Capítulo 4 #2
Nunca he ocultado que ordené el asesinato de Brígida, la sire de Aapo.
Alguien tenía que hacerlo: Brígida llevaba unos tres mil años sumida en una crisis existencial, se había pasado más de setenta masacrando mortales y creando nuevos renacidos a diestro y siniestro sin pedir primero su consentimiento, solo para dejarlos morir después, nada más completar la transición.
Intenté mantener varias conversaciones con ella sobre cómo eso constituía una violación del derecho de los mortales a la autodeterminación.
Al ver que eso no despertaba ni una pizca de empatía en ella, incluso traté de plantear el asunto de formas que pudieran resonar con su carácter cortesano («Denota una absoluta falta de modales.
¿Qué dirá la gente?»). Para cuando decidí que había que eliminarla, ya la había advertido al menos cinco veces.
Así que envié a Viktor tras ella, porque era el mejor y porque el pobre necesitaba una distracción: estaba pasando por una mala época y la culpa católica que experimentaba a diario solo podía aliviarse con tareas onerosas y que consumieran tiempo. Era eso o soportar su constante autoflagelación.
Tardó casi veinte años en localizar a Brígida, lo cual no era propio de él.
Desapareció durante tanto tiempo que en un momento dado me pregunté si no se habría pasado al bando contrario.
Quizá, mientras yo me preocupaba por si el asesinato del archiduque Francisco Fernando acabaría causando problemas, Viktor se estaba follando a Brígida de Roque sobre un lecho de bolsitas de té usadas (o lo que fuera que pusiera cachondos a los británicos estirados).
Bien por él, me dije. Que te traicionen es una mierda, pero me importaba Viktor, y tanta represión sexual no podía ser buena.
Casi me decepcioné cuando llegó arrastrando sus restos a mi residencia en Irlanda.
(Siempre tuvo un don para lo dramático; lo achaco a haber leído incansablemente las Escrituras durante sus años de formación).
Aun así, sonreí, le dije «bien hecho» y convoqué a los otros líderes de linaje al consejo para que vieran que se había impartido justicia y supieran lo que les esperaba si no respetaban el bienestar de los mortales.
Y, bueno, sí, la herida en el abdomen de Brígida se parecía mucho a la de Grigori.
Lo cual no prueba absolutamente nada.
—A mí no me metas, Wenceslaus —dice Aapo, lanzando la moneda a una gran altura. Cuando la atrapa, su gruesa trenza se balancea y acaba golpeando el hombro de Atukhos —. No quiero tener nada que ver con este tema.
—Lilit es la responsable de la muerte de tu sire, muchacha insensata.
—Lilit es la responsable de la muerte de una loca que llevaba más cadáveres acumulados que una guerra espartana cualquiera.
Ahora que ya no está, yo soy la renacida más antigua de mi linaje, así que no esperes que le guarde rencor a Lilit.
—Me dedica una inclinación de cabeza como muestra de agradecimiento, aunque decido no devolvérsela.
No maté a Brígida para hacerle un favor —.
Ah, y, Wenceslaus, como me vuelvas a llamar «muchacha insensata», te prenderé fuego a ti y a tu colección de huevos de Fabergé.
Estoy bastante segura de que llevo viva más años que tú.
—Todos llevamos vivos más años que Wenceslaus —confirma Atukhos con sequedad —. Aunque, a diferencia de nosotros, a él lo convirtieron justo antes de que mordiera el polvo.
Aapo resopla.
—En ese caso, estaría genial que por fin se comunicara en algo que no fuera latín.
Me cuesta entenderlo; ni siquiera estaba en esa parte del mundo cuando se hablaba, y han pasado…
¿qué, mil quinientos años desde que esa lengua se extinguió?
¿Y qué hay de esa túnica blanca tan larga?
Ya nadie viste así. Joder, Wenceslaus, suenas como los vampiros de las películas, que hablan como si estuvieran atrapados en el siglo xiii en vez de mostrar que el truco para llevar bien la inmortalidad es aprender rápido y pasar desapercibido.
—Vamos, vamos… —la interrumpe Imhotep —.
Seamos razonables. Dada la época en que Wenceslaus se convirtió y sus…
compromisos religiosos, no es de extrañar que se resista tanto a hablar inglés moderno.
—Sonríe para calmar a Aapo. Imhotep siempre ha sido el más pacificador y su aspecto va acorde a su personalidad: tiene una cara redondeada e infantil y unos ojos tiernos —.
Sin embargo, Wenceslaus, no sé si estoy de acuerdo con que Viktor tenga algo que ver con la muerte de Grigori.
—¿No reconoces su firma?
—Viktor no es el único que tiene abrecartas en su poder —intervengo —. Por no mencionar que no ganaría nada matando a un renacido de otro linaje. Es más, de haberlo hecho él, no habría dejado rastro.
—Tiene razón. Solo un imbécil se encapricharía con un arma o un modus operandi concretos —dice Atukhos poniéndose en pie.
Se acerca a Wenceslaus y, mientras le agarra el hombro con una mano, su postura denota fuerza, autoridad y, si no me equivoco, enfado por haber sido arrastrado al otro lado del mundo por esta mierda —.
Viktor no es tonto, y Lilit tampoco. No creo que pretendan haceros daño ni a ti ni a los tuyos.
Puedes estar tranquilo, amigo, pero será mejor que busques al culpable en otra parte.
—Dicho esto, se aleja y sale de la habitación.
Ay, cómo me gustaría ser él.
—Yo no he enviado a Viktor tras Grigori, Wenceslaus —insisto con calma, esperando que esto ponga fin al debate —. De hecho, hace años que no envío a Viktor tras nadie.
—¿Y qué hay de Silas de Gaillimh?
—Ah, sí. El asunto ese del manuscrito antiguo, ¿verdad? —pregunta Aapo.
—Correcto. Eso fue una excepción. Pero el drama con el Ars moriendi se resolvió hace más de quince años.
—Silas era de su propio linaje —señala Imhotep —.
Lilit fue quien lo convirtió, por lo que tenía todo el derecho a acabar con él.
—Agradezco que Imhotep mencione este detalle, sobre todo teniendo en cuenta que, mientras me deshacía de las pertenencias de Silas, encontré pruebas de una asidua correspondencia entre ambos.
Silas e Imhotep solían ser buenos amigos. Íntimos. Quizá incluso amantes.
Silas también había sido amigo mío años atrás. No me causó placer darle caza. Sin embargo, entendería que Imhotep me guardara rencor, y agradezco que nunca haya sido así.
—Wenceslaus —concluye Imhotep —, la próxima vez, antes de lanzar acusaciones, te sugiero que eches un vistazo en tu propio linaje.
Además, me gustaría recordarte amablemente que, aunque cualquiera de nosotros tiene derecho a convocar a los demás al consejo, no es algo de lo que se deba abusar por asuntos triviales.
—Esta mierda podría haberse resuelto con un correo electrónico —murmura Aapo —. ¿Cómo se dice «correo electrónico» en latín?
Li Xiu se ríe y arrastra la silla hacia atrás.
—Que la suerte acompañe a quien intente enseñarle a Wenceslaus el Desatado lo que es internet.
—¿Cómo me has llamado? —espeta Wenceslaus.
Todos salimos de la sala cagando leches.
Voy caminando por la avenida Michigan, rozando con las yemas de los dedos la superficie rugosa de un muro de piedra y con la cabeza inclinada hacia arriba para que los copos de nieve me caigan en la cara. De repente, oigo que me llaman.
Me doy la vuelta y veo a Li Xiu acercándose. Se quita las gafas de sol y parpadea un par de veces, como asegurándose de que el resplandor de la puesta de sol se ha atenuado lo suficiente para no resultarle molesto.
Cuanto más tiempo pasa desde que un renacido se convierte, mayor es su resistencia a la luz solar.
Mientras que los principiantes pueden sufrir quemaduras graves y hasta morir con apenas unos minutos de exposición a los rayos UV, los más veteranos son capaces de salir al exterior sin problemas, incluso a plena luz del día.
La única excepción son los ojos, que siguen siendo sensibles a pesar de que hayan transcurrido miles de años desde que cruzamos.
La situación varía dependiendo de cada individuo: los ojos de Li Xiu, por ejemplo, siempre se han visto especialmente afectados por la luz, mientras que Viktor tiene la suerte de solo necesitar protección cuando el sol está en su punto más intenso. Yo estoy en un punto intermedio.
Cuento todo esto para decir que soy consciente de que a Li Xiu no le gusta estar al aire libre sin las gafas puestas, por mucho que el sol esté a punto de ponerse, así que no me tomo a la ligera que haya querido que nos miremos a los ojos.
Según sus criterios, esto podría considerarse una muestra pública de afecto.
—¿Cómo es que Cassius, Karna y Pasiphaë han decidido no asistir al espectáculo de Wenceslaus? —pregunta, refiriéndose a los líderes de linaje que no han estado presentes en la asamblea.
—Son los que viven más lejos de Chicago. Y siempre han sido los más listos.
—Quizá la próxima vez que se convoque un consejo para algo así de inútil deberíamos reunirnos en el patio trasero de la casa de Karna. O en esa cueva a la que Pasiphaë se retira para reflexionar sobre su voto de silencio.
—Pues no me parece mal, así cambiamos de aires.