Capítulo 6 #3
Cuando no estaba de visita en la ciudad, solíamos enviarnos mensajes, aunque tampoco muy a menudo, así que aproveché.
Durante las semanas siguientes, le advertí de que estaría ocupada.
No le escribí primero ni una sola vez y procuré que mis respuestas fueran breves.
No sé cómo, pero resistí el impulso de volar a Chicago a escondidas y ver cómo estaba.
El silencio fue un auténtico infierno, pero ayudó.
Por primera vez desde que lo había conocido, no pisé los Estados Unidos por un periodo prolongado de tiempo.
Antes de que él apareciera en mi vida, residía habitualmente en Irlanda.
Allí tenía un pequeño castillo donde pasaba mis días siempre que no tuviera otro sitio donde estar.
Sin embargo, hacía más de media década que no lo visitaba.
Parecía que me había mudado a Norteamérica sin darme cuenta.
Me dije a mí misma que lo único que tenía que hacer era mantener la distancia. Que tanto Roman como yo habíamos vivido la mayor parte de nuestra vida sin el otro y, por tanto, se podía deducir que no nos necesitábamos para sobrevivir.
No me permitas hacerte daño, pensé. No me permitas hacerte daño.
Entonces, una mañana, me desperté con una llamada.
—Hace tiempo que no sé nada de ti —dijo, aunque no con un tono acusatorio —. ¿Se ha hundido la bolsa o algo así?
—He estado ocupada —respondí.
—Ya, me lo comentaste. Solo quería saber cómo estabas. —Una pausa. Una risa irónica —. Sinceramente, me conformo con oír tu voz.
Cerré los ojos.
—Yo también.
—¿Sí? —Sonaba sorprendido, aunque también cauteloso. No era un intento de provocación: Roman no estaba seguro de si pensaba en él cuando no estábamos juntos, de si era una figura relevante en mi vida.
Esa es la cuestión, pensé. No lo eres. Eres un insecto efímero y yo soy una piedra en medio del campo donde naciste. Nunca deberías haber sabido de mí.
Pero así era Roman. No me interrogaba acerca de mis ausencias ni exigía explicaciones que yo no podía dar. Se contentaba con esperar a que volviera.
—No tenemos por qué seguir hablando por teléfono —dijo —. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
Me vine abajo con más violencia que el faro de Alejandría.
Como no podía soportar la idea de dejarlo, esperaba que él me dejara a mí.
Se cansará, me repetí durante los tres años siguientes.
Querrá tener algo normal, como una familia o una esposa dispuesta a ser presentada ante sus colegas, alguien que prepare brownies para una quedada (sin frutos secos, porque los humanos modernos, no sé cómo, han acabado cargados de alergias más letales que la peste bubónica).
Tarde o temprano, él hará lo que yo no soy capaz de hacer.
Así que fingí no oírle murmurar mi nombre mientras dormía y traté de no dejar que mi alma se hiciera añicos cuando hundía la cara en mi pelo y me abría su corazón, confesando que le aterrorizaba fallarles a sus pacientes: ¿y si cometía un error?
, ¿y si se le escapaba un detalle?, ¿y si dejaba de preocuparse por ellos?
Me obligué a no reparar en que mis visitas se estaban volviendo más frecuentes y las llamadas al final de sus turnos, casi habituales.
Una noche, mientras lo ayudaba a doblar la ropa limpia y él me hacía reír contándome historias sobre los disparates que algunos de sus jóvenes pacientes habían dicho durante el último turno, rememoré un momento, varios años atrás.
Viktor había acudido a mí para hablar de asuntos que en aquel entonces me parecían importantes, pero que ahora ya no recordaba.
Habíamos hablado largo y tendido sobre el progreso en varias misiones pendientes y, al final de nuestra reunión, como si se le hubiera ocurrido de repente, me había dicho:
—Creo que me estoy enamorando.
Lo miré, confundida por la revelación, por el tono, por el mero concepto de que el severo y puritano Viktor se estuviera enamorando.
—De una mortal —añadió.
—Comprendo. —Reflexioné sobre el asunto. Al cabo de un instante, le pregunté —: ¿Te ves capaz de cortar por lo sano?
—¿Perdón?
—Dices que te estás enamorando. ¿Estás en condiciones de recular? —Esperaba que captara la metáfora, porque no tenía ni idea de cómo expresar mejor lo que quería decir.
—Pues… no estoy muy seguro.
—Ah. Bueno, supongo que ya lo averiguaremos.
Él frunció el ceño.
—Pensé que te enfadarías más.
—¿Por qué iba a enfadarme?
—Porque me he dado cuenta de que, ahora que ella está en mi vida, algunas de mis prioridades han cambiado. Noto que me estoy volviendo… despreocupado.
Asentí, sintiéndome feliz por él, pero también convencida de que se cabrearía conmigo si lo felicitaba por algo tan mundano como encontrar a alguien a quien amar tanto como al deber, la historia o los viejos palimpsestos.
—¿Te refieres a la falsificadora? ¿La chica que sabe de nosotros?
—Sí —dijo con la mandíbula apretada, como si quisiera abrir la boca lo menos posible y tragarse todo ese asunto tan vergonzoso.
—¿Ella te corresponde o…?
—No. —Una pausa —. No lo sé. Tal vez.
—Ya veo. Bueno, si quieres mi permiso para convertirla…
—No. No. —Se pasó la mano por la cara. Probablemente, aquella era la mayor muestra de emoción que le había visto mostrar desde mucho antes de que Cristóbal Colón zarpara para cometer todo tipo de atrocidades en el Nuevo Mundo —.
No, Lilit. Espero de verdad… Confío en que lograré cortar antes de que sea demasiado tarde.
No fue así. Y yo misma fui testigo de ello, por eso pude reconocer las señales en mí cuando me vi en la misma situación. Sin embargo, cuando me di cuenta de que estaba a punto de caer, ya había cruzado la mitad del precipicio.