Mortal & Inmortal Capítulo 7
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Capítulo 7

T reinta minutos después de haberme despedido de Li Xiu, me siento en la misma mesa de la cafetería donde Roman y yo hemos comido innumerables veces. Unos instantes más tarde, él hace lo mismo en el sofá de enfrente con una sonrisa y un suave «hola».

Esto se aleja un poco de la dinámica habitual de nuestros encuentros.

La rutina que hemos establecido suele empezar en su casa, donde nos acostamos —una forma agradable, aunque ineficaz, de recordarnos de qué debería tratarse esto —, y ya si eso después, con cierta reticencia, damos paso a momentos más íntimos.

Comemos, conversamos y vemos películas en su sofá que yo nunca disfruto, salvo por el hecho de que Roman está demasiado agotado como para aguantar despierto.

Aprovecho la oportunidad para observarlo dormir durante horas, preguntándome qué dice de mí que el vacío apático de mi vida inmortal solo desaparezca cuando contemplo a este hombre respirar.

Esta noche, tal vez porque ha sido una visita de improvisto, el guion cambia. Roman está sentado, relajado, con una pequeña curva en los labios y la mano ligeramente cerrada sobre la mesa. Su expresión es cautelosa y reservada, algo a lo que no estoy acostumbrada.

—Estás muy guapa.

Arqueo una ceja.

—¿De verdad?

—Sí. Inmune a los elementos, como siempre. —Su sonrisa es cariñosa y mira hacia donde mis manos envuelven una taza humeante de té —. Casi inmune.

Roman sabe bien que, a pesar de mi vanidad y mi inclinación hacia la ropa poco práctica, sí que paso frío.

Me ha dicho más de una vez que encuentra encantadora mi predilección por la alta costura y le gusta protegerme de las consecuencias de mis decisiones.

Casi espero que frote mis dedos entre los suyos o que se levante, se siente a mi lado y me caliente acariciándome con la palma abierta por la parte interior del muslo.

No hace ninguna de las dos cosas, lo que me lleva a darme cuenta de algo: aún no me ha besado. No es algo que suela posponer.

—¿Todo bien? —le pregunto, y, aunque su asentimiento debería ser convincente, sé que es mentira.

Intento dejar de mirarlo fijamente, pero tiene ojeras y su tez se ve pálida en contraste con el verde de la bata.

Lleva barba de varios días, lo cual no es propio de él.

Por otra parte, no le he avisado de que venía.

Desde el principio, Roman se ha mostrado encantado y horrorizado al mismo tiempo por lo sensible que es mi piel; orgulloso y a la vez arrepentido por las marcas que a menudo me deja.

Es posible que solo se afeite cuando sabe que vamos a vernos.

—Creía que ibas a estar ocupada con el trabajo —dice.

—¿Por qué?

Hace un gesto impreciso.

—En las noticias han hablado mucho de la Reserva Federal y de los tipos de interés. Supuse que estarías por ahí, en plena vorágine.

—¿Has leído The Wall Street Journal?

—«Leer» es una palabra muy fuerte. Más bien lo he recitado en voz alta, como lo haría un niño pequeño.

Me río por lo bajo.

—Nunca me convencerás de que alguien que trabaja con bucles de presión-volumen a diario es incapaz de entender las ventas en corto.

—Ya sabes lo que dicen de los médicos.

—¿Qué dicen?

—Que son imbéciles.

Lo miro de reojo.

—¿Eso dicen?

—Yo sí. Cada vez que me miro al espejo.

Frunzo el ceño.

—Roman… —No sé muy bien qué decir.

Niega con la cabeza y, sí, se nota que está cansado, pero sigue siendo tan guapo que casi me rompe el corazón.

—¿Va todo bien? —vuelvo a preguntarle. Me invade un extraño impulso de retorcerme las manos, pero obligo a mi cuerpo a estarse quieto.

—Sí —dice con una leve sonrisa.

Nos miramos así, con educación, como dos personas que no están trágicamente enamoradas la una de la otra, hasta que nuestra camarera habitual, Diane, aparece con un «¡Hola! ¡Cuánto tiempo sin veros por aquí!» y nos deja un vaso de agua y la carta de especialidades.

Normalmente, Roman la cogería y le echaría un vistazo. Esta vez hace caso omiso, lo que me indica que no tiene intención de comer. Quizá simplemente no tenga hambre.

Pero entonces aparta el vaso a un lado y apoya los codos en la mesa.

Se me revuelve el estómago.

—Lo siento, Lilit —dice.

Me doy cuenta, vagamente y sin emoción, que esto marca el final de algo que ha durado una década, y por un breve instante solo siento dolor. Luego nada. Absolutamente nada. Bendita apatía. Observo desde la distancia lo que está a punto de suceder.

—Comprendo —digo con calma, recostándome en el sofá. Al fin y al cabo, siempre le ha gustado mi capacidad para guardar la compostura.

—Sé que esto va en contra de las reglas, pero no me queda otra.

—¿Las reglas?

—De nuestro juego.

—Ah.

Se pasa la lengua por el interior de la mejilla y su corazón late más rápido y fuerte.

Esto va a acabar fatal, pero una parte egoísta e imprudente de mí se pregunta si debería robarle unas gotitas de sangre antes de dejarlo marchar.

De esa forma, lo llevaría dentro de mí mientras él viviera y podría encontrarlo siempre.

—Créeme, no me hace ninguna gracia decirte algo que no quieres oír.

Me he conformado con seguir tu ejemplo, Lilit, de verdad que sí.

Me dijiste que no querías una relación tradicional y yo entendí desde el principio los límites de lo que podía hacer, pedir o tener.

Pero ya no estoy dispuesto a aceptar las reglas.

Lo cual supongo que significa que el juego ha terminado.

Asiento con la cabeza, esforzándome por no parecer triste, porque no tengo derecho. Así es como tiene que ser. No es necesario que él sepa que lo intenté.

He explorado todas las vías posibles. Lo he consultado con renacidos más antiguos que yo.

He hablado de ti sin mencionar tu nombre.

He repasado todos los escenarios y buscado la mejor manera de mantenerte a mi lado y de asegurarme de que no te estaba privando de nada.

Lo he intentado. De verdad que sí. Y, aunque siempre he acabado con las manos vacías, no he sido capaz de poner fin a lo nuestro.

Debe de notar la tristeza en mis ojos, porque dice:

—No pasa nada, Lilit. Las cosas han cambiado. —Sus queridos ojos de color amarillo-marrón son cálidos. Diane solo ha traído una pajita y él me la acerca —. Llevo un tiempo viendo a otra persona.

Mi cerebro procesa dos cosas a la vez: primero, el significado de sus palabras. Luego, el latido constante de su corazón al pronunciarlas.

Eso indica que está diciendo la verdad.

En cierto modo, soy consciente de que la expresión vacía de mi rostro es demasiado extraña para mostrarla en público. Debería recomponerme y simular el tipo de reacción que tendría un mortal cualquiera al recibir esta noticia, pero no me apetece forzarme para parecer normal.

—¿Una mujer? —pregunto con notable serenidad.

—Sí.

—¿Trabajáis juntos?

—No. Pero ella también se dedica a la medicina. —De nuevo: no es mentira.

—Entiendo.

Asiente con lo que parece ser alivio. ¿Temía que montara una escena?

En los diez años que llevamos conociéndonos, no he alzado la voz ni una sola vez.

De hecho, no creo que haya exteriorizado mi ira desde el inicio de la era nuclear.

Siempre he sido una persona serena y la vida eterna ha apaciguado aún más mi temperamento.

—Quizá debería haberte llamado para contártelo, pero sucedió muy rápido y, al final, tú siempre has dejado muy clara tu opinión respecto a la posibilidad de tener una relación real conmigo.

Se me forma un nudo en la garganta.

—¿Acaso nuestra relación no era real?

Ignora la pregunta.

—Esto… es nuevo. E inesperado. Ocurrió sin que yo lo buscara.

Pero ocurrió y…, por muy agridulce que resulte poner fin a las cosas, puede que sea lo mejor.

—Sus ojos se posan en un punto detrás de mi hombro y permanecen allí demasiado tiempo —.

Sería injusto por mi parte seguir viéndote.

Esta será la última vez. Lo nuestro debe acabar aquí y ahora.

Me quedo mirando el lugar donde sus largos dedos descansan sobre la mesa. Esto tampoco es mentira. Está diciendo lo que piensa de verdad.

—En ese caso —consigo decir a pesar de tener la boca seca —, deberías irte antes de que Diane venga a tomarnos nota.

Roman no vacila. Se levanta en ese mismo instante y no muevo ni un músculo cuando se inclina para darme un beso en la mejilla. Su aroma se intensifica y trato de no hacer ruido mientras inhalo profundamente.

—Adiós, Lilit.

Le dedico mi sonrisa más encantadora. Luego, cuando se marcha, me recuerdo a mí misma que no se puede perder algo que nunca se ha tenido, y me quedo inmóvil mientras mi cuerpo reacciona como si estuviera muriendo por segunda vez.