Capítulo 10 #3
—Los acepta a regañadientes. Si tiene un buen día. En fin, todas las pistas apuntan a que Wenceslaus envió a ese chaval, así que vamos a charlar con él. O, para ser más exactos, yo charlaré con él mientras tú te quedas en el coche.
—¿Sabes dónde vive?
—Sé dónde se aloja cuando está en la ciudad, sí. —Una llamada rápida a Pierre me ha proporcionado la dirección que necesitaba —. Falta descubrir si está en casa.
—¿Cuál es el plan una vez que estés allí?
—Voy a preguntarle si ha enviado él a ese chico.
—¿Y ya está?
—Sí.
—¿Es esa una forma fiable de averiguarlo?
—Lo es. Si lo ha enviado, no lo negará.
—¿Segura?
—Wenceslaus no tiene la capacidad intelectual suficiente para gestionar una mentira, y es un capullo moralista que cree que se le ha conferido un mandato divino; no es de los que se andan con rodeos.
Por eso espera que los demás tampoco lo hagan.
Si te soy sincera, no entiendo cómo ha podido sobrevivir tanto tiempo.
Bueno, sí, porque vive encerrado en un recinto con otros fanáticos religiosos.
—¿Y qué pasa si no ha sido él?
—¿Qué?
—Lo dices como si existiera la posibilidad de que haya sido otra persona.
Por supuesto, Roman sabe lo que pienso sin que tenga que decirlo en voz alta. Nos conocemos desde hace diez años, aunque en cierto modo parezca que nos hayamos conocido hoy.
Sin embargo, la herida en el cuerpo de Grigori, tan similar a la de Brígida; el collar con el escudo de armas ruso, tan fácil de encontrar…
Me parecen errores demasiado sencillos de rastrear.
Como una flecha gigante de neón que me ruega que mire a Wenceslaus y me enfade con él, y otra señal igual de llamativa que le pide a Wenceslaus que haga lo mismo conmigo.
—Si no ha sido Wenceslaus, ha sido otra persona que trata de sembrar la discordia entre nosotros, y eso sí que va a ser un quebradero de cabeza.
—Supongamos que el ruso admite haber intentado matarte. ¿Qué vas a hacerle?
—¿Qué quieres decir?
—¿Hay algún organismo al que puedas denunciarlo? ¿Tenéis un sistema penitenciario? ¿Creéis en la justicia restaurativa? ¿Cómo funciona la sociedad de los renacidos?
Muy buenas preguntas. Roman parece tener un interés genuino.
—Pues no existe una autoridad ratificada como tal dentro de nuestra sociedad.
En realidad, apenas se nos puede considerar una sociedad.
Probablemente somos más de los que jamás llegaré a conocer, y no tengo ninguna intención de hacer un censo.
Los líderes de linaje son, en cierto modo, gobernantes, pero no formamos parte de un órgano de gobierno oficial.
Simplemente tenemos el poder suficiente para imponer nuestra voluntad a los demás y somos lo bastante viejos y sabios como para querer mantener la armonía entre los linajes.
Roman no parece impresionado.
—¿Así que no tenéis una constitución? ¿Ni un conjunto de principios que todos compartáis?
—Hasta cierto punto, sí. En general, estamos de acuerdo en que la existencia de los renacidos debe ocultarse a los mortales y en que tenemos que protegerlos de aquellos renacidos que busquen hacerles daño, porque, aunque nuestras vidas sean más duraderas que las vuestras, no son más importantes.
Aun así, no hay una ley formal que lo estipule ni nada por el estilo.
—¿No deberíais elaborarla, entonces?
—Supongo que podríamos intentarlo, pero sería tan eficaz como tratar de vaciar el mar con una cuchara.
—¿Por qué?
—Para imponer normas, primero se necesita una estructura básica y funcional dentro de una sociedad. Y nosotros no estamos en ese punto.
—Vale. Entonces, vamos a ver a Win… Wen…
—Wenceslaus.
—Vamos a ver a Wenceslaus y él admite que ha intentado matarnos. ¿Qué toca después?
Parpadeo, confundida. Solo entonces caigo en la cuenta de que, claro, Roman no tiene ni idea de cómo va esto.
—Voy a matarlo, Roman.
Abre los labios. Hace varios intentos fallidos hasta que logra decir:
—No puedes matar a la gente así como así, Lilit.
—¿Acaso no has visto que lo he hecho hace un rato?
—Eso ha sido en defensa propia. Estamos hablando de un asesinato a sangre fría. No puedes hacerlo.
Pongo cara de suspicacia.
—En realidad, sí que puedo.
—Lilit.
—Siempre que sean renacidos —añado deteniendo el coche frente a una propiedad que parece una villa.
Me desabrocho el cinturón de seguridad sin perder ni un segundo.
A través de las ventanas, vislumbro luces encendidas en algunas habitaciones, aunque las cortinas me impiden ver lo que hay dentro —. Creo que hemos llegado.
—Lilit, espera un momento. No puedes matar a alguien sin antes someterlo a un juicio justo.
—Me parece que lo que quieres decir es que no debería. Y quizá tengas razón. Pero, como ellos han intentado matarte primero, me da igual.
—Madre mía…
Fuerzo una sonrisa tranquilizadora, pero solo sirve para recordarle a Roman que tengo unos dientes capaces de traspasar la carne humana. Ups.
—Voy a hablar con él. Asegúrate de cerrar el coche y no salgas. Si un renacido quisiera entrar a la fuerza, eso no se lo impediría, pero, si se diera el caso, al menos tienes la opción de arrancar el coche y marcharte.
—¿Y dejarte ahí dentro?
—Exactamente.
Resopla, incrédulo. Cuando le lanzo las llaves se fija en algo.
—¿Qué te ha pasado en el brazo?
—¿Qué? Ah… Debo de haberme hecho un rasguño antes, durante la pelea.
Me coge la muñeca.
—¿Me dejas echarle un vistazo?
—No te preocupes. Ni siquiera me había dado cuenta.
—No he preguntado eso —replica con un tono tan cansado que no me atrevo a negárselo.
No es la primera vez que me examina heridas leves.
Estoy familiarizada con el tacto profesional de Roman, que es conciso y práctico, y con su tacto personal, más delicado.
Este es, sin duda, del primer tipo. La herida no es más que un rasguño y la rapidez con la que me suelta lo confirma, aunque me siente como un puñetazo en el estómago.
—¿Se supone que Wenceslaus está solo? —pregunta.
—Según la información que tengo, aterrizó ayer con uno de sus renacidos, pero nada más.
—Entonces seréis dos contra uno. Como mínimo. Más, si te equivocas.
—Cierto, pero soy más de dos mil años mayor que Wenceslaus, lo que me hace bastante más poderosa. Podría acabar con él y con diez de sus hombres fácilmente.
Vuelvo a sonreír, esta vez con los labios apretados, y me dispongo a salir del coche. Roman me detiene con una mano en mi rodilla.
—Aun así, preferiría que me dejaras entrar contigo.
Apenas contengo un gruñido al pensar en el por culo que ha dado hace menos de una hora.
Tenerte por ahí me estorbaría más o menos lo mismo que si apareciera una clase de parvulario, pienso, aunque no se lo digo.
Que vengas conmigo es tan útil como atarme un grillete con bola al tobillo.
De hecho, eso aún podría usarlo como arma.
Tú, en cambio, no me servirías ni para usarte como arma arrojadiza.
El problema es que, a mi extraña manera, que quizá no signifique mucho para él pero sin duda significa algo para mí, quiero a este hombre.
No me gustaría herir sus sentimientos, y disfruto del calor de su palma contra mi rodilla.
Así que respondo con bastante más aplomo de lo que debería y me limito a enarcar una ceja.
Roman pone los ojos en blanco. Luego, en un tono que reserva para sus pacientes más pequeños, dice:
—No es que piense que no puedes valerte por ti misma, Lilit.
Es obvio que luchar se te da mejor que a mí, incluso con tacones, y soy consciente de que mi presencia te estorbaría.
Si se desata una pelea, no voy a intentar interponerme en tu camino.
Pero, si te pasa algo y necesitas atención médica inmediata, quiero estar ahí para ayudarte lo antes posible.
—Estás un poco obsesionado con los tacones, ¿no?
Él reprime una sonrisa.
—Sabes que me gusta que te pongas tacones.
—Sí, es verdad. —Me siento tentada de responder con una pullita como: «¿Ella lo sabe?
¿También le pides que se deje los tacones puestos a veces?
¿Recuerdas aquella vez que queríamos salir a cenar, pero te gustó tanto lo que llevaba puesto que no llegamos a salir de casa?
De hecho, puedo contar como mínimo seis ocasiones en las que se repitió ese escenario». Me contengo.
Vale. Bueno, lo que acaba de decir tiene sentido. No puedo enfadarme con él por proponerlo, y menos cuando su complejo de salvador tamaño leviatán fue una de las primeras cosas que me atrajo de él.
—Si te dejo acompañarme, ¿te quedarás detrás de mí?
Asiente con la cabeza.
—De acuerdo. En ese caso, puedes venir. Pero —me inclino hacia el asiento trasero y le entrego una de las dagas que le he quitado al joven renacido —, si alguien te ataca, tienes que usar esto para protegerte. ¿Me lo prometes?
Sonríe aliviado.
—Te lo prometo.
No le tengo miedo a Wenceslaus, pero siento un nudo en la garganta mientras llamo a su puerta, porque Roman está detrás de mí y mi mente no puede evitar enumerar todas las formas en que su cuerpo mortal es frágil y vulnerable, y todas las posibilidades de que la situación se tuerza.
Me quedo un rato frente a la entrada, escuchando si hay latidos dentro, pero no oigo nada.
Llamo de nuevo. Y repito una tercera vez. Pasan los minutos sin respuesta.
—Voy a entrar. No te alejes de mí —le digo a Roman.
—¿Puedes entrar sin más?
—Creía que te había dejado clara mi postura respecto a las leyes de los mortales. Incluyendo el respeto a la propiedad privada.
—Ya, pero me refiero a que… ¿No hay que invitarte a entrar primero?
—¿Invitarme a…? Ah. —Sonrío y alzo la mano para acariciarle la mejilla —. Qué mono eres.
Se sonroja un poco, lo que lo hace aún más mono.
—Tampoco me parece una pregunta tan rara —murmura, tratando de recuperar la dignidad.
—No lo es, no.
—Ahórrate la condescendencia.
—Lo intentaré. —Le doy una palmadita en el pecho con bastante condescendencia y abro la puerta.
Al entrar, me encuentro un río de sangre.