Capítulo 6 #2
Ojalá pudiera decir que fue el sexo lo que me —nos — llevó a querer repetir. Que su valor residía exclusivamente en la forma en que ayudaba a mi cuerpo a sentir cosas que había olvidado o a descubrir otras nuevas y maravillosas. Pero no es el caso.
En cuanto empecé a conocerlo, me cayó bien.
Me gustaba su integridad, su mente y la manera en que parecía incapaz de compartir un solo dato sobre sí mismo sin querer saber el detalle correspondiente sobre mí, incluso después de darse cuenta de lo poco probable que era que yo revelara nada.
Me gustaba el aroma de su sangre, y que fluyera con tanta fuerza que podía trazar su recorrido con la lengua a mi antojo.
Me gustaba su falta de ego. Me gustaba cómo reparaba en las personas y se esforzaba por darles lo que necesitaban, como la anciana propietaria de un hostal en Indiana, que cada mañana tomaba el café con él en el porche porque sabía que estaría dispuesto a escucharla hablar de sus batallitas de juventud.
Me gustaba su desinterés por el poder y toda esa parafernalia, lo competente y seductor que era y su disposición a no juzgar antes de tiempo.
Me gustaban decenas de cosas sobre él. Ojalá supiera cuál fue la definitiva, la que me hizo enamorarme.
La Lilit del pasado también se lo preguntaba.
Durante mucho tiempo, tuve la esperanza de que analizar y reconocer la atracción que sentía fuera la clave para liberarme de ese yugo, como en una de esas viejas fábulas donde pronunciar una palabra mágica rompe el hechizo.
«Rumpelstiltskin». «Ábrete, Sésamo». «Roman Martin».
Al final, lo único que tenía claro era que me gustaba y que lo deseaba como jamás había deseado a nadie.
Nunca me había enamorado siendo mortal, y siempre me preguntaba si lo que sentía encajaba con la definición de esa palabra.
Sin embargo, no albergaba ninguna duda de que era de esto de lo que hablaban los poetas y las parábolas.
Debería haber sido más lista y no haber cedido, pero, en su lugar, me dejé llevar.
A Roman yo también le gustaba. Nunca me hice ilusiones: mi carácter esquivo, mis evidentes medias verdades y los misterios que me seguían como migas de pan eran motivos más que suficientes para enganchar a cualquier jovenzuelo.
Roman parecía a la vez frustrado por el secretismo y dispuesto a esforzarse el doble para descubrir lo que escondía.
—Ya te lo dije —contestaba a veces, con la cabeza apoyada en su bíceps —. Llevo una vida muy aburrida y no me gusta hablar de ello. Viajo por trabajo y poco más.
Él no se lo creía, y me parecía bien que así fuera, pero sabía que, cuanto más indagara, más me alejaría. Poco a poco, dejó de preguntarme por mi pasado. En su lugar, empezó a querer saber sobre mi futuro.
—No tengo turno hasta mañana por la tarde.
Quédate a dormir —me pidió una noche, apartándome unos mechones de pelo de la frente sudorosa.
Esa fue su primera victoria. Después de eso, vino un fin de semana juntos en un parque nacional cercano.
Tres días en un lago, porque «lo cierto es que soy bastante buen navegante, ya verás».
Una semana en la nieve. Luego diez días.
Quince días. Semanas y meses. Primero una vez al año, después varias.
Dije que sí una vez sin ser consciente de lo que hacía.
Y luego algunas veces más. Y luego siempre.
Aquellos fueron años relativamente tranquilos en mi mundo, con Silas fuera del mapa y los cabos sueltos ya atados.
Y Roman… Roman se sentía solo, según descubrí.
Sufría el mismo tipo de soledad que yo. Era inteligente y la gente de su entorno le quería, estaba rodeado de amigos, compañeros de trabajo y conocidos.
Y, sin embargo, se sentía solo. No lo decía, pero estaba claro que algo lo alejaba de las personas de su vida, como si se encontrara en los suburbios de su propia existencia.
Debería haberme dado cuenta de la razón desde el principio, pero estaba ocupada disfrutando del tiempo que pasábamos juntos.
Sus ojitos de enamorado mientras me contemplaba untándome aceite en el pelo, la forma en que vacilaba al escucharme suspirar de placer mientras yo lo envolvía con las piernas, las atractivas arrugas de su rostro, que se volvían aún más bellas con la edad.
A Roman le gustaba que yo llevara las riendas, lo cual era una suerte, porque yo también lo prefería.
Obviamente, era más fuerte que él. No tenía ni idea de que en cualquier momento podía arrancarle los músculos de cuajo con un simple movimiento de dedo.
Aun así, se comportaba como si lo supiera.
En la cama, cada palabra que yo pronunciaba era una orden.
Se callaba cuando quería que se callara y gritaba si yo se lo exigía.
Se arrodillaba a mis pies y me pedía permiso para adorarme los pechos.
Suplicaba que le dejara meterse entre mis muslos y luego que le permitiese abrirme las piernas para ver cómo se introducía dentro de mí.
Esperaba a que le diera permiso antes de dejarse llevar por el placer y, cuando por fin lo hacía, su cuerpo se estremecía contra el mío.
Si le hubiera pedido que me dejara beber su sangre, habría accedido sin dudarlo, y sin ninguna garantía de que no lo dejaría seco.
—La primera vez que te vi, pensé que parecías un ángel —me confesó una vez mientras lo cabalgaba, alternando la mirada entre mis ojos y mis pechos.
Soltó una risa y añadió —: Ahora más bien creo que eres una diosa.
Una cruel, de las del Antiguo Testamento.
—Estaba mezclando sus creencias con la realidad, pero no me importaba.
Veía mi verdadero yo, en la medida en que un mortal era capaz de hacerlo.
Nunca le pregunté si quedaba con otras mujeres durante las semanas que yo me ausentaba.
Esperaba que sí y esperaba que no. Una vez más, esperanzas demasiado contradictorias.
Una vez más, dejé de esperar nada. No me interesaba tener más amantes ni encontrar compañía en otras personas, ya fueran mortales o renacidos.
Lo único que quería era a Roman. Puro egoísmo y codicia.
No sabía que mi mente, tan ordenada, metódica y pragmática, pudiera soportar esos episodios de desenfreno.
Durante el otoño de nuestro sexto año juntos, me llevó fuera de la ciudad, a un lugar en las montañas.
Ese día, un perro se soltó de la correa y se cruzó delante de nuestro coche.
Roman frenó de golpe, evitando por los pelos atropellarlo, y puso el brazo derecho delante de mi cuerpo para protegerme del posible impacto.
—Joder, ¿estás bien, Lilit? —Se volvió hacia mí con los ojos muy abiertos y no pude evitar mirar su brazo, que aún intentaba protegerme.
Los bíceps, tríceps y vasos sanguíneos envueltos en una piel fina como el papel que no tenían ninguna posibilidad de vencer a la gravedad, a la materia y a las despiadadas fuerzas de la física.
Se me escapó la risa.
—Vale. Vale. Bien. Estás bien. —Creo que atribuyó mi risa al shock.
Poco a poco esbozó una amplia sonrisa y a mí me entraron unas ganas locas de decirle que debería ser yo quien lo protegiera. Cuando me tomó la mano para reconfortarme, se la apreté y me pregunté: ¿Y si le hablara de los renacidos?
Una sola y sencilla pregunta que trajo consigo cientos más.
¿Qué diría Roman? ¿Se enfadaría conmigo?
¿Me suplicaría que convirtiera a todos sus pacientes más graves?
¿Adivinaría por instinto que no se puede estar vivo tanto tiempo sin cargar con la responsabilidad de haber hecho cosas reprensibles?
¿Vería repulsión en sus ojos? Peor aún, ¿desarrollaría ese tipo de ansia monomaníaca por la inmortalidad que algunos sienten cuando descubren que la muerte no es inevitable?
No sentía vergüenza ni culpa por mi naturaleza; había tenido mucho tiempo para aceptarla.
Sin embargo, no me entusiasmaba la idea de verme reflejada en los ojos de Roman.
Aun así, fantaseaba con confesarlo todo. Con ofrecerle la inmortalidad. Con que se convirtiera en mi compañero de vida.
Hazlo, me incitó la parte racional de mi cerebro.
Cuéntale lo de los renacidos. Comprueba si le repugna la idea de desafiar a la muerte, si sigue queriendo estar contigo una vez que conozca la verdad sobre ti.
De ser así, ya sabes cómo funciona el ritual para cruzar.
Primero tendrás que acabar con su vida para convertirlo, y no hay garantía de que funcione; a veces el ritual no cuaja y nadie tiene ni idea de por qué.
Si eso sucede, Roman estará muerto y el mundo será un lugar peor.
Pasó el tiempo. No dije nada.
Varios meses después, mientras dormitaba encima de él en su cama, con el calor del verano pegándonos la piel, sonó su móvil. Sentí cómo se movían sus músculos debajo de mí, pero no tuve fuerzas para apartarme.
—¿Sí?
Era una mujer. Una compañera de trabajo. Charlaron un rato y luego ella le contó el plan para esa noche: una cena en casa de un compañero para celebrar no sé qué.
—Puede. Estoy con… —Roman me miró con una leve sonrisa — una amiga. Veré si quiere ir y te escribo para confirmártelo.
Al otro lado se hizo un breve silencio.
—Chachi pistachi.
Llevaba años sabiendo que Roman estaba inexplicablemente aislado, que no encajaba del todo, ni siquiera en su propia vida; que alguien como él debería haber tenido un lugar al que pertenecer y no ir por ahí como si hubiera una fina capa entre él y el resto del mundo.
Pero había estado demasiado distraída durante demasiado tiempo como para percatarme de qué era lo que realmente le había arrebatado la vida que se merecía: yo.
En cuanto me di cuenta de que era una lacra para Roman, traté de alejarme de su vida.
Sé que puede parecer que no, pero de verdad que lo intenté.