Capítulo 10 #2
—Creo que soy capaz de deducirlo por el contexto —me interrumpe tajante —. Vaya, que tu famoso compañero de trabajo Viktor, que te llama más o menos una vez al día, no es un simple bróker, ¿no?
—Correcto.
—¿Vosotros dos pertenecéis al mismo… linaje?
—Así es. —Podría dejarlo ahí y Roman no insistiría en saber más, porque no tiene ni idea de que hay más que saber, pero, tras años de mentiras, la verdad me resulta adictiva y emocionante —. Él pertenece a mi linaje, para ser precisos. Yo soy quien lo convirtió.
—¿«Convirtió»? ¿No nacéis así?
—No.
—Has dicho que eres una renacida desde siempre.
—Ah, ya, perdona, solo era una forma de hablar.
Me refería a desde hace mucho, muchísimo tiempo.
Empezamos siendo mortales, como tú. Luego hay un ritual y nos convertimos.
Viktor era un artista, un escriba e ilustrador verdaderamente excelente.
Nunca había visto nada parecido a su maestría, así que, cuando enfermó, me ofrecí a convertirlo en uno de los nuestros.
Por aquel entonces, me importaba mucho mantener vivo el talento.
—¿Y ahora?
Suelto un leve resoplido.
—Ahora creo que lo mejor para los mortales es dejarlos en paz, que nacen un montón de personas con talento a cada rato y que la manera ideal de contribuir a que las artes prosperen es invirtiendo, financiándolas y no metiendo las narices donde no me llaman.
En fin, a lo que me refería es que soy la sire más antigua de mi linaje.
Viktor es de la segunda generación, por así decirlo, y la esposa de Viktor, Veronica, fue convertida por él, por lo que es de tercera generación.
—¿Eso no…?
—¿Qué?
—¿No roza un poco el incesto?
—¿Estás insinuando que Viktor no es solo el marido de Vero, sino también su padre? Porque es un poco asqueroso que hayas sacado esa conclusión. Puaj.
—Ah, ¿encima el asqueroso soy yo? —pregunta Roman desconcertado.
—Un poco depravado seguro.
—Has sido tú la que ha usado la palabra «generación». Los paralelismos familiares están ahí.
—Quizá tengas un complejo de Edipo.
—¿Me estás vacilando?
—Está claro que tu mente se desvía hacia lugares muy sucios e inapropiados.
—Lilit, ¿me estás diciendo en serio que tu gente nunca ha establecido la conexión entre…? —Entrecierra los ojos —. Definitivamente, me estás vacilando.
Le lanzo una mirada de disculpa.
—Perdón, es que la situación ya es bastante jodida de por sí, habrá que tirar de sentido del humor para hacerla más llevadera, ¿no?
Se gira hacia la ventana, pero alcanzo a ver que se le escapa una sonrisa.
—Por cierto, ¿podéis?
—Si podemos ¿qué?
—Tener hijos.
—Ah. No, la verdad es que no. —No me atrevo a mirarlo después de responder. Probablemente porque, aunque Roman y yo nunca nos hemos arriesgado a rozar este tema siquiera, siempre he sabido lo mucho que le gustan los niños.
Ahora que ya no estamos juntos, por primera vez, me atrevo a carraspear y preguntarle:
—A ti te gustaría formar una familia, ¿verdad?
Parece que está sopesando sus palabras.
—Sí. Me gustaría.
—Claro. —Me rasco el cuello. Pienso en su nueva… novia, amante, lo que sea —. Siento haberte hecho perder tantos años de tu vida. Supongo que podrías haberlos aprovechado con alguien que…
—No seas tonta, Lilit. Yo quería formar una familia contigo. Y si esa opción no estaba sobre la mesa… me contentaba con tenerte a ti.
Los tiempos verbales en pasado, la forma en que se niega a mirarme a los ojos, la verdad evidente detrás de sus palabras… Es como si me estuvieran arrancando la piel de cuajo. Un dolor prolongado e insoportable.
—Ah —digo, sintiéndome como una idiota. Luego me oigo balbucear —: Conozco a renacidos que han acogido y criado a niños mortales.
—¿Como si fueran padres adoptivos?
—Más o menos, sí.
—¿Y después qué? ¿Los ven envejecer y morir? ¿O los convierten?
—Depende. A veces los convierten. Con permiso.
El proceso de conversión es un asunto complicado.
Y el factor ético, más aún. No todo el mundo quiere vivir para siempre, y los que sí…
El ritual es peligroso y, si no sale bien, el resultado es que el mortal fallece.
Así que… —Me encojo de hombros —. Hay que hablarlo antes.
Hay muchos aspectos que tener en cuenta.
—Entonces, si conviertes a alguien en un renacido…, ¿no lo consideras tu hijo?
—Uy, no. Puede que haya cierta inclinación a protegerlo, sobre todo durante las primeras décadas, mientras aprende a valerse por sí mismo. Pero, si Viktor alguna vez me llamara «mamá», lo sometería a un mínimo de tres instrumentos de tortura medievales.
—Quisiera pensar que lo dices en broma, aunque no las tengo todas conmigo —murmura Roman —. ¿De verdad Viktor ha matado a alguien?
—¿En el pasado? Por supuesto. Decenas de renacidos. ¿Este en concreto, Grigori? No. Pero Wenceslaus, que es el líder del linaje de Grigori…
—¿Qué significa exactamente «líder de linaje»?
—Sería lo que antes he dicho sobre la primera generación de…
—Sí, eso lo pillo, pero ¿qué edad debe tener un renacido para ser líder de un linaje? ¿Qué edad tienes tú?
—Ah. —Me obligo a no mostrar incomodidad —. Creo que hoy ya has recibido mucha información nueva. ¿De verdad quieres saberlo?
—Sí, por favor, antes de que empiece a imaginarte pintando con los dedos en una cueva de Lascaux.
—No soy tan vieja.
—¿Cuántos años tienes, entonces?
Se hace el silencio.
—Algo menos de cinco mil.
Cierra los ojos y se queda así durante tres manzanas.
—Ya sabía yo que me gustaban las mujeres maduras —dice por fin, con la voz un poco ronca.
Me río.
—Es cierto que lo mencionaste, sí.
—Y tú eres una asaltacunas, ¿eh?
—No te creas que no soy consciente del conflicto ético que hay detrás. Llevo siglos lidiando con ello.
—¿Sí? ¿A cuántos jóvenes impresionables más has conquistado?
—Uf, ha habido otros. Muchos otros. —Se queda demasiado quieto de forma abrupta y eso solo puede significar que se está conteniendo. Añado —: Aunque no desde que tú y yo nos conocimos.
—Dios. —Se frota los ojos —. ¿Cómo era el mundo por aquel entonces?
—Bueno, no sé cómo era el mundo en general; en aquella época, hacer viajes largos era muy complicado.
Pero el lugar donde nací, la Alta Mesopotamia, me parecía precioso.
Era muy bonito. Vivíamos junto al río. Gracias al río.
Con el río. Nunca hacía tanto frío como aquí, aunque tampoco se asemejaba en nada al desierto que la gente se imagina.
De hecho, llovía a menudo, y después de la lluvia los cauces se desbordaban y las aguas se tragaban las raíces de los álamos.
Lo habíamos presenciado cientos de veces, así que todos sabíamos que, cuando la crecida remitiera, la tierra estaría fresca al tacto y olería a arcilla, minerales y hojas secas.
Esos eran mis días favoritos. —Sonrío, relajándome —.
Había campos de cebada, colinas y llanuras e incluso huertos, aunque no tenían un aspecto tan cuidado como hoy en día.
El asentamiento donde crecí, Nineveh, no llegaba a ser una ciudad propiamente dicha.
La casa de mi familia estaba hecha de ladrillos de barro, con un techo de esteras de madera, y cada mañana salíamos a caminar descalzos por senderos estrechos y sinuosos de tierra.
Esquivábamos cerdos, ovejas, cabras y carros, y los alfareros molían las piedras y nos llamaban para que admiráramos sus creaciones.
Me gustaba, pero disfrutaba más viendo a los herreros.
Siempre me detenía a contemplarlos. Solo un momentito, me decía a mí misma, y luego me quedaba embobada mucho más tiempo del que pretendía.
En mi entorno se escuchaban múltiples lenguas, algunas que entendía, otras que no tenían sentido, pero mi favorita siempre fue en la que mi madre me había hablado desde pequeña.
Ni siquiera sé si tenía un nombre, pero sabía a cerveza dulce en mi boca.
Al final del día, las puestas de sol… Nunca he visto nada igual, Roman.
En las casas se encendía un fuego con juncos para cocinar gachas con puerros y lentejas, una comida sencilla, pero mejor que cualquier cosa que haya probado desde entonces.
El humo se espesaba y se acumulaba a baja altura, y todo se teñía del color de la miel, excepto el cielo.
El cielo era mandarina y sangre, y luego, justo antes de que llegara la noche, se volvía púrpura como un moratón.
Por aquel entonces no era como ahora. Ahora hay tintes, pigmentos sintéticos y ordenadores, y, si nos apetece ver un azul de Prusia o un marrón canela, solo hace falta un clic.
Podemos tocarlos. Podemos poseerlos. En esos tiempos, en cambio, existían colores que gente como yo solo podía esperar ver en el cielo, y…
—Me quedo callada. Me paso una mano por el pelo, con la esperanza de disimular la intensa vergüenza que de repente me invade —.
Perdón. No sé muy bien por qué te estoy pegando semejante chapa.
—Porque te he preguntado, Lilit.
—Ah —respondo como si fuera estúpida.
—Da gusto verte contestar a mis preguntas. Quizá habría estado bien intentarlo hace tiempo.
Niego con la cabeza y me río. No me lo dice como un reproche.
—La verdad es que no me permito pensar mucho en este tema, porque… —Trato de restarle importancia, pero mi cuerpo no coopera —. Tampoco es que pueda volver a casa si me apetece.
En la oscuridad del coche, los ojos de Roman brillan intensamente. Su brazo se mueve, un atisbo de un gesto que podría culminar en que él extendiera la mano y me la apretara. Dudo que pudiera soportarlo, así que levanto la mía del regazo y me agarro al volante.
—En fin. Creo que debería contarte lo de Wenceslaus. El anciano al que vamos a visitar.
Tras vacilar unos segundos, asiente con la cabeza.
—La razón por la que intuyo que podría estar detrás de esto es que el renacido que nos atacó llevaba un collar ruso, y Wenceslaus es conocido por su política de cero tolerancia hacia los no rusos en su linaje.
—¿Qué opina de los demás ciudadanos de la URSS?