Capítulo 5 #3
Toda la experiencia tuvo un carácter difuso, un poco como la forma en que los directores eligen representar las secuencias oníricas en las películas.
Nunca me han parecido creíbles y, a decir verdad, una de las razones por las que jamás he disfrutado del cine es la naturaleza arbitraria de las convenciones cinematográficas.
Pero el placer que se adueñó de mí aquel primer día me dio la sensación de ser justo así: fantasmal, efímero, omnipresente.
Lo único que me mantenía anclada eran los ojos de Roman, clavados en mí, suplicantes.
Una y otra vez, parecía caer en el mismo trance que yo estaba experimentando.
Sentía que había perdido el control, y que no era la única.
—¿En qué idioma has hablado? —me preguntó después, con sus fuertes brazos acunándome como si fuera algo frágil y valioso. Se lo permití. Así de bueno había sido aquel polvo.
—¿Perdón?
—Has dicho algo mientras…, pero no he logrado… —Se encogió de hombros, un poco tímido, y yo me eché a reír.
—Creo que me has hecho olvidar lo que sé de inglés.
Él también se rio contra mi cuello.
—No es para tanto, y menos si el inglés no es tu lengua materna.
En efecto, el inglés no era mi lengua materna.
De hecho, cuando nací, el inglés ni siquiera existía como tal.
No apareció hasta más tarde, cuando yo ya era una renacida viejuna ocupando el cuerpo de una mujer joven, cuando ya había sido testigo de varias guerras, conquistas y olas migratorias; cuando ya había escuchado cómo los sonidos nórdicos, celtas y franceses luchaban por imponerse; cuando ya había visto cómo cambiaban las reglas, se transformaban los significados y se desmoronaban los contextos.
Puede que el inglés no existiera cuando nací, pero yo estaba presente cuando se formularon sus primeras palabras, lo que significa que empecé a dominarlo cuando aún era una lengua en pañales.
Más de mil años después, este hombre había entrado en mi cuerpo y me había hecho olvidarlo todo.
—¿Qué habría pasado si hubiera tenido menos de veintiún años? —le pregunté más tarde, mucho más tarde, mientras él me observaba vestirme. Ese día acabé quedándome en su apartamento todo el tiempo posible. Lo cual fue muy pero que muy irresponsable por mi parte.
—No lo sé. —Roman me lanzó una de esas miradas irónicas que ya empezaba a reconocer como un signo de modestia —. Supongo que me habría alejado y me habría dado un golpe en la cabeza contra la puerta de emergencia de la azotea, probablemente.
Estaba desconcertada, pero también dispuesta a verlo con buenos ojos.
—¿Por qué es ahí donde pones el límite de edad?
—No sé. Veintiún años me suena a edad de parvulario.
—Dijo el que tenía la avanzada edad de…
—Casi veinticinco. —Al menos parecía avergonzado —. La cuestión es que normalmente me atraen más las mujeres maduras. Tú eres una especie de excepción.
Arqueé una ceja.
—Cuando dices maduras, ¿de cuántos años estamos hablando?
—Tampoco tantos, es que… —Se rio de nuevo. Qué mono, pensé. Esa palabra, por muy difusa y variable que supiera que era, sin duda encajaba con él —. Las cosas que me resultan atractivas suelen ser más comunes entre las mujeres mayores que yo.
—¿Como qué?
Dudó y se encogió de hombros antes de contestar:
—Me gusta que tengan aplomo, que sean seguras de sí mismas y directas. Apañadas y estables. Las mujeres así me resultan muy sexis. Y tú…
Yo era todas esas cosas; claro. Pero:
—Hemos charlado durante unos cinco minutos antes de que me propusieras quedar. No tienes ni idea de si soy apañada, directa o segura de mí misma.
—¿Lo dices en serio? —resopló, incorporándose en la cama, con las sábanas arremolinadas alrededor de la cintura.
Tenía un físico realmente envidiable.
—Has logrado calmar a un niño histérico cuyo nombre ni siquiera sabías.
Has contactado con su familia, te has sentado a su lado y le has cogido la mano sin pestañear.
Además, mientras esperabas ha entrado una víctima de un accidente de coche y había un montón de sangre, y ni te has inmutado.
Te has mantenido tranquila y serena, demostrando un autocontrol que los estudiantes de Medicina tardan años en conseguir.
—Comprendo. —Era posible que Roman fuera más observador de lo que estaba dispuesta a admitir.
—No me malinterpretes, me alegro mucho de haberme acostado contigo, y no voy a fingir que no ha sido el mejor sexo de mi vida, pero el caso es que, cuando he subido a la azotea, lo único que pretendía era charlar.
Era sincero, e incluso algunas partes de lo que dijo despertaron en mí una sensación agradable, aunque nada de eso importaba: nunca volvería a ver a este tío —hombre. Hombre —. No era prudente relacionarse con mortales con regularidad.
Justo cuando estaba recordándome esa indiscutible verdad, Roman preguntó:
—¿Me das tu número?
Terminé de abrocharme el sujetador y le lancé lo que creí que era una mirada neutra, pero él debió de percibir algo. Quizá un atisbo de pesar en la inclinación de mis hombros. Una pizca de melancolía en la curva de mi sonrisa. Al fin y al cabo, era cirujano. El cuerpo humano era su fuerte.
—Tengo un trabajo muy exigente —dije, igual que había dicho docenas de veces —. No estoy interesada en una relación tradicional, y eso no va a cambiar.
—Me parece bien. No hay problema.
—Eso lo dices ahora, pero…
—Estoy a punto de empezar una residencia doble en Pediatría y atención de urgencias; no voy a ver la luz del sol en los próximos seis años.
Créeme, yo tampoco busco una relación. —Saltó de la cama, desnudo, y se acercó a mí, recordándome a las estatuas esculpidas por los grandes —.
Mira, no me des tu número si no quieres, pero puedo darte yo el mío.
Me pareció un compromiso inofensivo, así que le dejé compartir su información de contacto.
Diez minutos más tarde, salí del apartamento de Roman, con el cuerpo aún vibrando por lo que había vivido.
Debo decir que no estaba del todo satisfecha.
No me gustaba, y sigue sin gustarme, descubrir cosas nuevas sobre mí misma, en especial si me las enseñaba un mortal que tenía menos de una centésima parte de mi edad.
Da igual, pensé.
De todas formas, no pensaba volver a ver a ese hombre, por lo que estaba convencida de que el problema se resolvería por sí solo.