Capítulo 4 #3
Hasta hace poco, no había muchos lugares en la Tierra donde nueve criaturas inquietantes de diversas edades y orígenes pudieran congregarse sin atraer atención indeseada, especialmente teniendo en cuenta la manía de Wenceslaus de vestirse como un clérigo de la Edad Media.
Supongo que podríamos intentar hacernos pasar por parientes, pero dudo que fuéramos capaces de engañar a nadie, y no porque tengamos un aspecto demasiado dispar, sino porque el tipo de emociones que sentimos los unos por los otros no se parece mucho al amor familiar, que digamos.
Si alguien nos observara de cerca, como máximo, podríamos convencerlo de que somos un grupo de amigos algo variopinto.
Es algo que suele abundar en las grandes ciudades estadounidenses, donde se dedica una buena dosis de indiferencia a los visitantes.
Por lo tanto, son lugares ideales para reunirnos.
El caso es que hay muchas. No estoy segura de quién decidió, hace unas décadas, que Chicago fuera el punto de encuentro por defecto. No fui yo, lo prometo. Es pura coincidencia que sea aquí donde más tarde conocería a Roman.
—¿Necesitas algo? —le pregunto a Li Xiu, dudando sobre el motivo por el que ha venido a buscarme.
—Solo quiero advertirte de algo, nada más.
—¿Advertirme de qué?
—De que deberías tener cuidado, Lilit.
Un grupo de jóvenes que huelen a marihuana y alcohol pasa junto a nosotras. Uno de ellos resbala sobre el hielo sin llegar a caerse, pero casi choca contra Li Xiu. Cuando se gira para disculparse, ella lo ignora.
—Pues que te den —murmura él, ofendido, y yo no puedo evitar esbozar una sonrisilla.
Li Xiu ni siquiera ve a los mortales. No los ama ni los odia.
Simplemente le son tan pero que tan indiferentes que su presencia no llega ni a llamarle la atención.
De vez en cuando consume el arte que producen o lee las noticias para estar al tanto de lo que ocurre en el mundo.
Sin embargo, no socializa con nadie que no sean otros renacidos.
Dudo que recuerde cuándo fue la última vez que habló con alguien que no estuviera vivo en la época el Renacimiento.
—¿Qué quieres decir? —pregunto —. ¿Por qué debería tener cuidado?
—Tú solo ten cuidado, es todo.
Arqueo una ceja.
—¿Hay algo que deba saber?
Ella niega con la cabeza, aunque luego añade:
—Wenceslaus siempre ha sido un incordio, pero convocar un consejo por esto es… descabellado incluso para él.
—Ah. Bueno, te agradezco la preocupación, no obstante, él es un bebé comparado conmigo. No le conviene ponerse en mi contra.
—Lo sé. Es un bebé grande, peludo y con osteoporosis. Pero también está loco y a los locos se les va la pinza. —Se calla al oír que un SUV se detiene junto a nosotras. Echo un vistazo al asiento del conductor y me sorprende ver a Imhotep.
—¿Te viene a recoger? —pregunto.
—Sí.
Aprieto los labios, conteniendo la risa. Érase una vez, cuando yo era una jovencita ignorante que creía saber lo que era la inmortalidad, Li Xiu me contó que, tarde o temprano, se acababa aburriendo de todo. Supongo que a Atukhos ya le ha llegado la hora. Por suerte, no es un tío muy sentimental.
—¿Cuánto tiempo lleváis?
Ella se encoge de hombros.
—¿Cinco, seis años? ¿Cuándo fue la última vez que nos reunimos en el consejo?
—Hace unos cinco o seis años, sí. —Me muerdo el interior de la mejilla y ella arquea una ceja, como animándome a hacer más preguntas si me pica la curiosidad —. ¿Y tú estás bien? —me intereso, al fin.
—Por supuesto. Sabes que cuando estoy enamorada es cuando más feliz estoy.
No sé mucho sobre ese tema. De hecho, ni siquiera estoy segura de que Li Xiu y yo entendamos del todo el significado de esa palabra.
Cuando éramos jóvenes renacidas, la idea de enamorarnos era inaudita, una maldición de los dioses, algo que solo podía condenarnos.
Durante la mayor parte de nuestra existencia, los compromisos se han forjado con monedas y sangre, no con cosas tan frágiles como los sentimientos.
Para nosotras, el sexo y el amor eran conceptos que no tenían nada que ver.
Menos aún el matrimonio. Aunque de vez en cuando sí que éramos capaces de apreciar la importancia de encontrar a alguien con quien compartir la vida.
El amor que ahora tanto anhelamos antes era sinónimo de peligro.
Después llegaron los relatos cortesanos, las hermosas baladas de los trovadores y los poetas melancólicos que escribían sobre lagos y acantilados rocosos.
Sospecho que aquellos que precedemos al concepto moderno del amor quizá no seamos capaces de experimentarlo. Tal vez Li Xiu solo esté apropiándose de un lenguaje que no comprende por la simple razón de que odia los largos y solitarios espacios de tiempo que acompañan a la inmortalidad.
—Deberíamos vernos un día de estos, Lilit. Tomar un té, charlar… —Mira al cielo con una sonrisa —. De todos modos, no creo que podamos salir de esta ciudad en unos cuantos días.
—Sí. Me parece bien.
—¿Qué tal esta noche?
—Mañana —digo, porque mi móvil ha vibrado hace unos minutos e Imhotep la está esperando en el coche.
Debo decir que, de todos los líderes de linaje, él es, sin duda, el más amable.
He visto a Li Xiu con amantes mucho mucho peores —.
Por cierto, si alguna vez te tiras a Wenceslaus, quiero que sepas que me veré obligada a matarte.
Li Xiu se ríe, se pone de puntillas para darme un beso en la mejilla y se mete en el coche de Imhotep sin despedirse.