Capítulo 6
T erminé de nuevo en Chicago debido a un imprevisto con el avión que había alquilado.
Aquella vez me dirigía a Canadá por asuntos que no tenían nada que ver con Silas: una renacida dos escalones por debajo de mí en mi linaje mostraba signos de malestar psicológico, y su sire, que la apreciaba mucho, quería mi opinión.
Ojalá pudiera decir que tardé en recordar que existía la opción de contactar con Roman en medio de una larga noche de espera, mientras terminaban las reparaciones, y que la existencia de Roman era como un clásico antiguo: algo de lo que me había olvidado hasta que el aburrimiento y la ociosidad lo desempolvaron.
La verdad, por supuesto, es que era plenamente consciente de su presencia en la ciudad…
, bueno, no: de mi presencia en su ciudad desde el momento en que aterrizó el avión.
Incluso al enviarle el mensaje, me dije a mí misma que seguramente estaría ocupado.
O que quizá no se acordaría de mí. Que era mortal y, por tanto, poco fiable.
Que yo tenía su número, pero que nunca le di el mío.
Ni siquiera había guardado bien el contacto, lo cual significó tener que repasar uno por uno hasta encontrarlo.
Tardé el tiempo suficiente como para que existiera la posibilidad de recuperar el sentido común en el proceso.
Aunque no tuve tanta suerte.
Lilit: ¿Estás ocupado hoy?
Estaba segura de que contestaría: «¿Quién eres?
». Ese sería, con suerte, el momento de lucidez que necesitaba para abortar esta locura, el equivalente a una mano agarrándome por la nuca justo cuando estaba a punto de saltar a una piscina llena de tiburones.
Bueno, de tiburones no. Roman no era tan peligroso.
Aunque podía resultar un inconveniente, como cualquier otro mortal que pululara más tiempo del debido en nuestras vidas de renacidos.
Era como una alga: inofensiva si la dejabas en paz, pero potencialmente mortal si te enredabas en ella.
Por desgracia, su respuesta fue inmediata:
Roman: ¿Lilit?
Mi «sí» se envió antes de que me diera cuenta de que estaba escribiendo.
Roman: Termino el turno a las 7 de la mañana. Podemos vernos un minuto después de esa hora. Literalmente.
Esperaba que mi avión estuviera listo para despegar por aquel entonces.
Y también que el problema fuera tan grave que tardaran días en arreglarlo.
Esperaba cosas tan contradictorias que me dije a mí misma que lo mejor era dejar de esperar.
Aquello era nuevo para mí: saber que no debía hacer algo y, sin embargo, hacerlo igualmente.
Quedé con él en una cafetería cerca del hospital a las 07:15.
—Tenía muchas ganas de que me llamaras. —Tenía un aire juvenil, estaba nervioso y feliz. Su corazón latía con fuerza. El ligero rubor de sus mejillas me calentó las entrañas.
En ese momento pensé por primera vez (aunque luego vendrían muchas más): ¿Y si pruebo su sangre?
¿Tendrá un sabor dulce y a hierro? ¿La sentiré pesada y espesa en el estómago?
¿Cómo será tener acceso a sus pensamientos?
Me imaginé que el interior de su cabeza sería tan guay y ordenado como su apartamento.
Sin duda, la mayor parte de su atención se centraba en su trabajo y en hacerlo bien.
Estaba segura de que tenía otros intereses —sus estanterías rebosaban de libros, tanto académicos como de narrativa, y había indicios de que pertenecía a algún equipo deportivo —, pero su motivación principal parecía ser esa, lo cual era un alivio en más de un sentido.
Era poco probable que se obsesionara conmigo en los periodos de tiempo en los que no estuviera con él.
—¿Quieres ir a tu casa? —le pregunté.
—¿Desayunamos primero? Yo invito.
—Claro —respondí, porque no me importaba esperar.
Sentía cierta curiosidad por saber cómo le iba con la residencia de la que me había hablado.
Solo voy a informarme de la evolución de un sanador mortal, me dije a mí misma.
Para nosotros era importante estar al tanto de lo que ocurría en el mundo.
Las noticias y las redes sociales sin duda ayudaban, pero nada comparado con el contacto directo con los mortales.
Al conversar con él, descubrí que Roman concebía el tiempo en términos que a mí me resultaban desconocidos.
Turnos, vidas, el número de personas a las que podía ayudar y los recursos que necesitaría para hacerlo.
Para él, un día se dividía en fragmentos de doce horas, conceptualizados como ladrillos, momentos de descanso seguidos de periodos de dedicación absoluta.
Y, a la larga, logros. Habilidades. Pensé en lo irónico que resultaba que toda su existencia estuviera destinada a acumular conocimiento para combatir los estragos de la muerte.
Estaba sentado frente a alguien que podría haberle concedido la inmortalidad con una gota de su sangre, y no tenía ni idea.
Envejecería sin saber jamás lo cerca que había estado de vivir para siempre.
Esa idea me entristeció. Lo cual debería haber servido como una primera señal de alarma sobre el camino que estaba tomando.
Por molesto que fuera, cada detalle que Roman revelaba sobre sí mismo —su trayectoria profesional, la ausencia de su familia, su amor por Chicago, la ciudad donde había nacido… —iba seguido de la misma pregunta: «¿Y tú, Lilit?».
La esquivé tanto como pude, pero tonto no era, y tampoco el típico tío al que le encanta escucharse. Cuando se interesó por dónde había estudiado y yo respondí «aquí y allá», se quedó mirándome fijamente.
—Eres muy enigmática, ¿no?
—Así es. —Una pausa —. ¿Crees que podrías acostumbrarte a ello?
—Me da que no tengo elección si quiero que sigamos viéndonos, ¿me equivoco?
De todos modos, no vamos a seguir viéndonos, pensé.
Ilusa de mí.
Ahora me doy cuenta de que quizá no esté contando esta historia como es debido.
En mi defensa diré que no tenía en mente que fuera a dar detalles sobre cómo llegué a ser lo que soy.
Créeme cuando te digo que, cuanto más se vive, menos importancia tienen los orígenes de uno a la hora de decidir sobre su futuro.
Sin embargo, lo que sí diré en aras de la exhaustividad es que mi progenitor era tan poderoso como cruel.
Era un sacerdote del templo de Ishtar y, al igual que yo, adoraba la belleza, aunque sus gustos se inclinaban menos por la creación artística y más por el consumo de los placeres carnales.
Un día, fui acusada de traición por un vínculo circunstancial con un grupo de insurrectos y me condenaron a muerte (cabe especificar que esa acusación fue injusta; en aquel momento era demasiado inconsciente, pasaba demasiada hambre y estaba demasiado agotada como para involucrarme en algo tan novelesco como una conspiración).
Mi sire me vio encadenada, le parecí bonita y decidió que aportaría valor a su patrimonio.
Me ayudó a cruzar y, aunque primero me pidió permiso, yo diría que su explicación de lo que implicaba vivir eternamente fue, cuando menos, escasa.
Aun así, no me arrepiento de haber aceptado.
Fui su compañera durante el siglo que siguió, en el que me hizo creer que él y yo éramos los únicos de nuestra especie, y durante el cual nunca lo cuestioné.
Mentiría si dijera que fui infeliz a su lado; en muchos aspectos, si no en todos, el sacerdote me trataba mejor y con más respeto de lo que jamás había experimentado.
Sería una mentira igual de grave afirmar que me sentí desconsolada cuando Li Xiu nos encontró y se deshizo rápidamente de él en un acto de venganza.
—Mató a mi sire —me dijo después de chuparle toda la sangre —. Llevo siglos buscándolo. Dime, ¿con qué disparates te ha llenado la cabeza?
Quizá esto es lo que me hizo cogerle aversión a la idea de mantener relaciones románticas dentro de un mismo linaje: la certeza de que es inevitable que haya un desequilibrio de poder y conocimientos.
O puede que fuera otra cosa que no tiene nada que ver, como la comprensión de que vivir para siempre parece acabar con una parte fundamental de nuestro ser.
Aunque lo más probable es que se deba a que soy demasiado exigente y la mayoría de los renacidos que he conocido simplemente no me encajaban.
En cualquier caso, con el paso del tiempo se hizo evidente que, a la hora de elegir amantes, prefería buscar entre los mortales.
Muchos han dado por sentado que Silas y yo, o Viktor y yo, fuimos compañeros en algún punto.
Me la suda lo suficiente como para no haberme molestado en esclarecer las cosas, pero el caso es que no es cierto.
Ahora bien, con los mortales siempre he tenido la sensatez de no repetir.
Puede que sean ignorantes, pero no son bobos.
Aunque sus ojos apenas sepan lo que están percibiendo, su cerebro sabe que algo falla.
Por muy cautelosos que intentemos ser los renacidos, a veces podemos tener un desliz, como olvidarnos de ocultar que tenemos una fuerza o una velocidad sobrenaturales, por ejemplo.
En las circunstancias más extremas, los más jóvenes y frágiles pueden verse dominados por la sed de sangre y volverse violentos.
La solución es sencilla: los peligrosos seres que no envejecen y tienen tanto poder no deberían ser una presencia constante en la vida de un mortal. Y, sin embargo, aquella mañana, cuando Roman dejó su vaso de agua sobre la mesa y dijo:
—Me alegro mucho de volver a verte.
Yo respondí:
—Yo también.
Su respiración era audible por encima del torrente de sangre que le corría por las venas. Me sonrió y fuimos a su apartamento. No salimos de ahí hasta que tuvo que volver al hospital para su turno de noche, a pesar de que mi avión ya hacía horas que estaba listo para despegar.
Por supuesto, esos encuentros se repitieron varias veces. Si hubiera parado, no habría ninguna historia que contar.