Capítulo 9 #2
Él suelta algún improperio. Frunce el ceño. Me intenta empujar hacia atrás. Se mueve y se retuerce, pero no consigue ganar ni un milímetro de espacio.
El único punto de contacto entre nosotros son las yemas de mis dedos, presionadas contra el cartílago que une las costillas al esternón.
Tengo cuidado de no romperle ningún hueso ni dañarle los tejidos.
Aun así, mañana por la mañana tendrá cinco moratones del tamaño de una moneda en el pecho que le dolerán de lo lindo. Y si no deja de forcejear, más aún.
—¿Qué coño haces?
Roman me agarra la muñeca e intenta apartarla. No me muevo lo más mínimo.
Abre los ojos con horror.
—¿Lilit? —dice con voz ronca.
Pobre Roman. Es un hombre, y físicamente más fuerte que la mayoría de los otros hombres que conoce. Por primera vez en su vida, se está enfrentando a la verdadera fragilidad de su cuerpo.
Es una escena que he presenciado antes. Conozco bien la expresión de sus ojos; de hecho, la he saboreado muchas veces a lo largo de los siglos.
La sensación embriagadora de darle la vuelta a la tortilla.
La dulzura de la venganza. Hacerle probar a alguien de su propia medicina.
Roman, sin embargo, nunca ha usado sus ventajas físicas para herir a los demás, y lo único que siento ante su estado de confusión es lástima.
Descarto ese pensamiento y digo con firmeza:
—Si te mueves de aquí, lo único que vas a conseguir es estorbarme. Dime que lo entiendes y que te quedarás donde estás.
A mis espaldas, oigo al renacido levantarse del suelo con dificultad.
—Lilit, no voy a dejarte sola con…
Aumento la presión con los dedos y, por fin, capta el mensaje.
—¡Está bien! Pero si me necesitas…
Intento sin éxito que no se me note el sarcasmo al responder:
—Te pediré ayuda, sí.
Me doy la vuelta. El renacido está en las últimas, pero aun así viene hacia mí, casi tan rápido como un zombi de una de esas viejas películas de terror que Roman solía obligarme a ver cuando venía a visitarlo por Halloween.
—¿Quién te envía? —le pregunto.
El chico abre la boca. Lo único que sale es un gorgoteo espeso y rojo.
Estupendo.
—¿Quién es tu sire? —continúo, pasando al ruso. Luego, en latín —. ¿Te ha enviado Wenceslaus? ¿Esto es un castigo por lo de Grigori?
No responde. Con su último estallido de fuerza, se lanza a por mí.
Tiene un segundo cuchillo, que saca cuando solo nos separan unos centímetros.
Es un movimiento sigiloso y me encantaría darle la satisfacción de pillarme por sorpresa, pero, por desgracia, el pobre no es un gran luchador y sus reflejos me recuerdan a los de los perezosos que una vez vi colgando de una rama en la selva tropical de Panamá.
Lo empujo con un codazo en el costado —uno muy suave, debo puntualizar —. Desafortunadamente, el renacido pierde el equilibrio, vuelve a caer sobre el asfalto y esta vez se oye un crujido al golpearse el cráneo. No me hace falta más para saber que la he cagado.
—Bueno —murmuro cuando veo que el chico no se levanta —. A la mierda la posibilidad de averiguar algo.
Agacho la cabeza y me aprieto el puente de la nariz, frustrada conmigo misma por haber calculado mal ese último golpe.
De repente, oigo un movimiento brusco, alzo la vista y veo que Roman se ha arrodillado junto al renacido.
Tiene los dedos en su garganta, como si estuviera comprobando el pulso carotídeo.
—Está vivo —dice levantando la cabeza con calma para mirarme —. Dame tu móvil.
—¿Por qué?
—Porque no llevo el mío encima y hay que llamar a una ambulancia.
Arqueo una ceja.
—Sabes que ha intentado matarte, ¿no?
La expresión de Roman me deja claro lo que piensa de mi (válida) objeción.
—El móvil —repite tendiéndome una mano.
Suspiro. Por una fracción de segundo, me dejo llevar por la exasperación. Explicar a la gente qué son los renacidos, ver sus reacciones, contemplar cómo se enfrentan a preguntas que jamás se habían planteado y reevalúan su comprensión de la vida siempre ha sido una tarea agotadora y desgarradora.
Nunca es fácil para los mortales. Y este mortal me cae bien. Muy bien.
De hecho, me encanta este mortal.
Así que me recompongo.
—No vamos a llamar a una ambulancia, Roman. Si lo hiciéramos, tendríamos que gestionar otra docena de problemas más.
Me preparo para sus protestas, pero no llegan. Después de haber sido tan tocapelotas durante la pelea, me sorprende verlo ponerse de pie lentamente y mirarme, ignorando al casi cadáver que hay entre nosotros.
No parece tener miedo, ni de mí ni de la situación. Su tono es serio al hablar.
—¿Venía a por ti?
—No estoy segura. Puede que fuera a por ti.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No te ofendas, pero quiero creer que mandarían a alguien más competente si yo fuese el objetivo.
Él suelta una risa silenciosa.
—Acabas de luchar con tacones contra un hombre que te dobla en tamaño y ni siquiera estás sudando.
No me ofendo. —Suena sorprendentemente tranquilo.
Y parece que así es como se siente por dentro también.
Su ritmo cardíaco es elevado, pero se está regulando poco a poco.
Quizá sea gracias a su formación médica.
No cabe duda de que trabajar como médico de urgencias requiere adaptarse con rapidez y frecuencia a diferentes situaciones.
—Créeme, algunos se ofenderían —murmuro distraída, agachándome para registrar el cuerpo del renacido en busca de pistas sobre quién ha podido enviarlo.
Los cuchillos, bueno, más bien dagas, son simples.
Lleva los bolsillos vacíos. Estoy a punto de desnudarlo y ponerme a buscar tatuajes cuando encuentro algo alrededor de su cuello: una cadena de plata y un colgante con dos águilas.
El escudo de Rusia. Interesante.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunta Roman.
—En su día fui a clases de defensa personal —respondo evasiva, sin apartar los ojos del collar.
—No es solo eso.
—¿Hmm?
—No han sido solo técnicas de defensa personal.
Alzo la mirada hacia él, preguntándome cómo salir de esta. Su expresión es completamente impenetrable. Lo siento distante.
—Conozco los límites del cuerpo humano, Lilit. Tu fuerza y velocidad…
—Soy humana —digo con un poco de mala baba.
—¿Segura? ¿Tu cuerpo tiene algún tipo de… mejora?
Inclino la cabeza. Sigue sin mostrarse para nada alterado.
—Parece que te has tomado todo este —hago un gesto señalando a mi alrededor — asunto bastante bien.
Se cruza de brazos.
—Veo muchas películas.
La sonrisa que se me dibuja en la comisura de los labios es involuntaria. Y afectuosa. Y más dolorosa que cualquiera de las cosas que podría haberme hecho el renacido que está muriendo a mis pies.
—No, Roman. Ves los primeros veinte minutos de muchas películas, luego te duermes para recuperarte de tu último turno y me roncas al oído.
—Puede ser.
No me devuelve la sonrisa y yo aparto la mirada.
Me pregunto cómo se lo tomaría si le diera alguna excusa para volver a meterlo en casa.
Tal vez podría pedirle que fuera a por un vaso de agua o a buscar su móvil.
El problema es que no estoy segura de que el renacido estuviera actuando solo, y no estoy dispuesta a perder de vista a Roman hasta que averigüe qué está pasando.
—¿Puedes darte la vuelta, por favor? —le pregunto.
—No.
—Insisto.
—Lilit, no voy a apartar la mirada.
—Lo suponía. —Suspiro resignada —. Bueno, te aviso: si la pelea te ha resultado perturbadora, esto no te va a gustar. Pero, como creo en la autodeterminación…
Agarro el brazo del chico inconsciente, le perforo la piel del interior del codo con los dientes y empiezo a beber.