Mortal & Inmortal Capítulo 10
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Capítulo 10

C ogemos el coche de Roman y, cuando me ofrezco a conducir, él no pone ninguna objeción.

Ambos somos conscientes de que lo más normal es que esté en estado de shock, aunque no muestre ningún signo de ello.

Cuestionar su capacidad para conducir un vehículo a motor es de lo más racional, y es evidente que ahora mismo quiere aferrarse a la racionalidad lo máximo posible.

Se acomoda en el asiento del copiloto de buen grado, con la mirada fija en una mancha del parabrisas que bien podría ser sangre.

Su silencio, sin embargo, me preocupa. Estoy a punto de abrir la boca en dos ocasiones, primero para decirle: «Puedes preguntarme lo que quieras», y luego para suplicarle: «Por favor, di algo».

—No quiero que te separes de mí de momento —le digo al fin, tratando de contrarrestar el silencio con una apariencia de calma —.

He pensado en dejarte en un hotel, pero quienquiera que sepa de ti también es posible que sepa dónde me alojo.

He llamado a mi… gente, y algunos están intentando coger un avión a Chicago para ayudarme a manejar la situación, pero la tormenta de nieve ha generado ciertos problemas logísticos.

Mientras tanto, no sé si estarás a salvo si te dejo en un sitio donde yo no esté.

—Inclino la cadera para sacar el teléfono del abrigo y se lo tiendo —.

Por supuesto, eres libre de llamar a quien quieras para avisarle de tu ausencia.

Solo te pido que no les digas dónde estás o…

Bueno, confío en que sabrás discernir qué contar y qué no.

Roman coge el móvil, pero lo deja con cuidado en la bandeja que hay justo debajo de los controles del aire acondicionado.

—¿Qué pasa con él?

—¿Con quién?

—El hombre que hemos dejado ahí.

—Ah. —Arrugo la nariz, recordando el sabor del renacido en la boca, agrio y desagradable. La sangre de una persona es como la esencia destilada de todo lo que es, y ese hombre definitivamente no era mi tipo —. He llamado a un…, eh…, colaborador local para que se encargue.

—Y algo me dice que no va a llevarlo a un hospital, ¿me equi­voco?

Niego con la cabeza.

—Roman, sé que te dedicas a mantener a la gente con vida y entiendo que te perturbe ir en contra de todo lo que te han enseñado, pero ni él ni yo formamos parte de tu mundo. Si eran heridas que su cuerpo no conseguiría curar por sí solo, dudo que hubieses podido hacer algo por él.

Asiente y casi puedo sentir los tentáculos de su mente enroscándose entre nosotros, luchando por envolver esta nueva realidad, a pesar de no ser capaces aún de aferrarse a ella por completo.

—¿Has sido… todo este tiempo?

—¿Cómo?

—¿Cuando te conocí ya eras… así?

—Ah. Sí. Desde siempre. —Le cambia la expresión. No sabría decir si, en su cabeza, esto hace que los años de mentiras y falsedades sean mejores o peores.

—¿Una vampira? —pregunta por fin.

De entre todo (el matar a alguien, la demostración de que poseo poderes sobrenaturales y el haber conseguido someterlo a pesar de que me dobla en tamaño), lo de beber sangre parece ser lo que más le ha impactado. Se ha quedado muy callado después de eso.

—Eh… Claro. Es un término tan válido como cualquier otro.

—¿Hay alguno que prefieras?

—Sinceramente, no. Algunos de nosotros somos más exigentes con este tema, pero a mí siempre me ha resultado absurdo.

El concepto cambia a lo largo del tiempo y según la cultura, y ningún término parece captar realmente lo que somos.

Aunque supongo que, en esta época y este idioma, la expresión más usada es «renacido».

Él soltó una risa ahogada y silenciosa.

—¿Como la película?

—Eh… Sí, supongo.

Una larga pausa.

—La vimos juntos.

—¿La película? Sí. Bueno, más o menos. Te quedaste dormido cuando íbamos por la mitad y acabaste babeándome el cuello.

—Me habría quedado despierto si hubiese sabido que trataba sobre los de tu especie.

—Ah, no, qué va. Trata sobre una apasionada historia de amor entre un hombre y su amigo oso. Si quieres aprender algo sobre nosotros, mejor léete la parte de atrás de una caja de cereales Conde Chocula.

Sus labios casi esbozan una sonrisa. A lo mejor la cosa no va tan mal como pensaba.

—¿Hay algo que deba saber, aparte de que hay murciélagos de malvavisco entre los cereales?

—Nah, lo de siempre. —Hago un gesto con la mano.

—Ajá. Conque eres… mucho más fuerte y rápida que yo.

—Sí. Pero, por favor, no te lo tomes como algo personal.

—¿Por qué debería tomármelo como algo personal?

—Bueno, los hombres suelen darles demasiada importancia a esas cosas.

Él resopla, como si la masculinidad tóxica fuera la menor de sus preocupaciones. Suena más bien aturdido cuando pregunta:

—Podrías matarme sin despeinarte, ¿verdad? ¿Podrías haberlo hecho desde el principio?

—Bueno, a ver, sí. Aunque eso habría podido hacerlo incluso si no fuera una renacida.

Podría haberte asesinado mientras dormías o envenenado la comida, o haberte hecho tropezar por las escaleras.

—Alza las cejas hasta la frente y yo me encojo de hombros —.

Solo estoy siendo objetiva. Hay muchas maneras de cometer un asesinato.

—Ya, sí. —Se aclara la garganta —. ¿Algo más digno de mención?

—Vivimos más tiempo que los humanos normales. Mucho más. Y somos sensibles a la luz del sol.

—¿En serio? Pero si tú y yo hemos salido a pasear juntos al mediodía y… Ah. Las gafas de sol.

—Sí. La sensibilidad disminuye con el tiempo, pero nuestros ojos son especialmente delicados.

—¿Necesitas comida y sangre para sobrevivir?

—Solo comida. La sangre no es imprescindible.

Es más bien un lujo, y no en el sentido que crees.

—Lo miro de reojo y soy capaz de adivinar cuál será su siguiente pregunta —.

La razón por la que me he bebido la del renacido que nos ha atacado es que, en el improbable caso de que se recupere, me permitirá localizarlo.

La sangre es… Un renacido maduro no pierde el control al oler sangre.

No nos la bebemos porque la deseemos, pese a que el acto pueda resultar placentero.

Y, desde luego, no la necesitamos para sobrevivir aunque nos nutra.

La sangre es lo que nos une. Crea vínculos entre nosotros y une nuestras mentes.

Roman parece confundido, pero decidido a entender lo que le cuento. De repente, veo que aprieta la mandíbula.

—Joder. ¿Es por eso que…?

—¿Que qué?

—¿Puedes controlar la mente de las personas? ¿Por eso siento lo que siento por ti?

Frunzo el ceño.

—¿Qué se supone que sientes por mí?

—No puedo pensar en nadie más que en ti. Siempre estás… Lleva siendo así desde que te conocí. Como si nunca hubiese deseado otra cosa que no fueras tú.

La expresión de Roman roza lo acusatorio y de pronto me arden las mejillas. Es algo tan poco habitual que casi no reconozco lo que me pasa: me estoy sonrojando.

—Si pudiera obligar a la gente a hacer lo que yo quiero, el mundo sería un lugar diferente, Roman.

No puedo manipular las creencias ni los comportamientos de los demás.

A veces puedo oír sus pensamientos y percibir ciertos sentimientos, pero solo si están físicamente cerca de mí y si he bebido su sangre. Y yo nunca he probado la tuya.

—Así que el único culpable aquí soy yo —concluye con ironía. Cuando vuelvo a mirarlo, tras pasar un semáforo en ámbar por los pelos, su irritación parece haberse esfumado. Ahora está más bien pensativo.

Respiro hondo.

—Tienes todo el derecho a estar enfadado conmigo.

—¿De verdad?

—Sí. Obviamente, te he estado mintiendo durante diez años. Te debo una disculpa.

Hace un gesto con la mano como restándole importancia.

—¿Eso significa que no estás de acuerdo?

Cierra los ojos y se recuesta contra el reposacabezas. Su nuez se mueve arriba y abajo, hipnotizante, y tengo que apartar la mirada para concentrarme en la carretera.

—Siempre fuiste sincera sobre tu condición de mentirosa, Lilit.

—Ah.

—Te conozco desde hace casi diez años y nunca me has dicho siquiera cuándo es tu cumpleaños.

—Eso es porque no tengo una fecha de cumpleaños. Que yo sepa. —Sueno un poco a la defensiva.

—Lo que quiero decir es que eras tan evasiva y ocultabas tantas cosas que era obvio que guardabas secretos. Sería hipócrita por mi parte estar resentido contigo por algo que estaba más claro que el agua desde el momento uno.

—Siempre has sido muy comprensivo en ese aspecto —murmuro agradecida, y él se ríe.

—Podrías haber sido cualquier cosa. Una traficante de drogas, una asesina en serie o una mercenaria de datos que trabaja para Palantir.

Podrías haber estado prometida con un cirujano plástico con el que compartías tres perros grandes en algún lugar de la costa oeste.

A menos que me diera por seguirte y vigilarte, no tenía forma de saberlo, pero me daba igual.

Siempre estaba dispuesto a apartar mis principios a un lado por ti.

—Roman…

—Decidí que teníamos que dejar de vernos unas doce veces. Quien dice doce, dice cien. Pero al día siguiente pensaba: Venga, solo una vez más.

Quisiera decirle «yo también», pero me quedo callada.

—Sinceramente, que seas una especie de criatura inmortal chupasangre es mejor que algunos de los escenarios que me había imaginado.

—¿Incluso mejor que el del prometido cirujano plástico y los perros?

Abre los ojos.

—Ese era el peor de todos, Lilit. Me provocaba pesadillas.

—Lo que peor llevabas era la envidia por los perros, ¿verdad?

—¿Para qué preguntas si ya sabes la respuesta?

Intercambiamos una sonrisita que me resulta tan normal que casi me olvido de lo jodido que está el patio.

Hasta que Roman pregunta:

—¿A dónde vamos?

—A cortar este lío de raíz.

—Mmm… ¿Te importaría ser más específica?

—Bueno, no estoy segura de quién ha enviado a la persona que nos ha atacado, pero tengo ciertas sospechas.

Hay otro renacido, uno antiguo, como yo, que ha estado actuando de una forma un tanto errática.

Piensa que Viktor mató a alguien de su linaje y que yo ordené el golpe. Ay, perdona, un linaje es…