Mortal & Inmortal Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Hizo un gesto vago en mi dirección. Podría haber aludido a varios detalles, desde el hecho de que no aparentaba la edad suficiente para tener un hijo de nueve años hasta la forma en que intentaba mantener el menor contacto posible con el niño que se aferraba a mi mano.

(En mi defensa diré que prácticamente lo había sacado de la basura).

Quizá lo había adivinado porque mi vestimenta estaba fuera de lugar: gafas de sol y un vestido corto en marzo.

La ropa inadecuada no me ayudaba a pasar desapercibida, pero, por mucho que detestara el frío, odiaba aún más la sensación de la tela sobre mi piel, y, sobre todo, la idea de llevar algo que no me pareciera estéticamente bonito.

—Bueno, he encontrado una etiqueta con su nombre en la mochila y he llamado a sus padres —añadí —. No tardarán mucho. —El doctor miró en silencio el punto en el que la mano del niño se aferraba a mí —. Entiendo que ya me puedo ir, entonces.

El agarre del niño no se aflojó lo más mínimo.

Suspiré.

—A menos que se requiera mi presencia, claro.

El doctor Martin no se molestó en ocultar que la escena lo divertía y acabé junto a la cama del pequeño, rodeada del hedor a productos químicos y sangre infectada, hasta que su familia irrumpió en la habitación, presa del pánico y con los ojos llorosos, y por fin pude liberarme de aquella terrible situación.

Una humillación más por culpa de Silas.

Las siguientes palabras que me dirigió Roman fueron:

—Si está pensando en saltar al vacío, debo decir que sería muy desconsiderado por su parte hacerlo aquí.

Habían pasado unos quince minutos desde que el niño y sus padres se habían reunido.

Al marcharme, había decidido subir al tejado del hospital para aclarar las ideas.

Estaba junto a las barandillas de seguridad, observando el ajetreo del tráfico interminable de la ciudad.

Incluso agradecí que hiciera un poco de brisa, porque ayudaba a limpiarme las vías respiratorias de los olores desagradables de la sala de urgencias.

No tenía muy claro si el doctor Martin estaba bromeando. El humor es, por desgracia, otra de esas experiencias instintivas que requieren una rápida adaptación, y parece que siempre tardo demasiado en pillarlo.

—¿Desconsiderado hacia…? —pregunté escéptica.

—Los niños con otitis que están abajo esperando a que los atiendan, por ejemplo. No se merecen verla espachurrada contra la acera.

La verdad es que tenía sentido. Asentí.

—Y desconsiderado hacia mí, ya de paso. Tendría que rellenar un montón de papeleo.

—¿En serio? —Me volví hacia él, intrigada.

Cuando frunció los labios, deseé no llevar gafas de sol para saber de qué tono exacto eran.

—En realidad, dependiendo de la edad que tenga, quizá podría librarme. Esto es un hospital pediátrico.

—¿Eso significa que solo tratan a niños?

—Correcto.

—Espere. Entonces, en un hipotético escenario en el que me tropezara, cayera desde aquí y me rompiera una pierna…

—Se rompería algo más que la pierna.

—Ya, pero supongamos que sobreviviera a la caída…

—No sobreviviría.

—… y necesitara atención médica urgente. ¿Me atenderían?

Se encogió de hombros.

—Seguramente no.

Abrí mucho los ojos. Las complejidades del sistema sanitario actual eran desconcertantes, incluso para alguien con tanta experiencia como yo.

—¿Así que me rechazarían?

—No. Le dibujaría un mapa de cómo llegar al centro de traumatología para adultos que hay al otro lado de la calle.

Podría ir a la pata coja hasta allí. —Un rato antes pensaba que no se le daba bien disimular su diversión, pero en ese momento me di cuenta de que lo que pasaba era que no se molestaba en ocultarla.

—Es usted despiadado, doctor.

Asintió lentamente, fingiendo consternación.

—Se nos permite hacer algunas excepciones.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Podría admitir a un paciente mayor de dieciocho años si aún no ha cumplido los veintiuno.

Me observó fijamente, expectante, y entonces me percaté de lo que pasaba.

Un segundo después, mi cerebro me confirmó que sí, que me interesaba seguirle el juego.

Me giré para apoyarme en la barandilla y saqué la cartera del bolsillo.

Cuando le mostré mi documento de identidad, lo aceptó sin decir nada, con la mirada oscilando varias veces entre mi rostro y la foto.

—Lilit Kavvadias —leyó. En esa época había adoptado una identidad de raíces griegas. Encajaba con mi complexión y hablaba el idioma como una nativa —. Nacida en Londres. ¿De ahí viene su acento?

Mi acento era un desastre: tenía un deje pijo y demasiado refinado que se superponía a un sinfín de peculiaridades propias de alguien que habla varios idiomas.

Había renunciado a encasillarlo en una nacionalidad concreta, así que le di mi respuesta habitual: «De pequeña mis padres se mudaban mucho», y permití que Roman sacara sus propias conclusiones.

—¿Y ahora vive en Chicago?

—No. Solo estoy de visita.

—Entonces, ¿dónde vive?

—Viajo mucho por trabajo. —Otra de mis frases estrella.

Echó un vistazo a mi fecha de nacimiento, que era el motivo detrás de aquella conversación y que me situaba en veintitrés años. Él debía de tener un par más.

—¿Ya ha terminado los estudios?

Asentí con la cabeza y él me devolvió el carné.

—¿Por qué me ha enseñado su documentación? —preguntó, como si no se hubiera pasado los últimos cuarenta y cinco segundos analizándola.

—Porque parecía dubitativo.

—¿Dubitativo acerca de qué?

—De si tenía la edad adecuada para usted. He considerado que sería mejor ir al grano.

Esa sonrisita otra vez. Después se aclaró la garganta y apartó la mirada. No es que la gente misteriosa me fascinara con facilidad ni que creyese que me estaba ocultando nada, pero me estaba costando encasillarlo o reducirlo a un estereotipo.

—He subido porque la estaba buscando. Liam, el chico que ha traído, está a punto de recibir el alta, y los padres quieren darle las gracias por lo que ha hecho por él.

—No hay necesidad de agradecerme nada.

—De acuerdo. ¿Y si me piden sus datos de contacto…?

—Pídame el número y déjese de rodeos, doctor Martin.

Contuvo la sonrisa, se metió las manos en los bolsillos y se balanceó sobre los talones, pero ni por un segundo pensé que era por inseguridad o falta de confianza.

—¿Cuánto tiempo va a quedarse en la ciudad?

—Esta misma noche me marcho.

Otro de esos asentimientos pensativos, seguido de una larga pausa. Actuaba como si todo lo que yo dijera tuviera que ser cuidadosamente analizado por un comité de eruditos instalados en su cráneo.

—¿Me permite invitarla a un café?

Era temprano y estaba tan nublado que me sentí segura quitándome las gafas de sol. Al verlo a pleno color, me pareció aún más atractivo.

—¿Siempre liga con tanta agresividad?

—No, nunca. Considérelo una muestra de mi desesperación.

Eso me hizo sonreír.

—No hace falta ir a tomar café —respondí mirándolo a los ojos.

Me alegró comprobar que eran de un tono marrón más claro que su pelo. El contraste era precioso.

Me devolvió la sonrisa antes de asentir por enésima vez. Pensé que nos entenderíamos bien. No tenía ni idea de cuánto.

Nuestra primera vez fue rápida, torpe y, sobre todo, insulsa, lo cual no me esperaba.

No tenía paciencia para soportar a los amantes incompetentes y, con el tiempo, me había vuelto experta en detectarlos y evitarlos.

A excepción de la juventud, Roman no tenía ninguna de las cualidades que, según mis investigaciones, se asociaban con los hombres sexualmente ineptos.

Así que me sorprendió que terminara tan rápido.

Aunque creo que él se sorprendió más. Era evidente que sentía una vergüenza desmesurada: estaba tapándose los ojos con las manos, un rubor intenso le trepaba por el cuello y los cuádriceps se le habían tensado.

Casi me echo a reír. Me contuve porque no quería herir sus sentimientos.

Decidí echarle un vistazo a su diminuto y ordenado apartamento con el objetivo final de encontrar mi sujetador y emprender una retirada estratégica.

Una llega a esta edad sabiendo cuándo es mejor cortar por lo sano.

—No tengo… Puede que no sirva como excusa —dijo después de recuperar el aliento. Tragó saliva —, pero eres la persona más atractiva que he visto y tocado jamás. Y…

Solo lo escuchaba a medias, sin dejar de buscar mi ropa interior por la habitación.

Nunca le había dado mucha importancia a los cumplidos sobre mi atractivo físico: mis rasgos y mi porte general habían pasado de moda demasiadas veces como para que me preocupara algo tan voluble como las opiniones de los demás.

—¿Lilit? —escuché, y me volví hacia Roman con una sonrisa cortés, deseando haber calado mejor a ese hombre o que hubiera estado a la altura de su potencial.

Debió de leer mi expresión de desconcierto y notar mis ganas de marcharme, porque cualquier rastro de humor autocrítico desapareció de su rostro.

—Por favor —murmuró tendiéndome la mano —. ¿Me concederías el honor de sentarte en mi cara?

La segunda ronda fue la que me destinó al fracaso, y a día de hoy no sabría decir por qué.

No creo que fuera una simple cuestión de técnica, habilidad, tamaño, belleza o resistencia.

Tal vez fue una combinación de todo. Lo único que sé es que sucedió: empezó a tocarme, se me nubló la vista y de repente solo sentía placer.

Recuerdo destellos breves, aislados y aturdidores.

Su boca sobre mí. La sensación de su piel bajo mis nudillos al deslizarlos por su vientre.

Lametones fugaces a la altura de mis pezones.

Sus gemidos contra mi garganta mientras me la metía y el delicioso aroma de su sangre tras la barrera de la piel.

Tenía tantas ganas de morderlo que me dolían los dientes.