Mortal & Inmortal Capítulo 9
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Capítulo 9

R oman abre la puerta con el ceño fruncido, una expresión que no logra ocultar la sacudida de su corazón en el momento en que sus ojos se encuentran con los míos.

Antes de que diga nada, me cuelo dentro y me pongo de puntillas, intentando acercar nuestras caras.

Él es mucho más alto que yo, así que alargo el brazo, lo agarro por la nuca y lo atraigo hacia mí.

—Escúchame —le susurro.

El gesto me resulta casi demasiado familiar.

Durante los últimos diez años, rodearle el cuello con los brazos ha sido mi forma de hacerle saber que estaba demasiado lejos.

Que quería un beso y que lo quería ya . Nuestros cuerpos han ensayado este baile cientos de veces.

Esa es la única razón por la que Roman se inclina tan fácilmente hacia mí, incluso ahora que está enamorado de otra persona.

Porque lo está. Me lo ha dicho.

Giro la cara hasta que mis labios le rozan la oreja y susurro:

—No he venido a tu casa hoy. No me he dejado las gafas de sol. Sospecho que alguien más ha estado aquí. Podría ser alguien que trabaja conmigo o alguien de mi entorno que se ha enterado de que tenem… teníamos una relación. Y me preocupa que aún pueda estar en la casa.

Roman parpadea. Sus pestañas me rozan el pómulo.

—Lilit, dudo mucho que un asesor financiero de la competencia haya entrado en mi casa. Esto no tiene ningún sentido —replica, pero lo dice en voz baja. Aunque crea que me estoy volviendo loca, parece dispuesto a tomarse en serio mis sospechas.

Le aprieto más con los brazos alrededor del cuello.

—¿Has subido arriba en algún momento?

Niega con la cabeza y me empuja hacia atrás, acorralándome contra la puerta. Me doy cuenta entonces de que está tratando de interponerse entre mi cuerpo y las escaleras que conducen al piso de arriba. Me contengo de darme una palmada en la frente.

Ay, Roman. Mira que eres idiota.

—Supongamos que es cierto. —Me susurra contra la piel. Un escalofrío me recorre la espalda y me avergüenza no ser capaz de reprimirlo —. ¿No deberíamos llamar a alguien? ¿A la policía, por ejemplo?

—Las autoridades no pueden ayudarnos, y, cuanta menos gente se entere, mejor.

—Lilit, ¿tienes antecedentes familiares de psicosis? ¿O de delirios paranoicos? Porque existe la posibilidad de que estés en pleno episodio. —Sube la mano por mi cadera hasta la zona lumbar. Me pregunto si es consciente de lo que está haciendo.

—Escucha, no te pido que me creas, pero míralo así: si estoy sufriendo un brote psicótico y haces lo que te digo, perderás veinte minutos de tu tiempo, como mucho, y acabarás sintiéndote un poco tonto por habértelo tragado.

Ahora bien, si estoy cuerda, tengo razón y me haces caso, evitarás morir hoy. Es una elección fácil, ¿no te parece?

—Lilit…, ¿por qué tengo la sensación de que esto tiene algo que ver con la conversación que hemos tenido antes?

Me muerdo la lengua para no soltar un gruñido de rabia.

—Puedes pensar eso si te apetece, pero, mientras le das vueltas, haz el favor de escucharme. Considera esta situación como parte del juramento hipocrático. ¿Verdad que juraste entregarte a las fantasías de tus pacientes?

—Tú no eres mi paciente y nunca he jurado nada por el estilo. ¿Qué es lo que…?

—Cállate un momento, ¿vale?

Aún apretujada entre él y la puerta, escucho con atención, ignorando los ruidos biológicos del cuerpo de Roman y buscando señales de si hay algo arriba. Sin embargo, si el intruso es un renacido medianamente competente, sabrá que debe ser silencioso para no dela­tarse.

Aguzo el oído, pero no distingo nada.

Suelto el cuello de Roman y bajo los brazos, pero él, en lugar de soltarme, me estruja un poco más contra la puerta de madera. Su boca encuentra uno de sus puntos favoritos, justo debajo de la mandíbula. Inhala y su pecho se hincha contra el mío.

—Lilit, ya no sé si esto es una broma, si es que te has convencido a ti misma de que eres una superespía o si es que lo eres de verdad.

—Ninguna de las anteriores. No soy muy dada a bromear, vivo con los pies en la tierra y nunca he trabajado para ninguna organización gubernamental, militar o paramilitar.

—Con cuidado, presiono las manos contra sus pectorales y lo alejo de mí.

Intento esbozar una sonrisa lo más brillante posible —.

Salgamos a cenar —digo, y hablo lo bastante alto como para que mi voz se oiga arriba —. ¿Alguna propuesta?

La expresión de Roman es una mezcla de incredulidad, enfado y diversión. Pero conozco bien esa inclinación de su cabeza, indulgente, benévola, la misma con la que me trataba cada vez que eludía una pregunta sobre mi trabajo, mi formación o mi pasado.

—Donde tú quieras, cariño.

Arqueo una ceja. Ninguno de los dos somos propensos a usar motes cariñosos, y «cariño», desde luego, no forma parte de nuestro vocabulario.

—Demos una vuelta en coche y a ver qué encontramos. ¿Podemos ir con el tuyo?

—Claro. He aparcado en el sitio de siempre.

Lo agarro de la mano y lo atraigo a mi lado.

Mientras vamos en dirección a la puerta trasera, echo un vistazo disimulado a mi alrededor, buscando anomalías.

El hecho de conocer cada centímetro de esta casa como si fuera la mía me ayuda bastante.

Puedo enumerar con facilidad los rincones ocultos y los posibles escondites.

Roman y yo nos hemos reído en todas las habitaciones, hemos follado en la mayoría y él me ha convencido para que me eche una siesta con él («Tú y las siestas.

Mis dos cosas preferidas») en al menos un tercio.

A mi lado, Roman rezuma escepticismo y verdadera preocupación por mi salud mental, pero me da igual. Está siguiéndome el juego, que es lo único que importa. Al menos hasta que salimos al aire gélido de la noche.

La tormenta se ha intensificado y la nieve ahora cubre todas las superficies visibles.

La calle que pasa por detrás de la casa de Roman es prácticamente un callejón y casi siempre está desierto.

El edificio de enfrente es un espacio de coworking cuyo exterior, a pesar de las vagas promesas del ayuntamiento, aún no cuenta con un alumbrado decente.

En el momento en que la puerta se cierra detrás de nosotros, Roman se vuelve hacia mí, con los brazos abiertos en el gesto universal de «¿Qué?

¿Contenta?». Incluso abre la boca, probablemente para decirlo, pero se detiene al oír un ruido.

Es breve, pero inconfundible. Un crujido. Como si alguien acabara de pisar la nieve de un salto. Le sigue un silencio profundo y antinatural, como si quien haya hecho el ruido se estuviera arrepin­tiendo.

Roman señala la planta de arriba de su casa, pero yo ya la estoy mirando. Hay una ventana abierta y una mosquitera rota.

—¿Esto va en serio? —murmura Roman.

—Sí.

Con un resoplido, da un paso adelante y se coloca delante de mí.

—Quédate detrás de mí —me ordena —. Si tienes el móvil a mano, llama a la policía.

Lo ignoro y me considero afortunada de que no tenga ni idea de dónde proviene el ruido ni de lo lejos que puede saltar un renacido.

Roman está rebuscando con la mirada la esquina este de la casa, lo que significa que tengo vía libre para encargarme del renacido que se abalanza sobre mí desde el otro lado.

Es un hombre, uno al que no reconozco. Joven, tanto en el sentido de que parece poco más que un niño como en el de que no hace demasiado que es un renacido.

De hecho, es muy joven, dado que su velocidad no es mucho mayor que la de un mortal y que detenerlo me resulta exageradamente fácil.

Cuando arremete contra mí con un brazo levantado, la hoja plateada de su daga brilla a la luz de la luna.

Le doy una patada en el estómago que no ve venir y sale volando por los aires hasta caer a varios metros de distancia.

—¿Para quién trabajas? —le pregunto.

El renacido no responde y se pone en pie de un salto.

Por desgracia, ahora Roman sí se ha percatado de su presencia.

Cuando el muchacho parece que va a echar a correr hacia nosotros para contraatacar, Roman me rodea la cintura con los brazos y me levanta para ponerme a salvo.

Carga conmigo unos metros, interponiendo el coche entre nosotros y el renacido.

—Tiene un cuchillo —me dice al oído, negándose a soltarme. Sus músculos se tensan contra mi piel mientras abre de un tirón la puerta del copiloto y me empuja dentro —. Necesito que te quedes aquí y llames a la policía y… Joder.

Abre los ojos con sorpresa cuando le retuerzo un brazo y se lo llevo a la espalda. Le hago una zancadilla con cuidado para obligarlo a caer de rodillas.

—Lilit, ¿qué cojones…?

Lo dejo ahí y rodeo el coche justo cuando el renacido se abalanza sobre mí.

Esta vez, cuando intenta clavarme el cuchillo en el estómago, se lo arranco fácilmente de las manos y se lo clavo justo al lado del corazón.

El chico se tambalea hacia atrás, tosiendo sangre.

Lentamente se derrumba hasta caer de costado.

No cometo el error de darlo por muerto; me acerco con sigilo mientras la nieve amortigua el taconeo de mis zapatos.

Unos dedos cálidos y familiares me agarran del antebrazo.

—Lilit, ¿qué coño haces?

Podría liberarme fácilmente de Roman. Sus intromisiones empiezan a parecerme más un problema que una peculiaridad a la que estoy dispuesta a hacer caso omiso.

—No te acerques —le ordeno.

—¿Estás…? ¿Acabas de apuñalarlo?

—Sí. No te acerques. —El renacido está empezando a moverse.

—Lilit, vuelve a entrar en casa y deja que…

No es una buena idea, pero es la única que se me ocurre en el poco tiempo que tengo antes de que el renacido ataque de nuevo.

Si hubiera una forma de conseguir que Roman perdiera el conocimiento sin causarle daño permanente, lo haría.

Pero no estoy dispuesta a poner en riesgo su bienestar, así que me conformo con la segunda mejor opción: con fuerza y a la vez delicadeza, lanzo a Roman contra la fachada de su casa y lo inmovilizo.