Capítulo 3 #2
Él creía que era asesora financiera y que mi profesión era la razón por la que llevaba un estilo de vida seminómada.
Me había parecido la coartada ideal. A Roman se la sudaba tres pueblos el dinero, de una forma que solo las personas nacidas tras el auge de la burguesía podían encontrar admirable.
Como mi infancia había girado en torno a los pagos que los hombres poderosos imponían sin piedad a las familias comunes, siempre había tenido una cierta sensibilidad financiera y era consciente de que no preocuparse por el poder y las posesiones materiales era un lujo que pocos podían permitirse.
Nunca entré en detalles y Roman tampoco indagó demasiado.
Era lo bastante inteligente como para deducir que era rica, que dirigía a un equipo de gente, que era competente en lo que hacía y que tomaba decisiones con un alto grado de autonomía.
Por encima de todo, percibía en él cierta gratitud porque mi complicado y misterioso trabajo me traía a menudo a Chicago.
Y sí, parecía fascinado, si no directamente entusiasmado, por mi experiencia en áreas sobre las que él no sabía nada.
A veces me pedía que le explicara un concepto económico o que le diera mi opinión sobre algún tema que había oído en las noticias.
Se la daba con tanta honestidad y seguridad como podía, y leía en su cuerpo y en sus ojos lo mucho que disfrutaba.
—Puede que sea porque tú tienes un horario de sueño decente —reflexionó Roman —. Por eso te mantienes joven. Quizá consumas más antioxidantes o tengas mejor genética. Pero llevo un tiempo sopesando otra posibilidad.
—¿Cuál es?
—Que eres una vampira y que tienes varios cientos de años.
Ojalá pudiera decir que se me encogió el corazón, o que se me revolvió el estómago por la preocupación de verme descubierta.
Cualquiera de las dos reacciones habría sido bienvenida: una señal de la humanidad que llevaba siglos sintiendo que se me escapaba.
No obstante, estaba demasiado acostumbrada a esconderme y a desviar la atención como para tener miedo de algo tan insustancial como una simple sospecha.
Las palabras de Roman solo me hicieron sonreír.
—¿Por qué no una vampira que tiene varios miles de años?
Él ladeó la cabeza.
—Claramente te he subestimado.
—En efecto.
—Entonces… —se inclinó para darme un beso rápido en la boca. Sus labios estaban cálidos y secos —, ¿cómo es vivir para siempre?
—Bueno, ya sabes…
—Mmm, no, no lo sé.
—Ya, claro. En fin, pues es… solitario. Aburrido. Lento. Repetitivo. Requiere muchísimo papeleo. Y algunos de los otros vampiros milenarios son unos cansinos.
Puse los ojos en blanco de forma teatral y él se rio, hasta que François decidió que tenía que enzarzarse con un gran danés, momento en el que Roman hizo una mueca y me dijo:
—Espérame aquí mientras le recuerdo a este perro del demonio que solo pesa tres kilos. No desangres a nadie mientras tanto, por favor.
—Es hora de desayunar y me está entrando hambre, no prometo nada.
—En ese caso, bon appétit.
Esa fue la primera conversación que tuvimos sobre mi inmortalidad, y no trajo más que alegría y diversión. La última tuvo lugar hace menos de un año y fue un poco distinta.
Asumo la responsabilidad por la parte que me toca.
A Roman le habían concedido, tras demasiadas semanas seguidas sin descanso, tres días libres.
Cogí un vuelo para pasarlos con él. Durante las primeras veinticuatro horas no salimos de la cama, nos dedicamos a follar y dormir, y dormir y follar, hasta que me mordió el interior del muslo con demasiada fuerza y se rio al ver la marca que había dejado.
—Creo que me hace falta comer algo. O, bueno, algo que no seas tú. —Sus palabras quedaron amortiguadas por mi piel.
Me levanté de la cama, me recogí el pelo en una coleta y fuimos a nuestra cafetería favorita. Estaba sudorosa y sonrojada, aunque con la piel limpia. Mi aspecto era irrelevante, o debería haberlo sido, hasta que el camarero adolescente que nos atendió le preguntó a Roman:
—¿Y qué va a pedir su hija?
Quizá asumir que era mi padre fuera una exageración, pero no era imposible: Roman tenía treinta y cinco años, y los aparentaba.
Ninguno de los dos le dimos mayor relevancia para no avergonzar al chico.
Roman no parecía sentirse incómodo, porque, en general, no era el tipo de hombre al que le importa lo que piensen los demás.
Aun así, en cuanto se marchó el camarero, se recostó en la silla y me contempló fijamente durante un rato.
—Ahora en serio, no has envejecido nada de nada —dijo al fin.
—Es la genética mediterránea —comenté mientras fingía leer el menú.
—¿Segura?
Me encogí de hombros.
—Lilit, yo… —Roman se calló y se quedó mirándome. Y estuvo así rato y rato.
No podía soportarlo.
Muchas personas han acabado enamoradas de mí, pero no sabía cómo manejar esto. El sentirme observada. Vista. Por alguien que, en teoría, no debería haber sido capaz de entenderme y, sin embargo, parecía conocerme a la perfección.
Por un momento estuve a punto de mandarlo todo a la mierda y explicarle la razón real por la que no había cambiado ni un ápice en los últimos años.
Quizá me estaba volviendo loca.
—Soy una vampira, ¿recuerdas? —solté, sobre todo para evitar decir algo mucho peor. Roman probablemente nunca sabría que había alcanzado ese logro; que, a pesar de haber sobrevivido a innumerables reyes y reinas, nadie me había puesto jamás tan a prueba.
—Claro. —Curvó los labios —. Se me había olvidado.
—Comprensible.
—¿Alguna vez has dado un trago de mi sangre mientras dormía?
—No.
—¿Por qué?
—Sería… de mala educación —objeté.
—¿De mala educación?
—Beber de ti sin permiso. Soy una vampira, no un animal.
—Ah. Bueno, soy O negativo, lo cual resulta muy útil cuando hay un accidente múltiple. Siéntete libre de probarla, si es de tu agrado.
Me costó mantener la respiración. Obviamente, Roman no tenía ni idea de lo que eso significaba.
No sabía nada sobre ofrendas, rituales ni pactos de sangre.
De cualquier manera, no iba a hincar el diente en sus venas, y menos cuando ya lo llevaba impregnado en mí de demasiadas formas poco aconsejables.
—Tomo nota —respondí. Pasamos a otro tema y él entrelazó los dedos con los míos sobre la mesa.
Cuando el camarero regresó con nuestras bebidas, me di cuenta de que se ponía rojo como un tomate.
Guardo un buen recuerdo de ese día. Uno que ahora me ayuda a calentarme por dentro mientras recorro las calles de Chicago, ajena a los primeros copos de nieve que deja la tormenta.
El sol se pondrá pronto y el repiqueteo de mis tacones de aguja resuena sobre las aceras cubiertas de hielo.
Algunos transeúntes me siguen con la mirada, convencidos de que voy a resbalar y caer, preguntándose quién debe de ser esa mujer esbelta que no va lo suficientemente abrigada para la noche que se avecina.
Yo hago caso omiso, me echo la larga melena hacia atrás por encima del hombro y me dirijo a la reunión con los demás renacidos que se han desplazado hasta la ciudad.