Mortal & Inmortal Capítulo 5
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Capítulo 5

T eniendo en cuenta lo que acabo de decir sobre la forma de amar —o más bien de no amar — que tienen los renacidos más antiguos, empiezo a preguntarme si debería dar una explicación de cómo terminé conociendo a Roman y por qué no logré remediar lo que sentía hasta…

Bueno, a día de hoy sigo sintiéndolo, ¿no?

Quiero dejar claro que yo no lo estaba buscando.

De hecho, en aquel momento no tenía intención alguna de encontrar un amante, y si la hubiera tenido, habría actuado con responsabilidad y me habría mantenido alejada de alguien como él.

O, para ser más exacta, me habría mantenido alejada de alguien que me gustara tanto como él.

Todo comenzó hace unos diez años, a raíz del asunto de Ars moriendi.

Silas, un miembro de mi linaje, había llegado a lo que parecía ser una edad difícil para los renacidos y decidió convertirlo en un problema de todos, lo cual requirió mi intervención.

Cuando era mortal, Silas había sido herrero, y su habilidad para crear colgantes, fíbulas y broches me había parecido tan valiosa y excepcional como las piedras preciosas que empleaba.

Nunca había sentido predilección por las joyas, pero desde joven sentía debilidad por los artistas y eruditos, y por aquellos que llevaban su oficio a la perfección a fuerza de disciplina, trabajo duro y ese tipo de obstinación compulsiva que probablemente despertaría cierta inquietud entre las personas cuerdas y equilibradas.

Tal y como mi querida Vero reflexionó muchos siglos después de que yo conociera a Silas, pensando que no la escuchaba: «A Lilit le gustan los raros, ¿verdad? ».

Evidentemente, yo no sabía cómo era la mente de Silas, ni su temperamento ni sus inclinaciones.

Lo único que me importaba era su talento y, cuando vi que el mundo estaba a punto de perderlo por un accidente en la forja, lo visité en su lecho de muerte y le pregunté si le interesaba ser inmortal.

Al igual que todas las demás personas a las que les había planteado esa cuestión, su respuesta fue: «Sí, por favor».

Algunos renacidos recién convertidos empañan su linaje desde el principio. Silas, sin embargo, se comportó durante casi un milenio. No fue hasta los últimos dos o tres siglos cuando entró en lo que Li Xiu denominó «su fase de rebeldía propia de los adolescentes».

—Quizá los renacidos tengamos un ciclo hormonal que nos afecta al alcanzar cierta edad —reflexionó tras todo el asunto que condujo a la eliminación de Silas.

Estábamos sentadas en un bar desierto de Bombay, envueltas en el aroma especiado del masala chai que nos habíamos pedido.

El sol naciente pintaba el cielo de un rosa dorado y una bandada de gaviotas siberianas nos sobrevolaba, riéndose de nosotras —.

Aunque también es verdad que ya ha ocurrido varias veces en mi linaje.

Renacidos con delirios de grandeza y deseos de ejercer violencia sin sentido.

En el de Atukhos o Karna nunca se ha dado.

Al menos que yo sepa. Tú y yo debemos de estar haciendo algo mal, Lilit.

Di golpecitos con los dedos en la taza de cerámica, pensativa.

—A lo mejor deberíamos dejar de convertir a artistas atormentados y afectados por la locura divina. Podemos probar a centrarnos en mentes menos brillantes y más sensatas. Como las de un contable, por ejemplo.

—¿Sabes qué? A la mierda lo de intentar preservar la belleza y el talento, sigamos el ejemplo de Cassius y convirtamos a la gente con la que nos apetezca acostarnos. O a una pandilla de fanáticos religiosos que nos traten como profetas postexílicos, como Wenceslaus.

—Uf, solo de pensarlo me da pereza.

—¿Verdad? Probablemente por eso no he convertido a nadie en…

¿trescientos, cuatrocientos años? No se lo digas a los otros.

Sé que eso acabará debilitando mi linaje —admitió Li Xiu —, pero ya no estoy dispuesta a lidiar con las consecuencias de otorgarle la inmortalidad a cierta gente.

Preferiría clavarme un palillo en el ojo antes que pasar el tiempo suficiente con un mortal para evaluarlo antes de decidir si se lo merece o no.

Al fin y al cabo, termina siendo una apuesta a ciegas igualmente.

Hacía aún más tiempo desde la última vez que yo había convertido a alguien, pero no se lo dije porque nunca me ha gustado eso de revelar secretos ni la sensación de sentirme encogida y expuesta que viene después.

Pero volviendo a Silas: se había vuelto loco.

Su deseo de crear un ejército de renacidos, de desarrollar un culto en torno a su figura y de someter a los mortales como si fueran ganado que pudiera sacrificar a su antojo nos obligó a intervenir.

Y no había tiempo que perder. Como su sire y líder de su linaje, me correspondía a mí tomar la decisión.

Tenía la intención de darle caza y matarlo yo misma, pero Viktor —quien, una vez más, cargaba con muchísima culpa por distintos motivos, incluido el haber escrito un texto insensato cuando acababa de salir del cascarón — pidió encargarse él mismo, y procedió a llevarlo a cabo de una forma tan elegante como esperaba.

Debo decir que fue bastante egoísta por su parte enamorarse en medio de la misión, aunque supongo que no se podía evitar.

Sin embargo, eso significó que, después de la muerte de Silas, estuviera muy ocupado con otros menesteres y la que tuvo que encargarse de los cabos sueltos —los demás renacidos con los que Silas había formado alianzas, los mortales que lo habían ayudado, la red de informantes y seguidores que había reunido… — fui yo.

Fue un asunto muy tedioso y desafortunado. No obstante, aquello me llevó a visitar Chicago y, por tanto, a encontrarme con el doctor Roman Martin.

La mañana en que lo conocí comenzó con la ejecución de tres renacidos del linaje de Cassius —con su permiso y sus mejores deseos, por supuesto — por conspirar con Silas y causar daño a una cantidad escalofriante de mortales.

No era raro que mis persecuciones terminaran convirtiéndose en algún tipo de cacería.

La de ese día, sin embargo, tuvo una víctima colateral: un niño de edad indeterminada, al que uno de los renacidos de Cassius empujó de malas maneras para apartarlo del camino.

Lo arrojó hacia la acera y acabó sobre un montón de basura.

No me paré a comprobar cómo estaba, pero, al regresar después de haber completado la matanza, me lo encontré sentado en un banco cercano, llorando en silencio.

Debía de haber algo de aluminio en una de las bolsas de basura, porque tenía un corte en el costado y le brotaba sangre con un aroma extraño.

No parecía demasiado profundo, aunque, a juzgar por el intenso olor a hierro, el chico era propenso a sangrar mucho.

Suspiré.

—Hola.

El niño me miró con los ojos muy abiertos y no reconoció que era la misma mujer que perseguía a los capullos que lo habían empujado. Estaba tan desconcertado por mi aspecto que se olvidó de que estaba llorando y se quedó a medio sollozo y con la boca abierta.

Suspiré de nuevo.

—Ven. Vamos al hospital.

No es que no me gusten los niños, lo que ocurre es que no me acuerdo de haber sido yo una.

En algún momento tuve que pasar por la edad de cuatro, cinco o siete años, pero solo recuerdo que, ya desde pequeña, lo único que se esperaba de mí era que trabajara para ganarme el sustento, y me resultaba evidente que el afecto de quienes me rodeaban no era incondicional.

Incluso entonces ya me trataban como a una adulta, lo cual contrasta mucho con la forma en que se concibe la infancia hoy en día: un mundo habitado por criaturas de fantasía y ensueño, lleno de confianza y asombro, en el que se reconoce la necesidad de protección, cuidado y orientación mientras nos adaptamos al caos de la vida.

Huelga decir que los niños de ahora me resultan tan ajenos como yo a ellos.

No me cabe duda de que el doctor Roman Martin se dio cuenta enseguida.

—No soy su madre —dije en cuanto nos admitieron en una sala de urgencias sorprendentemente tranquila.

El doctor Martin esbozó una mueca.

—Ah, ya, lo he notado.

En los tiempos modernos, la medicina parece haberse convertido en un oficio que recompensa a los audaces y atrevidos, y este joven, fuerte, alto y robusto, aparentaba no haber conocido nunca el miedo.

Era incapaz de afirmar de forma objetiva si era otras cosas, como guapo, atractivo o de buen ver, dado que esas nociones cambian con demasiada velocidad.

Me resulta fácil aprender un nuevo léxico o descubrimiento científico, pero hay conceptos que no se enseñan con palabras.

¿Cómo se explica lo que es un comportamiento torpe?

¿O una persona atractiva? ¿O un comentario de mal gusto?

Todas estas cosas no son nociones racionales, sino percepciones que se basan en la sensibilidad y el instinto, que a su vez se nutren de una conciencia cultural colectiva ante la que los renacidos solo somos meros espectadores.

A lo que me refiero es a que, aquella mañana de principios de primavera, no habría sabido decir si el doctor Roman Martin era, según criterios cuantificables, atractivo. Sin embargo, lo que sí podía afirmar era que a mí me atraía.

El caso es que, no sé cómo, se dio cuenta de que yo no era la madre del niño.

—¿Cómo lo ha sabido? —le pregunté intrigada.