Capítulo 8
M e lleva un rato recomponerme.
Me quedo en la cafetería, picando del plato de hummus que solo he pedido para contentar a Diane.
Le digo que no hay ningún problema cuando se compadece de mí por salir con un médico («Siempre están de guardia excepto cuando quieres que lo estén»).
Afuera, la nieve se amontona, cubriendo la calle de blanco y suavizando los contornos de la ciudad.
Siempre supe que algún día tendría que dejar de compartir la vida con Roman.
Solo podía acompañarlo brevemente y, aun así, lo he alargado todo lo que he podido.
Quizá he sido cruel. Durante años, he esperado que fuera él quien me diera la patada.
Ahora que lo ha hecho, no voy a hacerme la resentida por la forma en que ha roto conmigo.
En realidad, creo que lo ha hecho bastante bien.
Ha sido sincero y directo, algo que yo nunca he sido con él.
De todas formas, duele que da gusto. Una herida nueva que me cala hasta los huesos y que no recuerdo haber experimentado antes. Por eso no puedo estimar si sanará o cuándo lo hará, lo cual me deja a la deriva.
Supongo que el regalo de despedida de Roman es hacerme vivir otra primera vez.
Cuando me suena el móvil, ni siquiera soy capaz de sentir agradecimiento por la distracción.
—¿Algo importante que deba saber? —inquiere Viktor, con ese tono seco y competente tan propio de él.
¿Cómo se ha enterado?, me pregunto. Un instante después caigo en la cuenta de que se refiere a la reunión con los otros líderes de linaje y me cubro el rostro con la mano.
—No —contesto, y suelto varios billetes sobre la mesa antes de salir al exterior y dejar que la nieve se arremoline a mi alrededor —. Bueno, en realidad, sí.
—¿Sí?
—No habrás tomado la iniciativa de asesinar a un renacido llamado Grigori últimamente, ¿verdad?
—¿Grigori Andreyevich Markov? ¿Del linaje de Wenceslaus?
Por supuesto, Viktor se sabe de memoria hasta su partida de nacimiento.
—El único e inigualable.
—No estaba al corriente de su… eliminación.
—Bien. Lo tomaré como un no y le reiteraré a Wenceslaus que no te llevaste tu abrecartas hasta los Urales para acabar con uno de los miembros más insignificantes del linaje menos poderoso.
—Ah. ¿Acaso Wenceslaus creía lo contrario?
—Sí, pero también piensa que los corderitos crecen de los dientes de león. Nadie les da mucha importancia a sus opiniones. Aun así —continúo, recordando las palabras de precaución de Li Xiu —, mantén los ojos abiertos ante cualquier cosa fuera de lo normal.
—¿Como qué?
—Wenceslaus ha estado actuando de forma errática y no estoy segura de cómo va a evolucionar esta nueva y divertida faceta de su personalidad.
Sigues en Alaska, ¿verdad? —Hace aproximadamente una década, Viktor comenzó a pasar allí la mayor parte de los meses de invierno.
A los renacidos recién convertidos, como es el caso de Vero, les resulta mucho más fácil habitar en lugares donde las horas de luz solar son limitadas.
—Sí.
—Bien. Nadie más que Pierre y yo sabemos que resides allí, así que considero que estás a salvo. En cualquier caso, ten cuidado. Y cuida de la chica también.
—A ver, no quiero ser quisquillosa —nos interrumpe una voz seca y ronca —, pero llevamos como quince años hablando cada semana. Puedes dejar de llamarme «la chica». Sabes perfectamente cómo me llamo.
—Hola, Vero. —Como siempre, me hace sonreír.
—Hola, abuelita.
Al parecer, a Vero le hace mucha gracia trasladar los conceptos familiares modernos a la estructura de los linajes de los renacidos. Yo me lo paso bien siguiéndole el juego, sobre todo por la cara que pone Viktor cuando ella se refiere a él como «papi».
—Hola, mi querida nieta. ¿Cómo estás?
—Bueno, llevo cuatro días con una migraña hemipléjica y ayer me comí un solo garbanzo y acabé vomitándolo ipso facto.
—Uf, suena fatal —digo entrando en el vestíbulo de mi hotel —, pero conozco a renacidos que, quince años después de haber sido convertidos, siguen sin haber recuperado la capacidad de hablar.
En comparación con ellos, vas de maravilla.
En comparación con cualquier otro recién convertido que conozca, de hecho.
—Ya te lo dije, Veronica. —La voz de Viktor se suaviza de repente —. Eres bastante extraordinaria.
—Solo lo dices porque ayer te hice un retrato muy halagador.
—Lo digo porque es la verdad. Sigo pensando que el retrato no era más que un fiel reflejo de la realidad.
—Guau. No hay nada peor que un tío guapo que sabe que es guapo…
—Tengo que irme —miento, y cuelgo al segundo. No soy propensa a sentir envidia, y menos mal. Detestaría sentir resentimiento hacia Viktor por haber encontrado a Vero, solo porque Roman se ha ido.
Pierdo el hilo de mis pensamientos cuando me doy cuenta de que, mientras hablaba por teléfono con Viktor, me ha llegado un mensaje de Roman.
Se me forma un nudo en la garganta y me detengo en medio del vestíbulo para mirar la pantalla, confundida.
No confiaba en volver a saber de él tan pronto. Ni nunca, a decir verdad.
Roman: No me importa que te quedes con mis llaves de repuesto, pero de ahora en adelante no deberías entrar en mi casa sin avisarme primero.
Rápidamente, le respondo:
Lilit: ¿Perdón?
Su respuesta es la foto de unas gafas de sol de estilo militar, cuidadosamente dobladas sobre la encimera de la cocina. En la esquina superior, reconozco el borde de una tostadora retro que compramos juntos justo después de que él se mudara.
—Me gusta ese tono de rojo —comenté, señalándola en la estantería.
—Y a mí me gustas tú —dijo él, y me dio un beso en la nariz antes de meter la tostadora en el carrito.
No obstante, hace semanas que no voy a casa de Roman. Aun así, me palpo el pecho, aliviada al comprobar que mis gafas de sol siguen colgando del escote del vestido, justo donde las he dejado antes de entrar en la cafetería.
Lilit: No he ido a tu casa, Roman. ¿Es posible que lleven ahí un tiempo?
Lo pregunto aunque sé que es ridículo plantearlo siquiera.
Roman no es maniático, pero es ordenado y observador.
Además, su desayuno preferido es un bagel tostado con semillas de amapola, huevos y queso.
La probabilidad de que no se haya fijado hasta hoy de algo que dejé allí hace meses es infinitesimal.
De repente, se me hiela la sangre.
Pregunto:
Lilit: ¿Cabe la posibilidad de que sean de otra persona?
Y luego, antes de darle tiempo a responder:
Lilit: ¿De la mujer que me has comentado, tal vez?
Roman: Lilit, ¿no te has dado cuenta de que nadie más que tú usa este tipo de gafas de sol?
Pues no, no me había dado cuenta. Porque puede que sea cierto que en su círculo abunden más las Ray-Ban y las Oakley, que es lo que está de moda, pero casi todo el mundo que conozco usa las mismas gafas que yo.
Porque son las que necesitan los renacidos.
Me pongo el móvil en la oreja y lo llamo. Contesta con un suspiro entrecortado.
—Lilit, no pasa nada si has venido mientras yo no estaba. Solo digo que a partir de ahora no deberías…
—Roman, cállate. —Debe de percibir el nerviosismo en mi voz, porque se queda en silencio —. ¿Sigues en tu casa?
—Sí.
—¿Hay alguien contigo? ¿Has revisado todas las habitaciones?
—¿Qué coj…?
—Limítate a responderme. Sí o no. ¿Estás solo?
Silencio.
—Sí.
—¿Has subido arriba?
—No.
—Vale, no subas. Por nada del mundo.
—No entiendo por qué no…
—Ve al salón. Siéntate en la silla que hay frente a las ventanas, la que da a las escaleras. Quédate ahí hasta que llegue. Si llama alguien a la puerta que no sea yo, no abras, aunque lo conozcas.
—Lilit, ¿qué…?
—Llego en diez minutos. Haz lo que te digo.
Y cuelgo.