y aprendiendo técnicas de combate obsoletas, porque no concibe otras actividades que merezcan la pena.
Imhotep es un erudito, y quizá también un poco hedonista.
Le gustan las cosas bellas y no encuentra placer en la violencia.
Li Xiu… —niego con la cabeza — creo que ni siquiera recuerda que los mortales existen.
—¿Podría estar resentida contigo por haberte autoproclamado su defensora?