Mortal & Inmortal Capítulo 4
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Capítulo 4

C uando una lleva viva tanto tiempo como cualquiera de las personas presentes en la sala, pocas cosas te sorprenden, incluida la última ocurrencia de Wenceslaus.

Aun así, hay que reconocerle el mérito de intentar romper con miles de años de monotonía haciendo que uno de sus esbirros arroje un cadáver en descomposición sobre la mesa.

Ah, era por eso, pienso, recordando la información que he recibido esta misma mañana.

Existe una regla no escrita, pero respetada desde siempre, que estipula que, cuando los sires más antiguos de cada linaje se reúnen en consejo, deben acudir solos.

Se sobreentiende que es innecesario traer a tu séquito, dado que atrae una atención no deseada y tiende a provocar una sensación general de inquietud entre los líderes de linaje.

En pocas palabras: cuesta confiar en alguien que lleva un pequeño ejército a una cumbre informal, al igual que cuesta sentirse digno de confianza para alguien que no acude a dicha cumbre sin un equipo de protección.

Esta mañana, Wenceslaus ha llegado en avión desde Rusia con uno de sus ayudantes, y enseguida me he percatado de la anomalía.

Ninguno de mis informantes sabía el motivo, pero, ahora que hay un cadáver descomponiéndose a pocos centímetros de mí, entiendo que tenía en mente impresionarnos con este numerito y no quería tener que cargar él mismo con el atrezo.

A juzgar por las expresiones de repentina perspicacia de los demás, todos los presentes estamos llegando a la misma conclusión.

En cuanto al numerito, este es difícil de ignorar.

Aparte de Wenceslaus y de mí, solo hay otros cuatro sires en la sala.

No nos queda más remedio que prestarle atención.

Mi reciente encuentro con Roman pasa a un segundo plano y me obligo a desviar la mirada de los ventanales que ocupan toda la pared este del espacio donde nos reunimos.

Estamos en un rascacielos, en uno de los pisos superiores, y, aunque la sala tiene cientos de metros cuadrados, está completamente vacía salvo por una gran mesa redonda de madera y las nueve sillas que la rodean. Hoy solo se utilizan seis.

Lanzo un último vistazo nostálgico hacia las luces dispersas del Millennium Park y la oscura superficie del lago Míchigan al atardecer, y luego me vuelvo hacia Wenceslaus. Quien, para mi desgracia, me está mirando fijamente.

—Tú, Lilit de Nineveh, jamás has sido nombrada nuestra líder —espeta Wenceslaus en latín.

Deja de acariciarse la barba con la mano nudosa y me apunta con una de sus largas uñas, aunque no con demasiada firmeza —.

Todos los linajes están al mismo nivel y se rigen de forma autónoma.

Ningún sire está por encima de los demás.

Tú no decides qué renacido debe vivir o morir.

No tienes autoridad para imponer castigos.

No tienes la última palabra a la hora de determinar qué reglas debemos acatar.

Tú, Lilit de Nineveh, has vuelto a sobrepasar los límites.

Me rasco la punta de la nariz y dejo escapar un profundo suspiro.

Es casi palabra por palabra lo que soltó hace treinta años, si bien aquella vez lo dijo en rusino.

Hace seis siglos también dijo lo mismo, aunque en un dialecto nórdico ya extinto.

Y, entre una ocasión y otra, lo repitió otras cinco docenas de veces más.

Retiro lo que he dicho sobre que esta vez estaba siendo original.

Wenceslaus el Desatado es la monotonía personificada.

—Veo que, eh… —Me inclino hacia delante para ver mejor el cadáver. Un ciempiés saca la cabeza por una de las hinchadas fosas nasales y se va arrastrando, siguiendo el contorno de una marca de nacimiento que me resulta vagamente familiar —. ¿Grigori? Ha sufrido un trágico destino.

—Eso, Grigori. —Desde el asiento que hay junto al mío, Li Xiu chasquea los dedos —. Gracias, Lilit. Me sonaba de algo y no sabía de qué.

—De nada.

—¿No es de la estirpe de Wenceslaus?

—Creo que sí. Tendría unos seiscientos o setecientos años, si no me equivoco.

—Pobre Grigori, asesinado justo cuando por fin había terminado de desarrollar su tolerancia al sol. Una pena. —Cuando miro a Li Xiu, no percibo ni un ápice de aflicción en su pálido rostro en forma de corazón.

Las luces del techo se reflejan en su cabeza rapada, ocultando por un instante el complejo entramado de tatuajes que le cubre el cuero cabelludo.

Flores, hojas y tallos trepan por la esfera perfecta de su cráneo, magníficamente tatuados en meticulosos tonos de gris, para luego separarse en la parte superior y revelar un ojo diseñado con precisión anatómica.

Tiempo ha, mucho antes de convertirme en la sire más antigua de mi linaje, le pregunté si le importaría que me afeitara la cabeza e intentara imitar su estilo.

Lo dije de broma, pero su respuesta fue un tajante: «Claro que me importaría, hija de puta», y se negó a dirigirme la palabra durante casi cincuenta años.

La eché mucho de menos.

—¿Grigori y tú no tuvisteis una aventura, Li Xiu? —pregunta Atukhos, y en ese momento me percato de un detalle inusual, algo que debería haber notado hace rato, pero que es una muestra más de lo distraída que estoy: Atukhos está sentado frente a nosotros. O, más concretamente, frente a Li Xiu.

Interesante. Li Xiu y Atukhos han sido compañeros de vida durante los últimos siglos y suelen elegir sillas contiguas.

Quizá se hayan peleado. Analizo sus expresiones, pero Li Xiu parece serena y radiante, como de costumbre, y Atukhos…

Bueno, el semblante de Atukhos es pálido y sombrío, aunque eso no es ninguna novedad.

Contemplo sus cejas pobladas y esa nariz aguileña.

Su mera presencia convierte cualquier estancia en un lugar lúgubre y austero, consecuencia del aire severo y castrense que arrastra desde la Edad del Bronce en Micenas.

Quien fue general, o el cargo que ostentase, lo es para siempre.

—¿Grigori y yo? No. Al menos no que yo… —Li Xiu deja la frase en el aire, con la mirada fija en la lejanía —. Hmm, ¿quizá sí? Ahora que lo mencionas, suena plausible. Últimamente se me olvidan las cosas.

—Atukhos siempre ha sido el que tiene mejor memoria de todos nosotros —dice Imhotep, con una voz tan grave que resuena en la estancia vacía y parece mezclarse con el tráfico que ruge desde la avenida Michigan.

Incluso las criaturas que emergen del cuerpo de Grigori parecen dejar de retorcerse un momento, como si su relajante tono las hechizara —.

Junto con Lilit, por supuesto. —Está sentado al otro lado de Li Xiu y se inclina para mirarme a los ojos con una sonrisa jovial.

Tiene los dientes de un blanco deslumbrante que contrasta con su piel cobriza y sus rizos marcados.

Asiento con la cabeza en señal de agradecimiento, pero no sé si estoy de acuerdo con él. De hecho, a menudo siento que mis recuerdos son más bien poco fiables. Mi existencia se basa en mentiras. Sin embargo, antes de que pueda verbalizarlo, Li Xiu se encoge de hombros.

—Bueno, descansa en paz, Grigori el Inmemorable. —Se vuelve hacia Wenceslaus, cuyo ceño fruncido parece momificado —. ¿Qué le ha pasado?

—Le ha pasado que ha sido atacado por su sabueso.

Los gusanos que se retuercen por la superficie de nogal pulido me distraen mucho. Por eso me lleva unos instantes darme cuenta de que ese «su» se refiere a mí, y que el sabueso en cuestión es…

—Wenceslaus, esto no ha sido obra de Viktor —contesto.

Viktor Ashworth, mi mano derecha, no haría algo así.

Incluso cuando era un novato, las posibilidades de que se desviara del camino para perseguir a una presa no autorizada ya eran escasas.

Hoy en día, son nulas. Viktor está muy feliz donde está, y haría falta un cataclismo para alejarlo de allí.

Tiene la coartada perfecta: se ha enamo­rado.

Por desgracia, los detalles de la vida privada de Viktor no son algo que esté dispuesta a compartir con los presentes. Si tengo clara una cosa es que confiar en los demás renacidos a la cabeza de un linaje sería una auténtica insensatez.

—Miente —dice Wenceslaus con voz ronca, y da la vuelta al cadáver con un bastón, dejando al descubierto una herida abdominal.

Sin demasiada delicadeza, da unos golpecitos en los bordes de la abertura —.

¿Acaso tu sabueso no es conocido por su destreza con los abrecartas, Lilit de Nineveh?

¿No ha dejado esta misma marca antes en sus víctimas?

Al formular la última pregunta, se vuelve hacia Aapo, que está sentada con las piernas cruzadas en la silla junto a Atukhos.

Lleva toda la asamblea jugando con una moneda de plata, pasándosela entre los dedos y los nudillos, lanzándola al aire y atrapándola con los ojos cerrados…

, y no parece tener pensado parar, ni siquiera cuando Wenceslaus añade:

—¿No fue Brígida de Roque asesinada de la misma manera, Aapo?

—Venga ya, eso es un golpe bajo —murmuro entre dientes.

Por regla general, no me meto con otros linajes y nunca ha sido mi intención decirles a los demás renacidos cómo deben vivir su vida, pero los mortales no tienen nada que hacer a la hora de luchar contra nosotros, y alguien debe asegurarse de que no estén a merced de nuestros caprichos.

Como soy claramente la única renacida a la que le importa este tema y es lo bastante poderosa como para que el resto la tome en serio, me he autoproclamado una especie de supervisora.

Perdón por querer ser una buena persona.